-¡Qué palabras utilizas! ¡Humillante!...-mantuvo la entonación de la frase como si no hubiera terminado de enumerar las palabras, estaba intentando recordar “sórdido”.
También sórdido había dicho.
-Joder, ¡qué palabras! -Era el día más frío del año anterior y probablemente del año que empezaba.
También sórdido había dicho.
-Joder, ¡qué palabras! -Era el día más frío del año anterior y probablemente del año que empezaba.
Crucé la ciudad con un mecánico sentimiento de nada. Había quedado con Cyan casi sólo con la intención de husmear cómo era su casa, dónde estaba, en qué lugar podría encontrarle en el remotísimo caso de que tuviera que buscarlo. Remotísimo. Subí en el autobús y me recosté sobre el asiento. Eran las dos de la tarde. No había comido. Era como ir a ninguna parte en un viaje cínico, calculadamente sucio.
Tomarse las cosas con cinismo tiene algunas ventajas. Y otras no. Cyan bajó a buscarme con la misma sonrisa afable que le hace parecer un tipo decente (la clase de tipo que se preocupa de vestir intempestivamente elegante y de arreglar citas sin molestar a su mujer). Subimos en un ascensor minúsculo que se abría exactamente en la cocina de la casa. Tenía un jamón acuchillado de mala manera sobre los fogones. La casa estaba perfectamente limpia y observantemente ordenada. Me quité el abrigo, el bolso, las botas. Y a los diez minutos me topé con la cara de su esposa en la pared, sobre la cama improvisada. Ahí estaban colgadas las fotos de su boda. Alguna de su infancia. Era un repertorio amable y una especie de tropelía al mismo tiempo. Cyan susurraba gilipolleces mientras sonaba la melodía de un telediario.
-¿En qué piensas? Dime en qué piensas.
No pensaba en nada. Era fabuloso. Había vuelto a verlo porque podía no pensar en nada en absoluto. Podía ir a su casa con esa determinación vacía. Podía oír sus memeces sin inmutarme. En cualquier caso, los dos sabíamos que lo que yo pienso no le interesa en absoluto. Dije lo que se me ocurrió sobre la marcha.
Al cabo de un rato entró en el baño y me pidió que preparase unos sándwiches. Me sonó tan impertinente que creí haber oído mal. Corté un poco de jamón con un cuchillo indigno que había por ahí y me lo fui comiendo mientras miraba por la ventana. Entré en la sala a por mi teléfono y me percaté de la grosera presencia de un reloj de mujer junto a unos pendientes de plata. Era tan rematadamente repugnante que pensé en sacar una foto del detalle mientras todavía Cyan hacía ruido en el baño. Cuando salió abrió la nevera y sacó el pan de molde con prisa.
-¿En qué piensas? Dime en qué piensas.
No pensaba en nada. Era fabuloso. Había vuelto a verlo porque podía no pensar en nada en absoluto. Podía ir a su casa con esa determinación vacía. Podía oír sus memeces sin inmutarme. En cualquier caso, los dos sabíamos que lo que yo pienso no le interesa en absoluto. Dije lo que se me ocurrió sobre la marcha.
Al cabo de un rato entró en el baño y me pidió que preparase unos sándwiches. Me sonó tan impertinente que creí haber oído mal. Corté un poco de jamón con un cuchillo indigno que había por ahí y me lo fui comiendo mientras miraba por la ventana. Entré en la sala a por mi teléfono y me percaté de la grosera presencia de un reloj de mujer junto a unos pendientes de plata. Era tan rematadamente repugnante que pensé en sacar una foto del detalle mientras todavía Cyan hacía ruido en el baño. Cuando salió abrió la nevera y sacó el pan de molde con prisa.
-Toma, prepara unos sándwiches mientras termino ¡ya son las cuatro!
-Yo no sé preparar sándwiches –me miró asombrado un segundo.
Supongo que puedo cocinar casi de todo, en realidad. El mismo lo había comprobado hacía algunas semanas, sólo que no iba a preparar un sándwich. Preparar un sándwich en su casa era la única cosa que no iba a hacer de ningún modo, nunca. Lo miré como si contemplara un escaparate, apoyada en la pared. No dijo nada. Hizo un par de jodidos sándwiches asquerosos y me dio uno. Seguí mirando por la ventana mientras me lo comía y nos fuimos enseguida.
-Yo no sé preparar sándwiches –me miró asombrado un segundo.
Supongo que puedo cocinar casi de todo, en realidad. El mismo lo había comprobado hacía algunas semanas, sólo que no iba a preparar un sándwich. Preparar un sándwich en su casa era la única cosa que no iba a hacer de ningún modo, nunca. Lo miré como si contemplara un escaparate, apoyada en la pared. No dijo nada. Hizo un par de jodidos sándwiches asquerosos y me dio uno. Seguí mirando por la ventana mientras me lo comía y nos fuimos enseguida.
Cuando volví a subir al autobús tenía exactamente la misma sensación insustancial, un poco deshumanizante tal vez. La última vez que salí de casa de alguien así tuve que escuchar Something Stupid sin descanso, como un bálsamo para toda la indiferencia que soy capaz de sentir y recibir. Aquella canción, las noches absurdas en que la escuché con Pete, hacían las veces de un refugio extraño. El único que, por escarpado que fuera me hacía sentir realmente a salvo, sin la mugre de todos los simulacros que son otras ocasiones. Como si todo el lastre cínico de las citas y sus imposturas desapareciese apenas sonara la primera estrofa, la única que sabía de memoria. Pero esta vez no.
Estiré las piernas y los brazos en el asiento del autobús. Pensé en el trabajo que tenía pendiente. La insensibilidad era perfecta. Hasta que llamó Pete. Lo prodigioso y lo perverso de Pete era precisamente que no había simulacros. No recuerdo bien la conversación. Cada vez que hablaba por teléfono se las arreglaba para que la mitad de las palabras no llegaran al micrófono y solía sonar entrecortado, casi delirante. Dijo algo como que quedaría conmigo ese día en caso de que la amiga con la que había quedado no quisiera salir. Le pedí que lo repitiera dos veces. Iba a ser la segunda vez en el día que me parecía entender algo insólitamente humillante.
-Sí, he quedado con L pero tengo que confirmar. Si no quedo con ella, no tengo nada que hacer, podemos quedar –expuso de una forma casi pedagógica, con la paciencia de quien dice lo mismo por tercera vez.
No era nada del otro mundo, pero cuando uno flota en la insensibilidad las reacciones se vuelven difusas, abstractas, mentales, como si el único canal que comunica el rastro de emociones ahuecadas las codificara en un palabreo débil, alguna idea imposible de pronunciar en voz alta. Apreté el teléfono contra la oreja y escuché el silencio de Pete al terminar la frase. El canal difuso, dispersó el eco remoto y abstracto de alguna cosa como dolor. Bajé del autobús y caminé unos metros hasta el portal. “Tú no”, murmuraba el eco, “tú no, tú no”. Colgué el teléfono y atendí al eco. La reacción se fue afinando, se hizo idea: es más insensibilidad de la que puedo soportar. Ahora sí. Empecé a subir las escaleras con un cansancio impropio. Desde la misma región remota de donde precedían los ecos, las certezas inconclusas, empezaron a llegar las impresiones, apestosas, de una hora antes.
Cuando uno pasa algún tiempo flotando en la indiferencia, las reacciones pueden acumularse, multiplicarse, confundirse, deformarse. La siguiente idea ya era un compendio extrapolable: no puedo ocupar el no lugar, no puedo no importar más, no quiero, no me da la gana, no soporto esto, no voy a soportarlo. Me senté en el sofá. Era perfectamente consciente de que no era nada del otro mundo, pero reaccioné a todas las semanas que había pasado esperando que las cosas se definieran por sí mismas. Al cabo de un rato Pete estaba en la puerta esperando. Bajé con los ojos enrojecidos. Con él no había simulacros. Empezamos a caminar buscando un bar lo bastante cutre para su gusto. Si las fotos de la boda de Cyan sobre su cabeza no daban una escena lo bastante sórdida, Pete siempre encontraba las localizaciones más desagradables. Se me fueron helando los pies mientras caminábamos entre el escombro y las cacas de perro. Aterrizamos en el bar más elegante de la calle más infecta. No tenía el día de las reacciones rápidas y de todas formas estaba dispuesta a comprobar de una vez todo lo repelente que es la realidad sin imposturas ni esfuerzos de reforma. La terca realidad tal cual la esquivo. Y era eso. Un tipo descabellado y mal vestido me cuenta apoyado en la barra cómo ha dejado de beber por vigésimo séptima vez, después de todas esas semanas de silencio tan borracho que no podía dormir. El camarero escuchaba la conversación sin ningún disimulo y Paulina Rubio grita en una pantalla gigante al fondo de la barra vacía. Compré tabaco. El barman le preguntó a Pete si hoy dan algún partido. Y nos fuimos.
-Me vas a contar lo que te pasa o no.
-Sí.
Procuré dar los rodeos necesarios para no describirle los pendientes de la esposa de Cyan en simetría perfecta con su reloj sobre la mesa del comedor mientras caminábamos hacia el metro con los pies helados. Aproximada y abstractamente, le fui contando. Hablé un rato. Tampoco recuerdo bien lo que dije. En algún momento me oí algo como que nadie piensa en mí y el tufo autocompasivo me hizo llorar sin pudor en plena calle a las seis y media de la tarde.
-¡Pero no te lo tomes así! –dijo. Supongo que las imprecisiones y el melodrama no ayudan a la empatía, pero me lo estaba tomando como me daba la gana y me reconocía en mi lugar por primera vez en varias semanas.
-Hoy ha sido un día sórdido y humillante.
-¡Qué palabras utilizas! ¡Humillante!...-mantuvo la entonación de la frase como si no hubiera terminado de enumerar las palabras...
Sórdido, había dicho.
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