miércoles, 25 de abril de 2018

Que dolía

Era tan hermosa que dolía aunque, al decirlo, la frase resultaba vulgar. No así el dolor de contemplarla que, a pesar de la mediocridad de su verbalización, era soberbio. Era una avalancha agónica de deseo desesperado, un deseo torturado por la distancia, los años, los recuerdos, las vidas... y quizá por alguna oscura tentación de asirla completamente. 

Lo había vuelto a hacer. Diez años después de comprender porqué no debía hacerlo nunca, contempló su imagen y su preciosa rareza se volvió este dolor afilado que no quería. 
- ¿Pero hizo algo?
- Si, recordé sus palabras y la escribí - Wells había asumido que el Dr. S formaba ya parte de su talento para el delirio
- ¿Y?
- La conversación disipó lo peor de la agonía
- La realidad, querrá decir...
- Sí, eso...   

lunes, 23 de abril de 2018

La Señora Arbor


- No sabría a usted decirle cómo me siento, francamente- confesó Wells de entrada-. Esto no se parece a nada. No sé como describírselo. 
- ¿Es agradable? ¿Desagradable? -el Dr. S siempre sabía por dónde empezar.
- Es agradable, sin duda. Y estoy tranquilo aunque, naturalmente, tengo algunas dudas. 
- ¿Qué dudas son esas? 
- Quizá no son dudas. No estoy seguro. Es, quizá, un sentimiento difuso de alerta que en de vez en cuando sobreviene y me inhibe. Inhibe algo. 
- ¿Y a pesar de esta inhibición se siente satisfecho? 
- ¿Satisfecho? No completamente, supongo, pero no me impide estar contento, sonreír al pensar en ella, tenerla en mi mente como un pensamiento hermoso, un pensamiento que me da cierto miedo pero no angustia, porque la idea de la Señora Arbor en mi vida es, en conjunto, una sensación apacible.
- Bien, Herb, porque, aparentemente, esto es lo que tenía que sucederle a usted algún día si he hecho alguna cosa bien en mi trabajo. 
- Debo confesarle que me resulta estrafalario. 
- Es usted un cretino emocional, querido, nada más. 

La Señora Arbor tenía sus particularidad bien definidas. No eran manías. Era un repertorio de costumbres singulares que Wells disfrutaba de observar mientras se preguntaba si sería capaz de convivir con ellas. 
- Un momento... ¿"Convivir"? - Los ojos del Dr S se abrieron desmesuradamente
- Quiero decir... reflexiono de forma intrascendente expresando únicamente la ponderación de las posibilidades de estabilidad de una relac...
- ¡Tenga tanto cuidado con su mente como el que tiene conmigo al justificarse! Es usted escrupuloso sólo cuando quiere... 
Era un repertorio de costumbres singulares y Wells se preguntaba por cuánto tiempo le resultarían simpáticas. Ya había vivido antes el progresivo desmoronamiento de este tipo de ilusión, la ilusión de adorar peculiaridades idiosincrásicas que con el tiempo se convierten en memeces insoportables. El caso es que la Señora Arbor era tan extremadamente peculiar que parecía difícil, puestos a adorarla, esquivar el hecho de que era la personificación misma de la extravagancia, y de que así le gustaba a ella vivirlo.

Al pensar sobre ello, Wells no dejaba de sorprenderse a sí mismo, porque en términos generales solía sentir que el extravagante era él, si bien es cierto que él había estado viviendo su condición invisible como una fuente inagotable de amargura mientras se esforzaba en parecerse a los demás. Pero la Señora Arbor, que también le había confesado algunas pesadumbres propias de su ambigua rareza, parecía razonablemente orgullosa de su condición. Y aquello que en otros tiempos le pareció a Wells insoportable (ese orgullo íntimo y terco que le impidió a A recibir afecto alguno como si fuera humillante aceptarlo), resultaba ahora cabalmente sano e incluso admirable porque le había aportado a ella una madurez exquisita, pero también porque ella no parecía tener ya impedimentos para aceptar los sentimientos de W. Y es que, de todas las cosas sorprendentes de su reencuentro, la más pasmosa de todas era que la Señora Arbor parecía mostrarle cierto aprecio personal en un sentido inesperadamente íntimo, y Wells llevaba semanas extasiado en la contemplación de estas muestras de estima.

Esta sensación extraña de descubrimiento de lo conocido, con las apacibles sensaciones con las que se expresaba, le traía cada noche a la dulce ansiedad de su presencia.
- ¿Ansiedad? ¿Pero no dijo antes que...?
- Quiero decir que la deseo. La deseo, Dr. S, se me imponen mentalmente sus...
- Entiendo, entiendo, no siga, entiendo.
Aunque los recuerdos de su primer encuentro parecían ya lejanos, en cierto modo desgastados por la frecuencia con la que los había repasado en los días posteriores, la intensidad de su deseo lo acompañaba de forma casi constante. Hasta el punto en que ya había empezado a crear nuevas fantasías en espera de un segundo encuentro. 

- Basta por hoy, querido Herb.
- Oh...
- Deje de crear nuevas o viejas fantasías hasta que yo le dé permiso, por favor.
- Entendido. 

lunes, 16 de abril de 2018

Como se va todo

Uno de estos días te irás.
Quizá ya te perdí esta noche y aún no lo he sabido.
Quién sabe si en dos semanas, dos meses, dos décadas...
Pero te irás,
como se va todo.

Ni las más exactas palabras podrían impedirlo.
Ni los abrazos perfectos,
ni los paseos de la mano, los mensajes, los astros,
ni el cansancio del cuerpo redimido
podrían impedirlo.

Y como ya fui perdida de ti una vez,
los pájaros solitarios que me enseñaste,
la ensoñación nocturna de tus formas,
los monólogos que te suponen y esperan,
me duelen ahora como me dolieron entonces,
cuando ya te fuiste aquella vez,
cuando te convertiste en arena y me perdí
buscándote en la nada.

Aquella sed me sabe ahora en la boca
porque has vuelto y porque,
inevitablemente, un día te irás,
como se va todo.

jueves, 12 de abril de 2018

Inventario


No había tenido el tiempo de rumiar...

- ¡¿Ha dicho rumiar?!

...de acariciar lenta y meticulosamente los recuerdos de aquellas noches y días de inesperada fortuna. A ratos, mientras hablaba con alguien de las cosas visibles e inmediatas, le asaltaba el tacto de su rodilla desnuda en el dorso de la mano, el parpadeo de las pestañas claras ralentizado por el esfuerzo y el sueño, la irritación de la piel entre las pecas diminutas del hombro, y aquellos dientes deliciosamente imperfectos que había llegado a olvidar con los años.

Otras veces, era el sabor dulce de su saliva en los besos pequeños el que parecía querer hacerse presente en mitad de una reunión de trabajo, de una comida distendida, o de cualesquiera de las convenciones que agitaban el día... o el puente de su pie recogido en la mano, o el suave tacto del vello en las piernas debajo de las sábanas, o la curva exquisita que bajaba de su cintura y que era, de todos los milagros del universo, el más completo y por más tiempo anhelado.

Y no había tenido el tiempo de detenerse, lenta y meticulosamente, en esta maravilla particular de sus largas curvas debajo de la ropa, firmes en el contraste de la cintura estrecha y la cadera clara, en el músculo compacto y el hueso seco, en la nitidez soberbia de su simetría, en su delicadas texturas al tacto o en la mística de su balanceo. Y quería llegar a casa y remontarse a aquellas sensaciones todavía en las manos.

Cuando finalmente llegó a casa, Wells desvistió su cuerpo invisible como todas las veces en que necesitaba reconocerse a sí mismo en su exacta y transparente condición. Esta vez lo hizo con cierta parsimonia ceremonial, haciendo que el tiempo de desvestirse sirviera para despojarse apropiadamente de toda la miseria estética y moral de lo cotidiano. Se sentó en la cama hasta que se sintió lo bastante lejano al fragor de la vida y luego se tumbó. Al cerrar los ojos buscó en sus recuerdos el primer momento que pudiera haber atesorado de aquel desconcertante A. Vió su rostro aparecer entre las puertas batidas del aeropuerto. Percibió aquel enloquecedor movimiento de su cuerpo al caminar mientras lo miraba a los ojos. Una pequeña sonrisa con los labios cerrados arrugaba sus ojos en una mueca tan conocida que le estremeció otra vez, igual que si el tiempo no hubiera pasado. Y lo abrazo. Otra vez. Y recordó el temblor de su cuerpo contra el suyo, y cómo besó su cuello mientras aún tiritaba. Recordó los brazos de A recogiendo su espalda. Wells lo apretaba contra sí y A lo apretaba de vuelta. Los brazos se movían nerviosos en varias direcciones y en algún momento Wells tomó el rostro de A con las manos y besó su boca. No dijeron ni una palabra y ninguno supo cuánto tiempo se habían estado abrazando y besando en medio de aquel concurrido pasillo.

- Increíble Herb, me deja usted pasmado -dijo el Dr. S- pero no le dé muchas más vueltas al asunto.
- ¿Cómo podría no dárselas si después de diez años...?
- ¡Ya sabe cómo! -interrumpió S rotundo- ¡Y por qué!



martes, 10 de abril de 2018

El cansancio del cuerpo


¿No sientes el cansancio redimido
hoy, al servir de muda y honda prueba
de las vidas gastadas en vivirnos?
No quiero separarme
de esa gran traspresencia de ti en mí:
el cansancio del cuerpo

(...)

Pero hoy la fervorosa
negación de tu ausencia, tu recuerdo,
va por mi ser entero, por mis venas,
fluye dentro de mí, y es el cansancio.
De pies a frente, sin dolor, circula
tan despacio
que si en él me mirase nos veríamos.

(...)

Me acuno en el cansancio
y en él me tienes y te tengo en él,
Aunque no nos veamos.



Pedro Salinas, La voz a tí debida [26]

lunes, 9 de abril de 2018

Sin palabras

Fue hermoso quedarse sin palabras. Los fragmentos de algunas crepitaban en su mente inconexos, en un intento errático por manifestar aquel éxtasis de asombro. Y en ese caos feliz quizá balbuceó alguna cosa. Pero lo cierto era que ninguna palabra de ningún idioma  alcanzaba a cobrar sentido al deslizarse fuera de su cuerpo. "Más tarde", pensó, "luego, volveré a este momento y escribiré lo que sea". Y se quedó vagando perezosamente en la ambigüedad de aquella embriaguez inexpresable. 

No quiero separarme de esa gran traspresencia de ti en mí: el cansancio del cuerpo. 

Post-scriptum: 

Quizá, por una vez, lo extraordinario se manifestó en esta apacible renuncia a pronunciarse, siquiera ante sí mismo. Con el paso de los días aceptó que también tenia miedo a definir aquella difusa sensación de bienestar, como si las palabras, o algunas de ellas, fueran a encorsetar esa líquida placidez de cuya dispersión disfrutaba especialmente, sintiendo aquí y allá la misma complacida atonía.

lunes, 2 de abril de 2018

Después de chekhov

Iba de un lado para otro en su cabeza. Todas las imágenes mezcladas, las conversaciones, los recuerdos, los cuerpos, los planes. Los días se solapaban, los mensajes a deshora, los silencios, las visitas furtivas a predicciones astrológicas, las ansiedades. Todo se agolpaba en el pecho, en el pensamiento, en el calendario. Había saltado, desesperadamente, del vacío a lo más alto de las montañas. Y se sentía penosamente mareado y absurdo. 

Oyó la voz a lo lejos del Dr. S.:

- Olvídese de los planes poéticos. Cuando llegue la rumiación, haga parada de pensamiento. Deténgase, respire hondo y haga otra cosa.
- Ya...
- Otra cosa distinta a cambiar de chat y seguir buscando lo que está buscando ¿Entiende?
- Ya...
- Creo que no me está escuchando...
- Sí...

El conjunto era un amasijo de trozos lo bastante esperados como para no querer deshacerse de ninguno de ellos. Pero no podía evitar la desazón de saber que cada trozo provenía de especies distintas que requerían un cultivo peculiar y un mal gusto notable para ponerlos en un mismo jardín...

- No, no me está escuchando...
- No...