lunes, 1 de septiembre de 2008

Sabía que iba a verte

[01 sep 2008 | lunes]

Empezó a dar vueltas por casa con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros. Todo estaba lleno de polvo, pero no tenía ganas de afanarse con eso, así que Herb se puso a escribir frenéticamente. Tenía que reencontrarse con esa confusión mental que le era tan familiar, y el blanco de las páginas vacías le suponía el mismo efecto que una cálida bienvenida al hogar de todas las confusiones. Los pies negros, las hojas blancas, la ropa y los libros desordenados, un programa deportivo en la radio, y el recuerdo de las horas anteriores resonando en mitad del largo y triste silencio del teléfono. Y algo había cambiado. Unas cuantas noches después, unas cuantas copas después, empezó a separarse de aquella pegajosa ausencia que no era suya. El silencio también seguía resonando dolorosamente. Pero no era suyo. Aunque sea una insensatez, un poco de vodka y música habían aclarado esto bastante. Así que volvió a la ciudad, y allí de repente escuchó una voz.

-Sabía que iba a verte, lo sabía...- dijo la voz con aplomo en mitad del tumulto.

Herb lo oyó sin escucharlo y siguió arrastrando la maleta hacia el vagón de metro. Atendiendo el curso de la maleta por el suelo, vio los pies de alguien que se acercaban mientras la voz seguía sonando. Miró, pero no lo vio. Volvió a atender la maleta, y en un segundo volvió a levantar la vista para fijarse mejor.

-Lo sabía- continuaba diciendo la voz –estaba seguro... Bueno, estaba buscándote en el andén, pero mira, has ido a entrar en el mismo vagón que yo...

Pete sonreía en la puerta del vagón con el mismo aplomo con el que hablaba, y cuando ella lo reconoció se olvidó de todo aquel asunto de la invisibilidad. Pete la había encontrado. En realidad, los dos compartían una condición extravagante de algún modo, y era reconfortante. Se bajaron en la misma parada. Se sentaron en una terraza a tomar más vodka y hablaron durante horas de todo tipo de asuntos inmateriales y escurridizos. Pete se refirió a Palumbo con una especie de amargura lejana. Se doblaba y se desdoblaba entre los sueños y el trabajo. A veces también quería recluirse y huir. Hablaron del bullicio en la puerta del desierto. Herb lo escuchaba con atención y sosiego (por fin sosiego). Vio que a Pete le brillaban los ojos incluso cuando hablaba de las cosas más oscuras. Cuando se despidieron, otra vez tenía la sensación de que había demasiadas coincidencias entre ellos. Esto le producía una mezcla de desconfianza y excitación. Era confuso. Al llegar a casa empezó a dar vueltas con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros...

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