miércoles, 20 de febrero de 2019

El espejo


W se detuvo repentinamente antes de salir por la puerta de su habitación. ¿Qué había sido eso? Como era su costumbre, había llegado a casa y se había despojado de sus indumentarias mundanas disfrutando de la ventaja que la invisibilidad le saca al pudor. Llevaba un rato organizando ropas, papeles, objetos diversos que cada día dispersaba sin mucha conciencia de ello y que sin mucha conciencia volvía a ordenar cuando le parecía conveniente. Se dirigía al aseo con unas toallas todavía húmedas en la mano cuando pasó enfrente del espejo. 

Había conservado aquel espejo como si fuera un buen amigo capaz de reflejar la verdad sin reproches ni juicios, la verdad sola. Frente a su amigo se había desmaterializado una vez. Lenta y angustiosamente se había visto desaparecer. No fue éste el único amigo que le acompañó entonces, pero fue el más íntimo con toda seguridad. Y el más sereno. Cada noche se cruzaba con él y se reconocía a sí mismo como lo que era. Lo entendiera o no, le gustara o no, sus entendederas y gustos nunca entraron en disputas con este compañero que permanecía fiel a sí mismo y al alma de Wells cuando su cuerpo, sin embargo, mutaba pavorosamente. 

W se detuvo un momento pero enseguida salió por la puerta y dejó las toallas en el cubo de la ropa sucia. Al volver se dirigió directamente al espejo sin pensarlo mucho, para observarse a sí mismo en su condición completa, como solía hacer en ciertas ocasiones reflexivas. Y allí estaba. Profirió alguna interjección. O tal vez sólo cruzaron por su mente paralizada sin emitirse de forma alguna. W contempló los perfiles de su rostro con incredulidad. Se miró a los ojos con la impresión de que efectivamente se miraba a sí mismo. El desconcierto era una emoción familiar así que, acostumbrado a él, su respiración y su pecho no se alteraron. El miedo se fue deslizando suavemente en él al tiempo que el desconcierto iba descendiendo y echando raíces más hondas. 

En algún momento indefinido fue consciente de su parálisis. Movió los ojos buscando otros perfiles en otros lugares de su cuerpo y al posar la vista sobre ellos las manos se empezaron a posar sobre su carne. Observaba algunas sombras muy tenues al tiempo que sentía los dedos retorcer la piel de la cintura. Se puso de lado y siguió observando. Su cuerpo nunca le había interesado nada en absoluto. Tal vez por eso un día ese cuerpo decidió por sí solo desaparecer. Ahora, translúcido frente al espejo, lo sentía más milagroso y raro que cuando era completamente transparente. 

Inesperadamente, tuvo el impulso de vestirse. Quizá alguna clase de pudor recóndito había regresado a él en esta forma. Cuando uno es completamente invisible el pudor cambia de significado y de objeto. De todas formas, tan pronto tuvo el impulso de vestirse tuvo también el impulso contradictorio de no hacerlo. No tenía una especial curiosidad por su cuerpo visible. De hecho, en ese momento en que algo le empujó a quedarse desnudo frente a la realidad devuelta por su íntimo compañero, volvió a mirarse a los ojos casi como desafiándose a sí mismo. Se irguió. Relajó sus hombros. 

¿Estaba alucinando? ¿Vovería a desaparecer? Erguido y mirándose a los ojos, deseó intensamente ser visible. De alguna forma abstracta fue consciente de cómo la angustia y el miedo se acercaban y pasaban de largo. Creyó identificar una especie de pasión parecida a la ira, pero su único significado era desear intensamente ser visible. Desearlo rabiosamente. Quizá era hora de dejar de esperar que otros le descubrieran en los pliegues de la invisibilidad. Quizá debería mostrarse él mismo, empezando por aceptar su propia visión de sí.  







El Dr. S


-Le felicito, amigo -Susurró el Dr. S casi como si hablara para sí mismo.
-Así que finalmente le pedí que se marchara y... ¿me felicita? -Respondió W sorprendido.
-Felicidades Wells, en efecto, y no ponga usted esa cara. A pesar de su escaso talento para el maquillaje veo perfectamente su escepticismo en ¡esas! ¡esas muecas! 
-Oh, bueno, sí, pero ¿por qué me felicita exactamente? 
-Está matando a su estúpido pánico y necesito que usted continúe dominando su angustia exactamente en esta forma. Deshaciéndose de los problemas que no son suyos y poniendo sus necesidades en primer plano en vez de poner las de otros.
-Entiendo. ¿Cree que esto guarda relación con su hipótesis? 
-Por supuesto. Treinta años con el trasero en esta silla me autorizan para afirmar que esta condición suya guarda relación con su terco apego a la melancolía y a las situaciones en que usted se empeña en no ser y no expresarse. Le aseguro que su caso puede mejorar con el tratamiento adecuado. Con el tratamiento adecuado y una cierta disciplina por su parte, naturalmente. 
-Entiendo, Doctor, sin embargo, no sé cómo voy a mejorar mi melancolía deshaciéndome de las personas a las que amo. Me siento magníficamente mal, perdido, a ratos lloro de pura confusión, me siento estúpido e ignoro cómo podría sentirme de otro modo en medio de este páramo que es mi...
-¡Basta! Ésta la actitud que hay que disciplinar, precisamente. Más de la mitad de las vivencias que usted me cuenta en esta consulta carecen de la más mínima trascendencia, son ridículamente triviales, imbecilidades que usted se empeña en sublimar y convertir en el guión de un trauma irracional que ha terminado convirtiéndolo a usted en ¡invisible! El común de los mortales es perfectamente capaz de airear sus disputas con otras gentes en cuestión de minutos y volver a la realidad sin hacerse más daño que un arranque de ira, pero usted... En fin, hoy no quiero profundizar en este asunto, no. Deseo felicitarle. Sí, le felicito, definitivamente.
-Es usted un adulador mediocre, si me lo permite. -Respondió W intentando cambiar el tono de la conversación.
-Tal vez. Tampoco es usted el más brillante de mis casos, sin duda. 
-Sin duda me he convertido en el menos brillante de todos ellos. 
-¿Intenta ser gracioso?
-Es posible. No sé qué decirle, en realidad.
-Pida cita para la semana próxima. Le felicito por todo menos por su sentido del humor.
-Y aún así podría retarle y ganar cómodamente el duelo cómico

Finalmente el Dr. S sonrió mientras movía la cabeza indicando desaprobación.



lunes, 18 de febrero de 2019

Roto


Se rompían los brazos como loza ajada
al abrazarte.
Se partían los labios al sentir el aliento tan cerca
y tan frío
que se tronchaban los besos como hoja partida
por la escarcha.
Se helaban las manos encendidas de antojo,
las caderas se helaban
en tu vientre cerrado.
Y el pecho partido se alejaba
hirviendo,
roto y callado.