lunes, 26 de enero de 2009
viernes, 16 de enero de 2009
la realidad siempre es otra
-¡Qué palabras utilizas! ¡Humillante!...-mantuvo la entonación de la frase como si no hubiera terminado de enumerar las palabras, estaba intentando recordar “sórdido”.
También sórdido había dicho.
-Joder, ¡qué palabras! -Era el día más frío del año anterior y probablemente del año que empezaba.
También sórdido había dicho.
-Joder, ¡qué palabras! -Era el día más frío del año anterior y probablemente del año que empezaba.
Crucé la ciudad con un mecánico sentimiento de nada. Había quedado con Cyan casi sólo con la intención de husmear cómo era su casa, dónde estaba, en qué lugar podría encontrarle en el remotísimo caso de que tuviera que buscarlo. Remotísimo. Subí en el autobús y me recosté sobre el asiento. Eran las dos de la tarde. No había comido. Era como ir a ninguna parte en un viaje cínico, calculadamente sucio.
Tomarse las cosas con cinismo tiene algunas ventajas. Y otras no. Cyan bajó a buscarme con la misma sonrisa afable que le hace parecer un tipo decente (la clase de tipo que se preocupa de vestir intempestivamente elegante y de arreglar citas sin molestar a su mujer). Subimos en un ascensor minúsculo que se abría exactamente en la cocina de la casa. Tenía un jamón acuchillado de mala manera sobre los fogones. La casa estaba perfectamente limpia y observantemente ordenada. Me quité el abrigo, el bolso, las botas. Y a los diez minutos me topé con la cara de su esposa en la pared, sobre la cama improvisada. Ahí estaban colgadas las fotos de su boda. Alguna de su infancia. Era un repertorio amable y una especie de tropelía al mismo tiempo. Cyan susurraba gilipolleces mientras sonaba la melodía de un telediario.
-¿En qué piensas? Dime en qué piensas.
No pensaba en nada. Era fabuloso. Había vuelto a verlo porque podía no pensar en nada en absoluto. Podía ir a su casa con esa determinación vacía. Podía oír sus memeces sin inmutarme. En cualquier caso, los dos sabíamos que lo que yo pienso no le interesa en absoluto. Dije lo que se me ocurrió sobre la marcha.
Al cabo de un rato entró en el baño y me pidió que preparase unos sándwiches. Me sonó tan impertinente que creí haber oído mal. Corté un poco de jamón con un cuchillo indigno que había por ahí y me lo fui comiendo mientras miraba por la ventana. Entré en la sala a por mi teléfono y me percaté de la grosera presencia de un reloj de mujer junto a unos pendientes de plata. Era tan rematadamente repugnante que pensé en sacar una foto del detalle mientras todavía Cyan hacía ruido en el baño. Cuando salió abrió la nevera y sacó el pan de molde con prisa.
-¿En qué piensas? Dime en qué piensas.
No pensaba en nada. Era fabuloso. Había vuelto a verlo porque podía no pensar en nada en absoluto. Podía ir a su casa con esa determinación vacía. Podía oír sus memeces sin inmutarme. En cualquier caso, los dos sabíamos que lo que yo pienso no le interesa en absoluto. Dije lo que se me ocurrió sobre la marcha.
Al cabo de un rato entró en el baño y me pidió que preparase unos sándwiches. Me sonó tan impertinente que creí haber oído mal. Corté un poco de jamón con un cuchillo indigno que había por ahí y me lo fui comiendo mientras miraba por la ventana. Entré en la sala a por mi teléfono y me percaté de la grosera presencia de un reloj de mujer junto a unos pendientes de plata. Era tan rematadamente repugnante que pensé en sacar una foto del detalle mientras todavía Cyan hacía ruido en el baño. Cuando salió abrió la nevera y sacó el pan de molde con prisa.
-Toma, prepara unos sándwiches mientras termino ¡ya son las cuatro!
-Yo no sé preparar sándwiches –me miró asombrado un segundo.
Supongo que puedo cocinar casi de todo, en realidad. El mismo lo había comprobado hacía algunas semanas, sólo que no iba a preparar un sándwich. Preparar un sándwich en su casa era la única cosa que no iba a hacer de ningún modo, nunca. Lo miré como si contemplara un escaparate, apoyada en la pared. No dijo nada. Hizo un par de jodidos sándwiches asquerosos y me dio uno. Seguí mirando por la ventana mientras me lo comía y nos fuimos enseguida.
-Yo no sé preparar sándwiches –me miró asombrado un segundo.
Supongo que puedo cocinar casi de todo, en realidad. El mismo lo había comprobado hacía algunas semanas, sólo que no iba a preparar un sándwich. Preparar un sándwich en su casa era la única cosa que no iba a hacer de ningún modo, nunca. Lo miré como si contemplara un escaparate, apoyada en la pared. No dijo nada. Hizo un par de jodidos sándwiches asquerosos y me dio uno. Seguí mirando por la ventana mientras me lo comía y nos fuimos enseguida.
Cuando volví a subir al autobús tenía exactamente la misma sensación insustancial, un poco deshumanizante tal vez. La última vez que salí de casa de alguien así tuve que escuchar Something Stupid sin descanso, como un bálsamo para toda la indiferencia que soy capaz de sentir y recibir. Aquella canción, las noches absurdas en que la escuché con Pete, hacían las veces de un refugio extraño. El único que, por escarpado que fuera me hacía sentir realmente a salvo, sin la mugre de todos los simulacros que son otras ocasiones. Como si todo el lastre cínico de las citas y sus imposturas desapareciese apenas sonara la primera estrofa, la única que sabía de memoria. Pero esta vez no.
Estiré las piernas y los brazos en el asiento del autobús. Pensé en el trabajo que tenía pendiente. La insensibilidad era perfecta. Hasta que llamó Pete. Lo prodigioso y lo perverso de Pete era precisamente que no había simulacros. No recuerdo bien la conversación. Cada vez que hablaba por teléfono se las arreglaba para que la mitad de las palabras no llegaran al micrófono y solía sonar entrecortado, casi delirante. Dijo algo como que quedaría conmigo ese día en caso de que la amiga con la que había quedado no quisiera salir. Le pedí que lo repitiera dos veces. Iba a ser la segunda vez en el día que me parecía entender algo insólitamente humillante.
-Sí, he quedado con L pero tengo que confirmar. Si no quedo con ella, no tengo nada que hacer, podemos quedar –expuso de una forma casi pedagógica, con la paciencia de quien dice lo mismo por tercera vez.
No era nada del otro mundo, pero cuando uno flota en la insensibilidad las reacciones se vuelven difusas, abstractas, mentales, como si el único canal que comunica el rastro de emociones ahuecadas las codificara en un palabreo débil, alguna idea imposible de pronunciar en voz alta. Apreté el teléfono contra la oreja y escuché el silencio de Pete al terminar la frase. El canal difuso, dispersó el eco remoto y abstracto de alguna cosa como dolor. Bajé del autobús y caminé unos metros hasta el portal. “Tú no”, murmuraba el eco, “tú no, tú no”. Colgué el teléfono y atendí al eco. La reacción se fue afinando, se hizo idea: es más insensibilidad de la que puedo soportar. Ahora sí. Empecé a subir las escaleras con un cansancio impropio. Desde la misma región remota de donde precedían los ecos, las certezas inconclusas, empezaron a llegar las impresiones, apestosas, de una hora antes.
Cuando uno pasa algún tiempo flotando en la indiferencia, las reacciones pueden acumularse, multiplicarse, confundirse, deformarse. La siguiente idea ya era un compendio extrapolable: no puedo ocupar el no lugar, no puedo no importar más, no quiero, no me da la gana, no soporto esto, no voy a soportarlo. Me senté en el sofá. Era perfectamente consciente de que no era nada del otro mundo, pero reaccioné a todas las semanas que había pasado esperando que las cosas se definieran por sí mismas. Al cabo de un rato Pete estaba en la puerta esperando. Bajé con los ojos enrojecidos. Con él no había simulacros. Empezamos a caminar buscando un bar lo bastante cutre para su gusto. Si las fotos de la boda de Cyan sobre su cabeza no daban una escena lo bastante sórdida, Pete siempre encontraba las localizaciones más desagradables. Se me fueron helando los pies mientras caminábamos entre el escombro y las cacas de perro. Aterrizamos en el bar más elegante de la calle más infecta. No tenía el día de las reacciones rápidas y de todas formas estaba dispuesta a comprobar de una vez todo lo repelente que es la realidad sin imposturas ni esfuerzos de reforma. La terca realidad tal cual la esquivo. Y era eso. Un tipo descabellado y mal vestido me cuenta apoyado en la barra cómo ha dejado de beber por vigésimo séptima vez, después de todas esas semanas de silencio tan borracho que no podía dormir. El camarero escuchaba la conversación sin ningún disimulo y Paulina Rubio grita en una pantalla gigante al fondo de la barra vacía. Compré tabaco. El barman le preguntó a Pete si hoy dan algún partido. Y nos fuimos.
-Me vas a contar lo que te pasa o no.
-Sí.
Procuré dar los rodeos necesarios para no describirle los pendientes de la esposa de Cyan en simetría perfecta con su reloj sobre la mesa del comedor mientras caminábamos hacia el metro con los pies helados. Aproximada y abstractamente, le fui contando. Hablé un rato. Tampoco recuerdo bien lo que dije. En algún momento me oí algo como que nadie piensa en mí y el tufo autocompasivo me hizo llorar sin pudor en plena calle a las seis y media de la tarde.
-¡Pero no te lo tomes así! –dijo. Supongo que las imprecisiones y el melodrama no ayudan a la empatía, pero me lo estaba tomando como me daba la gana y me reconocía en mi lugar por primera vez en varias semanas.
-Hoy ha sido un día sórdido y humillante.
-¡Qué palabras utilizas! ¡Humillante!...-mantuvo la entonación de la frase como si no hubiera terminado de enumerar las palabras...
Sórdido, había dicho.
viernes, 9 de enero de 2009
domingo, 4 de enero de 2009
viernes, 2 de enero de 2009
Fatalismos II
No era un buen trato. W intentaba escuchar con atención. Quería ser educado. Y no quería cagarse de miedo en los pantalones. Aquellos hombres habían ido a buscarlo y lo habían invitado a una bonita fiesta. A él, que sólo sabía de pasear por el campo y pasar desapercibido en la ciudad. Era extraño que alguien se percatara de su existencia aparte de los que ya conocía y lo conocían. Pero llegaron unos tipos a la tienda que querían hablarle. Y esa noche fue, bien vestido, dispuesto al modo de la gente visible, a la dirección que indicaba la tarjeta. Y había una fiesta. Le presentaron a alguna gente muy sonriente y algo pesada. Al cabo de una hora lo invitaron a pasar a un cuartito silencioso con poca luz. Uno de los hombres que le habían presentado empezó a hablar. Los otros les dejaron solos. Intentaba escuchar con atención. Supuso que aquel hombre era el jefecillo del resto de algún modo. Nadie lo diría. Desde que había entrado intentó saber quién, o quiénes eran las personas más relevantes en la fiesta. Solía ser algo fácil. Hacía muchos años que observaba en silencio a la gente. Y nunca hubiera dicho que fuera este hombre en concreto. No sabía su nombre. Se lo dijeron... ¿O no? ¡No! No lo hubiera recordado de todas formas, pero no, no se lo habían dicho al presentarlo. Esta idea lo excitó y lo aturdió al mismo tiempo. No conseguía centrarse en lo que le decía.
-...cuando todo termine usted será libre. Es un trabajo sencillo señor W, sólo tiene que tener los ojos abiertos y hacer su vida normal, su vida de todos los días. Nada extraordinario. Es seguro.
El hombre guardó silencio. W seguía mirándolo con los ojos muy abiertos. Tenía la sensación de que no se había enterado de nada.
-¿Entiende de qué estamos hablando señor W? –sonrió ligeramente, hablaba con serenidad, sin dudar.
-Creo que sí. –Si es que no estaba flipando, hablaba de espiar a sus vecinos y de convertirse en un chivato repugnante, en cómplice de vaya usted a saber qué latrocinios, en contraparte de unos desconocidos que en realidad lo ignoraban todo sobre su condición y los riesgos que ya tenía en su vida, y por si fuera poco no en cualquier contraparte, sino en un esbirro de mierda concretamente.
El hombre no dijo nada más. Miraba a W fijamente. Se palpó el bolsillo de la chaqueta para sacar un paquete de tabaco. W bajó la cabeza. Se oyó respirar. Tenía la mala suerte de mantenerse perfectamente controlado en las situaciones más enloquecidas. Respiraba despacio, y se miraba los zapatos en silencio. No sabía muy bien qué decir. Se preguntó si ese tipo sería invitado o anfitrión. Se preguntó cómo era posible que no se hubiera percatado de algo así. No conseguía centrarse...
-Creo que... me vendría bien estar solo unos minutos, si es posible –dijo finalmente.
El tipo lo seguía mirando fijamente y tardó en contestar, como si le molestara. Como si le advirtiera de algo. Escenificando su determinación.
-Lo voy a dejar solo unos minutos, sí. No piense demasiado, hágame caso. No hay tanto que pensar. Cuando haya tomado una decisión salga usted a la fiesta y diviértase. –Se levantó e hizo ademán de salir por la puerta cuando se dio la vuelta y añadió:
-No vaya a hacerse invisible ¿eh?- a W le solían hacer gracia estas bromas, pero el tipo insistió de una forma desconcertante- Usted me entiende ¿verdad? –lo miró con más fijeza si cabe, y salió con calma.
W no podía moverse de la butaca. Parecía que le hubieran caído encima tres cisternas de plomo. No era posible que hubiese oído pronunciar esa última frase. No podía ser. Aunque sí. Aquel hombre lo había mirado a los ojos todo el tiempo. Ni siquiera las personas más acostumbradas a W podían hacer esto fácilmente cuando se arreglaba para ser visto. Lo había mirado a los ojos todo el tiempo. No había duda. Y sabía pasar desapercibido. Tal vez incluso en su propia fiesta. ¿Qué rayos significaba toda esa mierda? Y ¿para qué lo querían a él? ¿Por qué no J, el otro compañero de la tienda? ¿Por qué no el quiosquero? ¿Las chicas de la tienda de al lado?
...
...
...
En realidad no había ninguna decisión que tomar. No era un buen trato ni podía serlo de ningún modo. La pesadumbre se apoderó de W. Se levantó y dio unas vueltas por el oscuro cuartito. Abrió un pequeño armario. Botellas. Algunas empezadas. Cajones vacíos. Miró por la ventana. Sólo se abría unos centímetros en vertical. Ocho pisos sobre una enorme avenida especialmente transitada. Se dio la vuelta y miró la puerta. Llevaba años huyendo. Eso pensó. Volvió a mirarse los zapatos y sintió como si los pies le pesaran toneladas sobre la alfombra. Sintió como si lentamente su cuerpo se le fuera materializando. Como si fuera más humano de alguna forma tosca. Se preguntó si esta exigencia de afrontar el destino sin huir es lo que sienten los otros cuando viven de la única y visible manera que conocen. Podía ser. Él llevaba años huyendo. Siguió sintiéndose cada vez más presente e inevitable y empezó a quitarse la ropa. Fue tirando los postizos en el suelo. Tal vez era el momento de ser lo que uno es después de todo. Sacó un pañuelo para limpiarse el maquillaje. Tal vez era el momento de reconocer lo atrapado que de todas formas había estado siempre. Tiró el papel al suelo. Tal vez cometería el error más enorme de toda su cautelosa vida. Se deshizo del reloj y se contempló a sí mismo transparente como era. Ya vivía encerrado en una enorme trampa de todas formas. Agarró el pomo de la puerta y aún se detuvo un momento. Había llegado la hora de equivocarse y nada más. Salió dejando la puerta abierta como si alguna corriente la hubiera batido. Aquel hombre lo miró a los ojos una vez más y W supo con certeza que podía verlo.
-Ya saben dónde estaré mañana –dijo W dirigiéndose a él. Dos señoras se dieron la vuelta al oír su voz en el vacío. Por suerte había mucha gente arremolinada por todas partes.
El otro asintió con la cabeza y por fin su mueca pareció una sonrisa de verdad.
-...cuando todo termine usted será libre. Es un trabajo sencillo señor W, sólo tiene que tener los ojos abiertos y hacer su vida normal, su vida de todos los días. Nada extraordinario. Es seguro.
El hombre guardó silencio. W seguía mirándolo con los ojos muy abiertos. Tenía la sensación de que no se había enterado de nada.
-¿Entiende de qué estamos hablando señor W? –sonrió ligeramente, hablaba con serenidad, sin dudar.
-Creo que sí. –Si es que no estaba flipando, hablaba de espiar a sus vecinos y de convertirse en un chivato repugnante, en cómplice de vaya usted a saber qué latrocinios, en contraparte de unos desconocidos que en realidad lo ignoraban todo sobre su condición y los riesgos que ya tenía en su vida, y por si fuera poco no en cualquier contraparte, sino en un esbirro de mierda concretamente.
El hombre no dijo nada más. Miraba a W fijamente. Se palpó el bolsillo de la chaqueta para sacar un paquete de tabaco. W bajó la cabeza. Se oyó respirar. Tenía la mala suerte de mantenerse perfectamente controlado en las situaciones más enloquecidas. Respiraba despacio, y se miraba los zapatos en silencio. No sabía muy bien qué decir. Se preguntó si ese tipo sería invitado o anfitrión. Se preguntó cómo era posible que no se hubiera percatado de algo así. No conseguía centrarse...
-Creo que... me vendría bien estar solo unos minutos, si es posible –dijo finalmente.
El tipo lo seguía mirando fijamente y tardó en contestar, como si le molestara. Como si le advirtiera de algo. Escenificando su determinación.
-Lo voy a dejar solo unos minutos, sí. No piense demasiado, hágame caso. No hay tanto que pensar. Cuando haya tomado una decisión salga usted a la fiesta y diviértase. –Se levantó e hizo ademán de salir por la puerta cuando se dio la vuelta y añadió:
-No vaya a hacerse invisible ¿eh?- a W le solían hacer gracia estas bromas, pero el tipo insistió de una forma desconcertante- Usted me entiende ¿verdad? –lo miró con más fijeza si cabe, y salió con calma.
W no podía moverse de la butaca. Parecía que le hubieran caído encima tres cisternas de plomo. No era posible que hubiese oído pronunciar esa última frase. No podía ser. Aunque sí. Aquel hombre lo había mirado a los ojos todo el tiempo. Ni siquiera las personas más acostumbradas a W podían hacer esto fácilmente cuando se arreglaba para ser visto. Lo había mirado a los ojos todo el tiempo. No había duda. Y sabía pasar desapercibido. Tal vez incluso en su propia fiesta. ¿Qué rayos significaba toda esa mierda? Y ¿para qué lo querían a él? ¿Por qué no J, el otro compañero de la tienda? ¿Por qué no el quiosquero? ¿Las chicas de la tienda de al lado?
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En realidad no había ninguna decisión que tomar. No era un buen trato ni podía serlo de ningún modo. La pesadumbre se apoderó de W. Se levantó y dio unas vueltas por el oscuro cuartito. Abrió un pequeño armario. Botellas. Algunas empezadas. Cajones vacíos. Miró por la ventana. Sólo se abría unos centímetros en vertical. Ocho pisos sobre una enorme avenida especialmente transitada. Se dio la vuelta y miró la puerta. Llevaba años huyendo. Eso pensó. Volvió a mirarse los zapatos y sintió como si los pies le pesaran toneladas sobre la alfombra. Sintió como si lentamente su cuerpo se le fuera materializando. Como si fuera más humano de alguna forma tosca. Se preguntó si esta exigencia de afrontar el destino sin huir es lo que sienten los otros cuando viven de la única y visible manera que conocen. Podía ser. Él llevaba años huyendo. Siguió sintiéndose cada vez más presente e inevitable y empezó a quitarse la ropa. Fue tirando los postizos en el suelo. Tal vez era el momento de ser lo que uno es después de todo. Sacó un pañuelo para limpiarse el maquillaje. Tal vez era el momento de reconocer lo atrapado que de todas formas había estado siempre. Tiró el papel al suelo. Tal vez cometería el error más enorme de toda su cautelosa vida. Se deshizo del reloj y se contempló a sí mismo transparente como era. Ya vivía encerrado en una enorme trampa de todas formas. Agarró el pomo de la puerta y aún se detuvo un momento. Había llegado la hora de equivocarse y nada más. Salió dejando la puerta abierta como si alguna corriente la hubiera batido. Aquel hombre lo miró a los ojos una vez más y W supo con certeza que podía verlo.
-Ya saben dónde estaré mañana –dijo W dirigiéndose a él. Dos señoras se dieron la vuelta al oír su voz en el vacío. Por suerte había mucha gente arremolinada por todas partes.
El otro asintió con la cabeza y por fin su mueca pareció una sonrisa de verdad.
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