[30 sep 2008 | martes]
No había bastante luz, ni bastante oscuridad. No había bastante ruido, ni bastante silencio. Era un asco de indefinición desdibujada, de camino a ningún sitio, de empeño desfondado. Los pasos a ninguna parte. La ropa crujiendo al caminar. Algo que parecía brisa (cansada, incierta). Y el perfil de su cara pálida e indiferente en mitad de la nada. De toda la nada que cabe en las noches deshabitadas. Y caminar. Caminar sólo. Entre el silencio y la desgana. Y todos los demás perfiles en la penumbra (los vivos, los muertos, los desconocidos). Y caminar. Caminar sólo. Seguir caminando.
martes, 30 de septiembre de 2008
jueves, 18 de septiembre de 2008
Caravana
[18 sep 2008 | jueves]
No recordaba las noches a partir del cuarto campamento. Había participado en otras caravanas antes, así que sabía que me desorientaría en pocos días. Sabía cómo iba a acartonarse parte de la piel, y cuándo llegaría el más insufrible dolor de cabeza. También cuándo se iría. Sin embargo, nunca antes había perdido la cuenta de las noches en el desierto, y sólo me acordaba de las primeras cuatro noches, y de la inmediatamente anterior. No sabía por qué.
Esto me mantuvo más preocupado que de costumbre. Había decidido volver al negocio porque aquellos turistas tarados me solían entretener con sus memeces y de todas formas todavía podía aprender a orientarme con el guía jefe. Era un buen hombre. Solía divertirnos. Y las propinas de los alemanes eran especialmente generosas (lo que no podía decirse de la paga). Sí, cuando ella se fue lo pensé inmediatamente. Al menos allí sabía que no iba a encontrarla, así que dejé de pensar en los meses anteriores y fui a olvidarlo todo en el silencio absorto de aquellas madrugadas. Y conseguí entretenerme, hasta que me di cuenta de que no recordaba las noches a partir del cuarto campamento.
Durante varios días no se lo dije a nadie. A saber cuántos días. Cuando el jefe se retiraba (era mejor hombre que jefe) Hassan solía sacar una botella de alcohol que llevaba consigo. Era alguna cosa fuerte porque llevar cerveza suponía demasiado bulto. Tomábamos un trago y dormíamos. Y era siempre igual. Luego montábamos al animal, avanzábamos en silencio durante varias horas, y hasta el siguiente campamento. En septiembre podía hacerse sin parar al mediodía. Los tarados disfrutaban de eso aunque no paraban de quejarse y decir estupideces sobre el desierto. Yo sólo no podía dejar de pensar en que no llevaba la cuenta de los días.
Al salir el sol ya llevábamos un par de horas de ruta. Se había hecho el silencio por fin, y podía pensar en mis cosas. La noche anterior había sido igual a las otras. Hassan había hecho las mismas bromas de todos los campamentos y de todos los septiembres. El jefe se acostó antes que los demás, aunque era el único jefe que lo hacía. Los tarados no hacían ruido. Estos no. Habíamos cenado tajin de pollo con cous-cous y verdura. Siempre igual. El sol salía por un lugar diferente cada vez. Pero esto también era lo mismo. Hassan se acercó a mi...
-¿Qué pasa hermano? ¿La vida no te sonríe?
-No sé que ocurre. Este trabajo es diferente. Es difícil.
- Sí, lo veo. No sonríes como antes. No sonríes a las turistas como antes. Algo no está bien.
- No soy el mismo.
- Necesitas estar solo y pensar en ti, en la vida, en tu vida... Toma –y me dio la bolsa en la que escondía el alcohol- es bueno para pensar en ti.
Cuando llegamos al nuevo campamento todo fue del mismo modo, excepto porque Hassan no sacó su botella. Lo cierto es que el desierto no es un buen lugar para estar a solas, digan lo que digan los tarados. Y un campamento no es un buen lugar para beber. Pero de todas formas quería estar solo, sí.
Caminé por la arena durante un rato cuidándome de no perder de vista el campamento a la luz de la luna. Me senté en la arena y eché un trago. Recordé los días en que corría a todas partes para verla, arañando cada minuto para verla, abandonando cada cita para verla. Y lloré. Intenté no hacer ruido. Sólo bajé la cabeza y vi caer las lágrimas sobre la chilaba sucia en la oscuridad. Me sentía patético, y eché otro trago. No podía dejar de imaginar que sonreía, que ella era feliz, que miraba el patio desde mi ventana, que la veía. Ni podía dejar de llorar. Bueno, al menos –pensé para calmarme- no era tan humillante como derrumbarse sobre su hombro. No, no lo era. Supuse que podía llorar sin parar en mitad de la nada. Y lloré sin parar. Toda la noche.
Al día siguiente supe diferenciar esta noche de todas las anteriores.
Y seguí llorando debajo de las telas en la ruta. El calor evaporaba el llanto. Me lo había advertido Hassan...
- Al amanecer, cuando los tarados vuelven a callarse, puedes llorar. Puedes hacerlo casi hasta el siguiente campamento. No seas estúpido, hazlo.
Y le vi asomarse en la ventana de mi patio durante días y días y más días. Y todas las noches, sin hacer ruido, en mitad de la nada.
No recordaba las noches a partir del cuarto campamento. Había participado en otras caravanas antes, así que sabía que me desorientaría en pocos días. Sabía cómo iba a acartonarse parte de la piel, y cuándo llegaría el más insufrible dolor de cabeza. También cuándo se iría. Sin embargo, nunca antes había perdido la cuenta de las noches en el desierto, y sólo me acordaba de las primeras cuatro noches, y de la inmediatamente anterior. No sabía por qué.
Esto me mantuvo más preocupado que de costumbre. Había decidido volver al negocio porque aquellos turistas tarados me solían entretener con sus memeces y de todas formas todavía podía aprender a orientarme con el guía jefe. Era un buen hombre. Solía divertirnos. Y las propinas de los alemanes eran especialmente generosas (lo que no podía decirse de la paga). Sí, cuando ella se fue lo pensé inmediatamente. Al menos allí sabía que no iba a encontrarla, así que dejé de pensar en los meses anteriores y fui a olvidarlo todo en el silencio absorto de aquellas madrugadas. Y conseguí entretenerme, hasta que me di cuenta de que no recordaba las noches a partir del cuarto campamento.
Durante varios días no se lo dije a nadie. A saber cuántos días. Cuando el jefe se retiraba (era mejor hombre que jefe) Hassan solía sacar una botella de alcohol que llevaba consigo. Era alguna cosa fuerte porque llevar cerveza suponía demasiado bulto. Tomábamos un trago y dormíamos. Y era siempre igual. Luego montábamos al animal, avanzábamos en silencio durante varias horas, y hasta el siguiente campamento. En septiembre podía hacerse sin parar al mediodía. Los tarados disfrutaban de eso aunque no paraban de quejarse y decir estupideces sobre el desierto. Yo sólo no podía dejar de pensar en que no llevaba la cuenta de los días.
Al salir el sol ya llevábamos un par de horas de ruta. Se había hecho el silencio por fin, y podía pensar en mis cosas. La noche anterior había sido igual a las otras. Hassan había hecho las mismas bromas de todos los campamentos y de todos los septiembres. El jefe se acostó antes que los demás, aunque era el único jefe que lo hacía. Los tarados no hacían ruido. Estos no. Habíamos cenado tajin de pollo con cous-cous y verdura. Siempre igual. El sol salía por un lugar diferente cada vez. Pero esto también era lo mismo. Hassan se acercó a mi...
-¿Qué pasa hermano? ¿La vida no te sonríe?
-No sé que ocurre. Este trabajo es diferente. Es difícil.
- Sí, lo veo. No sonríes como antes. No sonríes a las turistas como antes. Algo no está bien.
- No soy el mismo.
- Necesitas estar solo y pensar en ti, en la vida, en tu vida... Toma –y me dio la bolsa en la que escondía el alcohol- es bueno para pensar en ti.
Cuando llegamos al nuevo campamento todo fue del mismo modo, excepto porque Hassan no sacó su botella. Lo cierto es que el desierto no es un buen lugar para estar a solas, digan lo que digan los tarados. Y un campamento no es un buen lugar para beber. Pero de todas formas quería estar solo, sí.
Caminé por la arena durante un rato cuidándome de no perder de vista el campamento a la luz de la luna. Me senté en la arena y eché un trago. Recordé los días en que corría a todas partes para verla, arañando cada minuto para verla, abandonando cada cita para verla. Y lloré. Intenté no hacer ruido. Sólo bajé la cabeza y vi caer las lágrimas sobre la chilaba sucia en la oscuridad. Me sentía patético, y eché otro trago. No podía dejar de imaginar que sonreía, que ella era feliz, que miraba el patio desde mi ventana, que la veía. Ni podía dejar de llorar. Bueno, al menos –pensé para calmarme- no era tan humillante como derrumbarse sobre su hombro. No, no lo era. Supuse que podía llorar sin parar en mitad de la nada. Y lloré sin parar. Toda la noche.
Al día siguiente supe diferenciar esta noche de todas las anteriores.
Y seguí llorando debajo de las telas en la ruta. El calor evaporaba el llanto. Me lo había advertido Hassan...
- Al amanecer, cuando los tarados vuelven a callarse, puedes llorar. Puedes hacerlo casi hasta el siguiente campamento. No seas estúpido, hazlo.
Y le vi asomarse en la ventana de mi patio durante días y días y más días. Y todas las noches, sin hacer ruido, en mitad de la nada.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
el valle gris
[10 sep 2008 | miércoles]
Todo aquello del viaje había cambiado un poco las cosas. El viento seguía soplando entre las telas raídas del chamizo como lo había hecho cada día durante todos los años que llevaba viviendo ahí. A veces era lo único que se oía. Sólo el viento en los pliegues de aquellos harapos que colgaban indecentemente en la puerta y las ventanas. En realidad era un sonido relajante. Me senté en la puerta a hacer nada, como otras tardes. Empezaba el otoño. Hacía tiempo que el smog se había instalado en el valle, así que donde tendrían que estar los pastos verdes sólo se veía una peste grisácea. El sonido del viento era lo único interesante, realmente. Cerré los ojos y escuché. Nada. Como en aquel lugar. Nada.
Al cabo de un tiempo que no sabría acotar, llegó el jaleo de la casa de Hulk. Aquellos plastas eran insufribles, pero me caían bien. Cuando no estaban en algún trance de los suyos, se pasaban la vida haciendo ruido para no oír el silencio que corría por el valle. No tenían término medio, pero eran unos vecinos sociables al menos. El resto de aquel foso sombrío estaba habitado por auténticas amebas. Sólo a veces los veía deslizarse, desconfiados, entre la nube de contaminación. Fisgaban por aquí o por allá. Y luego se iban. Los Hulk, sin embargo, se resistían a mimetizarse con toda esa sombra maloliente. Y allí estaban otra vez armando ruido.
Permanecía con la vista fija en algún punto indefinido del horizonte montañoso. Pensaba en el mar, en el desierto, en la sabana, en la tundra. En todos los paisajes sin límite que tan poco se parecían al nuestro. Y en sus sonidos. Y en que tal vez había miles de lugares así que no había tenido en cuenta antes. En otros planetas. Planetas que no sabía que se podían visitar excepto virtualmente. Bueno, hubiera estado en mitad de la nada de todas formas, pero esto da igual. No había forma de escapar a eso, creo. Estaba más que asumido, y la cuestión era otra. La inmensidad en sí. Solitaria, pero obscenamente hermosa. En cambio, el smog me daba asco (su hedor, su opacidad, su manía de pegarse a todo y someternos a su mugre). Y aquellos cretinos... que no dejaban de dar voces y joderme.
Sin pensarlo demasiado me levanté y empecé a caminar hacia la casa Hulk. Con toda aquella mierda flotando en el aire era difícil verme llegar, así que cuando el pequeño Nop me vio lo tenía a menos de un metro, y se llevó un susto de muerte. Pegó un salto y empezó a correr hacia la casa gritando como un loco. Los muy cenutrios tenían tal alboroto que les fue imposible oír al pequeño. En pocos segundos ocurrió todo. Debieron verlo aterrorizado y Hulk salió a recibirme con una trincha de la hierba sin dejar de vociferar. Me asusté. Di unos pasos atrás y cogí una piedra. La estampé en su cabeza. Se cayó al suelo y empezó a sangrar mientras temblaba violentamente. Dentro seguían gritando. Cogí la trincha y alguien se clavó en ella. Lo solté. Luego otro cuerpo. Y luego sólo se oía al pequeño Nop dando alaridos. Le grité que se callara. Y se calló. Hulk todavía daba patadas en el suelo. Lo atravesé también. El pequeño sollozaba en alguna parte. Y eché a correr hacia mi porche.
Estaba agitada. No sabía si volver a por Nop y traerlo. No pensé en quitarlo de en medio a él también. En realidad no pensaba haberlo hecho con nadie. Sólo ocurrió. Estaba nerviosa. Confusa. Me senté. Cerré los ojos. Otra vez no se oía nada. De repente me pareció que no había pasado nada. La mugre, el hedor, el silencio... todo estaba igual que al principio. Joder. Tenía que salir de ese vertedero ya, a donde fuera.
Todo aquello del viaje había cambiado un poco las cosas. El viento seguía soplando entre las telas raídas del chamizo como lo había hecho cada día durante todos los años que llevaba viviendo ahí. A veces era lo único que se oía. Sólo el viento en los pliegues de aquellos harapos que colgaban indecentemente en la puerta y las ventanas. En realidad era un sonido relajante. Me senté en la puerta a hacer nada, como otras tardes. Empezaba el otoño. Hacía tiempo que el smog se había instalado en el valle, así que donde tendrían que estar los pastos verdes sólo se veía una peste grisácea. El sonido del viento era lo único interesante, realmente. Cerré los ojos y escuché. Nada. Como en aquel lugar. Nada.
Al cabo de un tiempo que no sabría acotar, llegó el jaleo de la casa de Hulk. Aquellos plastas eran insufribles, pero me caían bien. Cuando no estaban en algún trance de los suyos, se pasaban la vida haciendo ruido para no oír el silencio que corría por el valle. No tenían término medio, pero eran unos vecinos sociables al menos. El resto de aquel foso sombrío estaba habitado por auténticas amebas. Sólo a veces los veía deslizarse, desconfiados, entre la nube de contaminación. Fisgaban por aquí o por allá. Y luego se iban. Los Hulk, sin embargo, se resistían a mimetizarse con toda esa sombra maloliente. Y allí estaban otra vez armando ruido.
Permanecía con la vista fija en algún punto indefinido del horizonte montañoso. Pensaba en el mar, en el desierto, en la sabana, en la tundra. En todos los paisajes sin límite que tan poco se parecían al nuestro. Y en sus sonidos. Y en que tal vez había miles de lugares así que no había tenido en cuenta antes. En otros planetas. Planetas que no sabía que se podían visitar excepto virtualmente. Bueno, hubiera estado en mitad de la nada de todas formas, pero esto da igual. No había forma de escapar a eso, creo. Estaba más que asumido, y la cuestión era otra. La inmensidad en sí. Solitaria, pero obscenamente hermosa. En cambio, el smog me daba asco (su hedor, su opacidad, su manía de pegarse a todo y someternos a su mugre). Y aquellos cretinos... que no dejaban de dar voces y joderme.
Sin pensarlo demasiado me levanté y empecé a caminar hacia la casa Hulk. Con toda aquella mierda flotando en el aire era difícil verme llegar, así que cuando el pequeño Nop me vio lo tenía a menos de un metro, y se llevó un susto de muerte. Pegó un salto y empezó a correr hacia la casa gritando como un loco. Los muy cenutrios tenían tal alboroto que les fue imposible oír al pequeño. En pocos segundos ocurrió todo. Debieron verlo aterrorizado y Hulk salió a recibirme con una trincha de la hierba sin dejar de vociferar. Me asusté. Di unos pasos atrás y cogí una piedra. La estampé en su cabeza. Se cayó al suelo y empezó a sangrar mientras temblaba violentamente. Dentro seguían gritando. Cogí la trincha y alguien se clavó en ella. Lo solté. Luego otro cuerpo. Y luego sólo se oía al pequeño Nop dando alaridos. Le grité que se callara. Y se calló. Hulk todavía daba patadas en el suelo. Lo atravesé también. El pequeño sollozaba en alguna parte. Y eché a correr hacia mi porche.
Estaba agitada. No sabía si volver a por Nop y traerlo. No pensé en quitarlo de en medio a él también. En realidad no pensaba haberlo hecho con nadie. Sólo ocurrió. Estaba nerviosa. Confusa. Me senté. Cerré los ojos. Otra vez no se oía nada. De repente me pareció que no había pasado nada. La mugre, el hedor, el silencio... todo estaba igual que al principio. Joder. Tenía que salir de ese vertedero ya, a donde fuera.
viernes, 5 de septiembre de 2008
Rask
[05 sep 2008 | viernes]
La perspectiva de viajar a otro planeta era tan improbable que no me la había tomado realmente en serio. De hecho, había considerado una pérdida de tiempo hasta el entretenimiento de concebirlo, así que cuando conocí a Rimbo Rask no tenía muy claro de qué iba el rollo. A simple vista, éste era el tipo más terráqueo en varias galaxias a la redonda. No había duda de que le gustaban los hedores mundanos como al que más. Lo conocí bebiendo en un garito sucio y mal ventilado. Sonaba una música absurda que nos mantenía de pie porque su estridencia era demasiado desagradable para poder mantenerse quieto, pero él parecía feliz. Contagiosamente feliz.
Después de encontrarlo varias veces, el tío empezó a manifestarse retorcidamente experto en la tecnología de lo ordinario. Escrutaba lo humano con el mismo entusiasmo con el que parecía llevarlo a la práctica, y fuera del contexto hediondo de aquella noche (mientras caminábamos por la ciudad de día, tranquilamente) se hacía un poco raro escuchar las andanzas de un cretino tan metódico. Demasiado metódico. Al final, resultó que no era terráqueo. Andaba trasegando sus mierdas por esta parte del universo pero de todas formas era, y se sentía, como un turista.
El día que hablamos de ello me explicó que llevaba implantados no sé qué clase de nanochismes que lo teletransportaban a todas partes y lo mantenían constantemente en órbita. Un rollo. Y no era necesariamente agradable para él. Sin embargo, Rask estaba convencido de que yo también tenía aquello instalado vaya usted a saber dónde, y de que había una razón para haberme percatado de que él no era lo que parecía. No me enteré muy bien de cómo funcionaba el proceso (ni de quién rayos era él en realidad), pero lo cierto es que al cabo de un par de horas estábamos viendo la Tierra desde alguna otra parte. Y era acojonante, claro.
Lo más sorprendente del asunto era que tenía una inequívoca sensación de regreso al estar fuera. Llegamos a una especie de jaima en mitad de la nada. Parecía de noche, aunque no sé si puede decirse así en otro planeta. En el horizonte se distinguían algunas montañas por un lado. El resto era inescrutablemente llano, no había nada más que una tienda precaria y oscura en cuya entrada aparecimos. Olía bien y comimos algo que había en unas cajas. Luego salimos a contemplar la Tierra tumbados en la arena y hablamos durante horas de los mundos, la distancia, y los viajes de Rask. No me había dado tiempo a encajar que aquello era posible y de repente estaba hecho. Cuando volvimos me sentía aturdida. E impresionada. No sé. Era inquietantemente acogedor en su soledad, familiar en su lejanía. No sé. El caso es que el viaje podía hacerse.
La perspectiva de viajar a otro planeta era tan improbable que no me la había tomado realmente en serio. De hecho, había considerado una pérdida de tiempo hasta el entretenimiento de concebirlo, así que cuando conocí a Rimbo Rask no tenía muy claro de qué iba el rollo. A simple vista, éste era el tipo más terráqueo en varias galaxias a la redonda. No había duda de que le gustaban los hedores mundanos como al que más. Lo conocí bebiendo en un garito sucio y mal ventilado. Sonaba una música absurda que nos mantenía de pie porque su estridencia era demasiado desagradable para poder mantenerse quieto, pero él parecía feliz. Contagiosamente feliz.
Después de encontrarlo varias veces, el tío empezó a manifestarse retorcidamente experto en la tecnología de lo ordinario. Escrutaba lo humano con el mismo entusiasmo con el que parecía llevarlo a la práctica, y fuera del contexto hediondo de aquella noche (mientras caminábamos por la ciudad de día, tranquilamente) se hacía un poco raro escuchar las andanzas de un cretino tan metódico. Demasiado metódico. Al final, resultó que no era terráqueo. Andaba trasegando sus mierdas por esta parte del universo pero de todas formas era, y se sentía, como un turista.
El día que hablamos de ello me explicó que llevaba implantados no sé qué clase de nanochismes que lo teletransportaban a todas partes y lo mantenían constantemente en órbita. Un rollo. Y no era necesariamente agradable para él. Sin embargo, Rask estaba convencido de que yo también tenía aquello instalado vaya usted a saber dónde, y de que había una razón para haberme percatado de que él no era lo que parecía. No me enteré muy bien de cómo funcionaba el proceso (ni de quién rayos era él en realidad), pero lo cierto es que al cabo de un par de horas estábamos viendo la Tierra desde alguna otra parte. Y era acojonante, claro.
Lo más sorprendente del asunto era que tenía una inequívoca sensación de regreso al estar fuera. Llegamos a una especie de jaima en mitad de la nada. Parecía de noche, aunque no sé si puede decirse así en otro planeta. En el horizonte se distinguían algunas montañas por un lado. El resto era inescrutablemente llano, no había nada más que una tienda precaria y oscura en cuya entrada aparecimos. Olía bien y comimos algo que había en unas cajas. Luego salimos a contemplar la Tierra tumbados en la arena y hablamos durante horas de los mundos, la distancia, y los viajes de Rask. No me había dado tiempo a encajar que aquello era posible y de repente estaba hecho. Cuando volvimos me sentía aturdida. E impresionada. No sé. Era inquietantemente acogedor en su soledad, familiar en su lejanía. No sé. El caso es que el viaje podía hacerse.
lunes, 1 de septiembre de 2008
Sabía que iba a verte
[01 sep 2008 | lunes]
Empezó a dar vueltas por casa con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros. Todo estaba lleno de polvo, pero no tenía ganas de afanarse con eso, así que Herb se puso a escribir frenéticamente. Tenía que reencontrarse con esa confusión mental que le era tan familiar, y el blanco de las páginas vacías le suponía el mismo efecto que una cálida bienvenida al hogar de todas las confusiones. Los pies negros, las hojas blancas, la ropa y los libros desordenados, un programa deportivo en la radio, y el recuerdo de las horas anteriores resonando en mitad del largo y triste silencio del teléfono. Y algo había cambiado. Unas cuantas noches después, unas cuantas copas después, empezó a separarse de aquella pegajosa ausencia que no era suya. El silencio también seguía resonando dolorosamente. Pero no era suyo. Aunque sea una insensatez, un poco de vodka y música habían aclarado esto bastante. Así que volvió a la ciudad, y allí de repente escuchó una voz.
-Sabía que iba a verte, lo sabía...- dijo la voz con aplomo en mitad del tumulto.
Herb lo oyó sin escucharlo y siguió arrastrando la maleta hacia el vagón de metro. Atendiendo el curso de la maleta por el suelo, vio los pies de alguien que se acercaban mientras la voz seguía sonando. Miró, pero no lo vio. Volvió a atender la maleta, y en un segundo volvió a levantar la vista para fijarse mejor.
-Lo sabía- continuaba diciendo la voz –estaba seguro... Bueno, estaba buscándote en el andén, pero mira, has ido a entrar en el mismo vagón que yo...
Pete sonreía en la puerta del vagón con el mismo aplomo con el que hablaba, y cuando ella lo reconoció se olvidó de todo aquel asunto de la invisibilidad. Pete la había encontrado. En realidad, los dos compartían una condición extravagante de algún modo, y era reconfortante. Se bajaron en la misma parada. Se sentaron en una terraza a tomar más vodka y hablaron durante horas de todo tipo de asuntos inmateriales y escurridizos. Pete se refirió a Palumbo con una especie de amargura lejana. Se doblaba y se desdoblaba entre los sueños y el trabajo. A veces también quería recluirse y huir. Hablaron del bullicio en la puerta del desierto. Herb lo escuchaba con atención y sosiego (por fin sosiego). Vio que a Pete le brillaban los ojos incluso cuando hablaba de las cosas más oscuras. Cuando se despidieron, otra vez tenía la sensación de que había demasiadas coincidencias entre ellos. Esto le producía una mezcla de desconfianza y excitación. Era confuso. Al llegar a casa empezó a dar vueltas con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros...
Empezó a dar vueltas por casa con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros. Todo estaba lleno de polvo, pero no tenía ganas de afanarse con eso, así que Herb se puso a escribir frenéticamente. Tenía que reencontrarse con esa confusión mental que le era tan familiar, y el blanco de las páginas vacías le suponía el mismo efecto que una cálida bienvenida al hogar de todas las confusiones. Los pies negros, las hojas blancas, la ropa y los libros desordenados, un programa deportivo en la radio, y el recuerdo de las horas anteriores resonando en mitad del largo y triste silencio del teléfono. Y algo había cambiado. Unas cuantas noches después, unas cuantas copas después, empezó a separarse de aquella pegajosa ausencia que no era suya. El silencio también seguía resonando dolorosamente. Pero no era suyo. Aunque sea una insensatez, un poco de vodka y música habían aclarado esto bastante. Así que volvió a la ciudad, y allí de repente escuchó una voz.
-Sabía que iba a verte, lo sabía...- dijo la voz con aplomo en mitad del tumulto.
Herb lo oyó sin escucharlo y siguió arrastrando la maleta hacia el vagón de metro. Atendiendo el curso de la maleta por el suelo, vio los pies de alguien que se acercaban mientras la voz seguía sonando. Miró, pero no lo vio. Volvió a atender la maleta, y en un segundo volvió a levantar la vista para fijarse mejor.
-Lo sabía- continuaba diciendo la voz –estaba seguro... Bueno, estaba buscándote en el andén, pero mira, has ido a entrar en el mismo vagón que yo...
Pete sonreía en la puerta del vagón con el mismo aplomo con el que hablaba, y cuando ella lo reconoció se olvidó de todo aquel asunto de la invisibilidad. Pete la había encontrado. En realidad, los dos compartían una condición extravagante de algún modo, y era reconfortante. Se bajaron en la misma parada. Se sentaron en una terraza a tomar más vodka y hablaron durante horas de todo tipo de asuntos inmateriales y escurridizos. Pete se refirió a Palumbo con una especie de amargura lejana. Se doblaba y se desdoblaba entre los sueños y el trabajo. A veces también quería recluirse y huir. Hablaron del bullicio en la puerta del desierto. Herb lo escuchaba con atención y sosiego (por fin sosiego). Vio que a Pete le brillaban los ojos incluso cuando hablaba de las cosas más oscuras. Cuando se despidieron, otra vez tenía la sensación de que había demasiadas coincidencias entre ellos. Esto le producía una mezcla de desconfianza y excitación. Era confuso. Al llegar a casa empezó a dar vueltas con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros...
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