martes, 20 de marzo de 2018

Chekhov issues recidivos




Diez años antes, los besos no eran apenas besos. Eran una lenta caricia desesperante. Una gota de agua para una sed de siglos. Una flor demasiado delicada para ser cortada. Y tampoco podía decir que los hubiera tenido. Sólo los acarició lenta y desesperadamente hasta que tuvo que arrancárselos de los recuerdos (y tampoco podía decir que lo hubiera conseguido...). De repente, antes de que R viniera a recordarle aquella sensación de insuficiencia perversa, se había vuelto a acordar de aquellos labios escuetos que todavía le provocaban algo entre la sed y la rabia. Y esperó que nada como aquello sucediera nunca más. 


Hablaron (se escribieron)... 

- Voy a ir a Budapest y tal vez podría acercarme a verte, si te parece bien -escribió Wells
- Me parece muy bien -respondió A.
- Ha pasado mucho tiempo...
- Me encantaría verte en persona otra vez.

Y aquella sed y aquella rabia de Wells trajeron su gusto al paladar. No el gusto de A, sino el de la sola sed y la sola rabia. El gusto de A lo había olvidado en la pena y los años. Después de todo, nunca fue un sabor generoso.  

Como estaba previsto, se encontró con R finalmente. Al principio, la expresividad de los besos de R, el gusto de las noches intensas en su boca, le entusiasmó como una promesa divina en pleno acontecer milagroso. Pero el espejismo sólo duró unos minutos. Enseguida se desarmaron los mitos y las epifanías, y la noche transcurrió solitaria y cansada en las pocas horas que le quedaban. 

En esas horas, con soledad y alevosía, volvió a pensar en aquellas noches frustrantes en que A, diez años antes, le besaba con gotas de beso y los labios cerrados, con el cuerpo encogido y un desasosiego que no podía comprender. Y sentía los recuerdos de A y la desgana de R amalgamados, como si fueran una misma tristeza, un mismo desencanto nocturno que conectaba diez años de la vida de W en un círculo misterioso de repudio y amargura.

Hablaron (se escribieron)...

- ¿Sabes cuándo vas a venir? -quería saber A
- Estoy pensando mucho en ti... -Empezó diciendo Wells, y siguió describiendo, con cierto rencor, este ciclo de aflicción que se sobrescribía en su memoria reciente, contaminando las emociones del presente con las del pasado, o contaminando las del pasado con las del presente... -¿Qué piensas tú de ello? 
- Pienso que nunca erré tanto como diez años atrás, cuando quise haberte besado con todas las geometrías posibles y sólo cerré la boca para sonreír... 

Una blandura recóndita se abrió paso entre los órganos de W y sintió como si una esfera de aire dulce y cálido escapara de su propio cuerpo traspasando su piel para envolverle. Se sintió bloqueado. Sin saber qué decir. En un bucle de perplejidad extasiada. Quiso gritar. Masculló algo. Y quiso odiarle. Y tal vez le odió mientras permanecía envuelto en un abrazo imaginario más allá del asombro.

- ¿Qué? -preguntó- ¿Qué quieres decir? ¿Qué dices?
- Digo que hace diez años que debí haber comprendido y aceptado la belleza de aquellas noches que se deslizaron entre mis brazos para siempre. Digo que me he lamentado todos estos años de haber dejado escapar la frágil circunstancia que nos unió.

R paseaba en calcetines por la casa ignorando deliberadamente cualquier expresión emocional a su alrededor mientras la conversación con A se prolongaba en el resonar de las teclas amartilladas. El rechazo sutil, o no tanto, resultaba aún doloroso para W al mismo tiempo que este escozor del rechazo se desencontraba violentamente con los recuerdos de A, de repente vívidos, reanimados por un anhelo súbito de estrechar su pecho contra el de A.

Ahora sí. Ahora se había deslizado definitivamente en el melodrama de una novela rusa. Sin proponérselo. 

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