domingo, 26 de octubre de 2008

CASO CLÍNICO 280275-S. Las mañanas.

 [26 oct 2008 | domingo]

Lunes...

Cuando me desperté me dolía la cabeza. Un dolor intenso que parecía abarcar unos tres centímetros cuadrados (no sé si esto tiene sentido pero es lo que parecía) iba desplazándose por la superficie de la cabeza cada par de minutos. Aquí. Allí. Al otro lado. Iba frunciendo el ceño desde distintos ángulos al ritmo de los pinchazos de los cojones. Herbt quería estar solo. Estaba dormido como un tronco y esta vez todas sus posturas decían “quiero estar solo en mi cama, ahora”. De todas formas yo iba a necesitar un rato más para asumir el control de mis funciones motoras y largarme, así que me quedé en la cama escuetísima con los ojos entreabiertos, pensando que en aquella puta habitación parecía que hubiera estallado un cóctel molotov.

En realidad me gustaba mucho así. Era regocijantemente ajena. Creo que dormí un poco más, pero no tardé mucho en levantarme. Recogí mis cosas y vi el mechero naranja tirado en la mesa, debajo de unos papeles, al lado del paquete de tabaco. Sólo quedaba un cigarro. El sabor del tabaco todavía en la boca lo convertía en una visión repugnante. Dejé las dos cosas allí. Aquel mechero se lo había birlado a él sin darme cuenta. Y le tenía afecto, pero tenía otro idéntico, mordido exactamente de la misma forma, con las mismas marcas de los mismos dientes. Adiós. Adiós.

Salí a la calle y escuché los mensajes del buzón de voz. Ésta, la otra, la de más allá. No tenía la sensación estimulante de la otra vez. Ni lo contrario. No tenía ninguna sensación. Sólo esa bronca insufrible en el cráneo. Caminé entre la gente pensando en mi ausencia de sensaciones. Esto debe de ser la realidad. Te dije que me estaba acercando peligrosamente al realismo, y me desconcierta. Llegué a casa y me di cuenta de que tenía los ojos llenos de rimel a la una y pico de la tarde. Era patético que te cagas, pero tenía su gracia. Había una salsa de carne para espaguetis en la encimera y busqué algo de pasta. Por supuesto no tenía ni un paquete, ni espaguetis tirados por el suelo del armario, ni siquiera fideos. Tenía tres paquetes del mismo cus-cus de la misma marca. Cuatro clases distintas de arroz que no comía nunca. Harinas de todos los cereales y tubérculos imaginables. Pero no había un puto paquete de pasta. Preparé un bol de cus-cus, y le puse la salsa de carne. ¡Buagh!, el cus-cus con orégano apesta...


Martes...

Casi me reviento los tímpanos intentando no escuchar mis propios pensamientos. Esa mierda de no tener sensaciones sólo parecía servir para acumularlas. Me desperté aturdida. Me entraron ganas de llorar. Me levanté con el cuerpo como si todavía tuviera resaca. Tomé un moca doble con pizza y salí a la calle como tenía planeado. Después de haber comido algo tenía la energía suficiente para un ataque de asco y rabia. No sé por qué ni de qué. Me lo preguntaste pero sigo sin saber qué decirte. Tenía que andar. Andar bastante. Andar cuesta arriba y quedar sin aliento. Darme contra la gente sin pedir perdón. Seguir andando. Hubiera querido correr, pero hubiera sido demasiado absurdo y demasiado rápido. Necesitaba el tiempo. Que el tiempo discurriera mientras intentaba cansarme. Hubiera querido romper dos o tres paredes, o que me partieran la cara, pero hubiera sido demasiado rápido también. Habrían tenido que matarme. Da igual. Como si todo fuera un perfecto asco cerrado en sí mismo, ni siquiera podía escuchar la canción, esa canción. Da igual. Estaba Jimmy. Y el puto bajo casi me revienta los tímpanos mientras caminaba intentando no escuchar mis propios pensamientos.

Creo que en algún momento conseguí no escucharlos por fin. Llevaba veinte minutos subiendo una cuesta inmunda. Y entonces me di cuenta. Sí que le había mentido. Ese ataque de rabia sin motivo ni objeto precisos se volvió contra mi. Mierda. Joder. Intenté recordar cómo fue, porqué. Seguí andando. La calle estaba ahora llena de gente que estorbaba. No iba a volver atrás en el tiempo. No iba a llamarlo para explicarme. Mierda. Mierda. Sería mejor seguir escuchando a Jimmy y no hacer nada. Joder.

Bienvenida a la realidad.


Miércoles...

Silencio. No se oye nada en la calle, parece domingo. Tristeza. ¿Qué hora es? No sé que significa esta tristeza. Abatimiento. Sin forma. Pesa sobre mi cuerpo. Todavía en la cama. No sé que significa todavía. Una enorme masa de tristeza pegándose en la piel, por todas partes. No hay ansiedad. Ni congoja. Es un largo llanto silencioso. Solitario. No tengo ganas de andar. Será mejor que coja el autobús. Horas y horas de una pena sin forma ni objeto. Arena. Me pesa tanto el cuerpo. Tanto. A lo mejor ha muerto mi alma y yo sigo aquí.


Jueves...

La mañana siguiente despertó en el desierto. Otra vez. Había pasado la noche envuelto en los sacos malolientes del camello. Había escorpiones. La bicha bufaba y daba patadas en el suelo cuando estaban cerca. Solía despertarse, pero nunca era seguro. De todas formas no le importaba esa peste. Le distraía del hedor de sus propios pensamientos y lo devolvía al desierto. Todavía no quería moverse. Arrugado en su envoltorio escuchaba un silencio de siglos. Un animal estúpido que gemía al amanecer, cada día, siglo tras siglo. Oía el leve roce de la arena contra la ropa. Otra vez tenía los labios llenos de arena a punto de partirse.

-A ver, a ver, a ver... si no estás en paz... ¿te lo imaginas? ¿te imaginas la paz?...

Intentó sacar la mano para limpiarse los labios y deshizo el envoltorio, así que se incorporó. Aún tenía sueño. Se restregó el dorso de la mano por la boca y uno de los labios se partió. Las mejillas estaban frías. Se tocó la cara sintiendo estas pequeñas sensaciones con el alivio de saber qué le dolía con esa simple precisión. Al final se mojó los labios con la lengua y repasó mentalmente lo que tenía que hacer. Recoger primero. Vestir la montura. Tomaría el resto de café de la noche anterior si no se había llenado de arena. Debería lavarlo todo por la noche y hacer café nuevo por la mañana, pero nunca lo hacía si estaba solo. Limpiar. Recoger. Montar. Seguir. Miró al horizonte y reconoció el sosiego de volver a encontrarse en el mismo sitio fuera del tiempo y el espacio. Suspendido en el silencio de las dunas, en la marcha trabajosa del animal debajo de él, en los posos de café amargo entre los dientes, en ser una sombra caminante...

-El silencio, el silencio... ¿te imaginas el silencio? –volvió a interrumpir.

W se distrajo y no tuvo otro remedio que escuchar al Dr. S.
-Sí, creo que sí –hablaba sin mucho convencimiento, ni siquiera sabía si había oído bien la pregunta.
-¿Por qué? –el gesto parecía irónico- ¡¡¡¿Por qué?!!! –dijo enseguida gritando.
-Hmm... No estoy seguro, para detener el pensamiento, creo.

El Dr. S asintió con una de esas sonrisas impredecibles. W intentó pensar cuántos minutos faltaban para terminar la sesión. No quería irse. En realidad sólo quería no pensar en lo que vendría después de la sonrisa impredecible.

-La cuestión no es... detener los pensamientos... cuando ya tienes una guerra civil en tu cabeza... Después de cuatro días... –y dijo esto último especialmente despacio, levantando las cejas y cerrando los ojos, señalando con cada sílaba la generosa estupidez de la conducta de Wells.
-Ya –dijo por decir, por dar la impresión de que entendía, aunque era obvio que era imbécil.
-¡Ya! –repitió el Dr. S con las cejas por los aires- ¿Qué desencadena pensamientos obsesivos? ¿Por qué? ¡Lo sabes!-afirmó mirando fijamente-¡¿Por qué no haces nada!? Quiero decir, claro... ¡cuando lo tienes que hacer!
-... ... ... –estaba embotado. Siempre llegaba a ese momento un poco embotado.
-No te vayas al desierto. Vuelve –al fin sonrió con cierto afecto, el tono más cálido, S sabía muy bien cómo hacer esto-, no detengas la acción, y no tendrás que detener el pensamiento. Suspendes la acción y acumulas las reacciones –Wells empezó a anotar-, no les abres la puerta. Las guardas. ¿Para qué? No. Esto se acabó.

W siguió tomando nota sin abrir la boca hasta que el Dr. S terminó su arenga gritando algo sobre conductas. Como otras veces, se levantó de la silla atusándose el pantalón sobre las piernas, indicando así que habían acabado. Al salir del edificio había recuperado las ganas de andar. Subir, bajar, el aire en las mejillas, gente estorbando a la que ignorar. Poco a poco reaccionaba. Más gente. Más camino. Esto lo conozco. Por aquí. Por ahí. Vuelvo a ser yo. Aquí estuve la semana pasada. Yo. Y todo lo demás... En la calle. Ahora. Al pairo... Sigo al pairo... La nave parece que va a darse la vuelta cada cinco minutos más o menos... Los cuatro de siempre juegan a las cartas. No sé por qué cojones siempre tienen que ser los mismos cuatro. Que paliza de tíos. El resto sólo están tumbados en los camastros... No. No. Para.

Para.


Viernes...

A veces tenía que concentrarse en sobrevivir. Se levantó mecánicamente de la cama y acudió a todas las citas. Tarde. Noche. No le apetecía. Veía gente que no conocía y tampoco le interesaba. Se aburría para distraerse. Permitía que le llamaran un par de chicas que no le gustaban. Era una forma de sobrevivir. Lo peor de todo es que esto lo hacía bien. Todo ese lío de gente no importaba. Estaba empezando a hartarse de los problemas que intentaban rozarla. De las mismas preguntas repitiéndose en cada conversación. Ahora se entrenaba contestando borderías. Se metía en situaciones ridículas, en actitudes ridículas, y se carcajeaba contándolo (¿a quién se le ocurre presentarse en un rodaje por las buenas?). Así ganaba escenas. Personajes. Hábitos. Algo que no fuera refugiarse en una abstracción. Todo este ruido en su cabeza le obligaba a interrumpir el ritmo obsesivo de las palabras dichas, las ideas ya pensadas, las acciones que nunca tuvieron lugar. No quería seguir imaginando lo que tenía claro. Y tenía que sobrevivir bajo ese imperativo. Aprender esa mierda de una vez por todas. Y bajar a comprar pasta de una vez.


Sábado...

Tengo que dejar de fumar compulsivamente. Lo de la artillería en el occipital es del tabaco. Lo sé. Del tabaco y de tomar cerveza después de vodka. Parezco subnormal. Hoy vamos al templo butch. Ay. Un momento. ¿Qué rayos era todo eso del postporno? Uf.
...
...
...
No tengo a dónde ir,
Así que iré a cualquier lugar,
A cualquier lugar,
Porque no tengo a dónde ir
...
...
...
Levántate. Péinate.
...
...


Domingo...

Dudaba. Porque sólo con una mirada me iba a valer para los últimos quince años. Y para los próximos. Y estaba bien, aunque fuera medio segundo de mirada jeroglífica. En fin. A la mañana siguiente me daba igual. Ya era mi mirada favorita, y estuve un rato intentando fijarla en la memoria sin prestar ninguna atención a su semántica. Ni a su pragmática. Pensando sólo en sus ojos fijos mientras evitaba darle el abrazo que me hubiera gustado y me largaba. Sí. Sólo iba a ser así. Todo volvía a mezclarse. Me di la vuelta en la cama y abracé los cojines debajo del edredón. Cambié de imagen. Pensé en Herbt. No había ninguna lógica para nada de esto. Tampoco la echaba de menos. Esta incoherencia no me incomodaba. No alteraba nada. En realidad estaba todo claro ahora. Revuelto, pero claro. Puse la radio.

La radio los domingos por la mañana es un asco. Y por la tarde. Y por la noche. Me levanté y recogí los papeles de una carta astral que estaban tirados por el suelo al lado de la cama. Me había dado por las cartas astrales lo mismo que por los juegos del móvil. De todas las cosas farragosas e inútiles en las que uno puede emplear las horas muertas, ésta era una con cierto encanto. Porque era un poco interminable, creo. Como un tetris que nunca acabas. Como perderse en el desierto. O anclar al pairo. A los papeles les faltaba el gráfico de una sinastría. Me había metido en el bolso esa página cinco días antes, el miércoles. La llevaba conmigo como el que lleva una foto. Una de esas fotos en las que eras feliz con alguien. Recordé la primera que hice. La noche anterior entramos en un bar y me pareció ver a quien me acompañó en aquella primera foto. Recordé la impresión paralizante de ese momento... pero no. No hay más energía para eso. Bien. Todo está en su perfecto desorden. Le eché un vistazo a la nueva sinastría y puse a Otis.

Mis canciones han vuelto a ser mías.