lunes, 23 de abril de 2018

La Señora Arbor


- No sabría a usted decirle cómo me siento, francamente- confesó Wells de entrada-. Esto no se parece a nada. No sé como describírselo. 
- ¿Es agradable? ¿Desagradable? -el Dr. S siempre sabía por dónde empezar.
- Es agradable, sin duda. Y estoy tranquilo aunque, naturalmente, tengo algunas dudas. 
- ¿Qué dudas son esas? 
- Quizá no son dudas. No estoy seguro. Es, quizá, un sentimiento difuso de alerta que en de vez en cuando sobreviene y me inhibe. Inhibe algo. 
- ¿Y a pesar de esta inhibición se siente satisfecho? 
- ¿Satisfecho? No completamente, supongo, pero no me impide estar contento, sonreír al pensar en ella, tenerla en mi mente como un pensamiento hermoso, un pensamiento que me da cierto miedo pero no angustia, porque la idea de la Señora Arbor en mi vida es, en conjunto, una sensación apacible.
- Bien, Herb, porque, aparentemente, esto es lo que tenía que sucederle a usted algún día si he hecho alguna cosa bien en mi trabajo. 
- Debo confesarle que me resulta estrafalario. 
- Es usted un cretino emocional, querido, nada más. 

La Señora Arbor tenía sus particularidad bien definidas. No eran manías. Era un repertorio de costumbres singulares que Wells disfrutaba de observar mientras se preguntaba si sería capaz de convivir con ellas. 
- Un momento... ¿"Convivir"? - Los ojos del Dr S se abrieron desmesuradamente
- Quiero decir... reflexiono de forma intrascendente expresando únicamente la ponderación de las posibilidades de estabilidad de una relac...
- ¡Tenga tanto cuidado con su mente como el que tiene conmigo al justificarse! Es usted escrupuloso sólo cuando quiere... 
Era un repertorio de costumbres singulares y Wells se preguntaba por cuánto tiempo le resultarían simpáticas. Ya había vivido antes el progresivo desmoronamiento de este tipo de ilusión, la ilusión de adorar peculiaridades idiosincrásicas que con el tiempo se convierten en memeces insoportables. El caso es que la Señora Arbor era tan extremadamente peculiar que parecía difícil, puestos a adorarla, esquivar el hecho de que era la personificación misma de la extravagancia, y de que así le gustaba a ella vivirlo.

Al pensar sobre ello, Wells no dejaba de sorprenderse a sí mismo, porque en términos generales solía sentir que el extravagante era él, si bien es cierto que él había estado viviendo su condición invisible como una fuente inagotable de amargura mientras se esforzaba en parecerse a los demás. Pero la Señora Arbor, que también le había confesado algunas pesadumbres propias de su ambigua rareza, parecía razonablemente orgullosa de su condición. Y aquello que en otros tiempos le pareció a Wells insoportable (ese orgullo íntimo y terco que le impidió a A recibir afecto alguno como si fuera humillante aceptarlo), resultaba ahora cabalmente sano e incluso admirable porque le había aportado a ella una madurez exquisita, pero también porque ella no parecía tener ya impedimentos para aceptar los sentimientos de W. Y es que, de todas las cosas sorprendentes de su reencuentro, la más pasmosa de todas era que la Señora Arbor parecía mostrarle cierto aprecio personal en un sentido inesperadamente íntimo, y Wells llevaba semanas extasiado en la contemplación de estas muestras de estima.

Esta sensación extraña de descubrimiento de lo conocido, con las apacibles sensaciones con las que se expresaba, le traía cada noche a la dulce ansiedad de su presencia.
- ¿Ansiedad? ¿Pero no dijo antes que...?
- Quiero decir que la deseo. La deseo, Dr. S, se me imponen mentalmente sus...
- Entiendo, entiendo, no siga, entiendo.
Aunque los recuerdos de su primer encuentro parecían ya lejanos, en cierto modo desgastados por la frecuencia con la que los había repasado en los días posteriores, la intensidad de su deseo lo acompañaba de forma casi constante. Hasta el punto en que ya había empezado a crear nuevas fantasías en espera de un segundo encuentro. 

- Basta por hoy, querido Herb.
- Oh...
- Deje de crear nuevas o viejas fantasías hasta que yo le dé permiso, por favor.
- Entendido. 

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