[10 sep 2008 | miércoles]
Todo aquello del viaje había cambiado un poco las cosas. El viento seguía soplando entre las telas raídas del chamizo como lo había hecho cada día durante todos los años que llevaba viviendo ahí. A veces era lo único que se oía. Sólo el viento en los pliegues de aquellos harapos que colgaban indecentemente en la puerta y las ventanas. En realidad era un sonido relajante. Me senté en la puerta a hacer nada, como otras tardes. Empezaba el otoño. Hacía tiempo que el smog se había instalado en el valle, así que donde tendrían que estar los pastos verdes sólo se veía una peste grisácea. El sonido del viento era lo único interesante, realmente. Cerré los ojos y escuché. Nada. Como en aquel lugar. Nada.
Al cabo de un tiempo que no sabría acotar, llegó el jaleo de la casa de Hulk. Aquellos plastas eran insufribles, pero me caían bien. Cuando no estaban en algún trance de los suyos, se pasaban la vida haciendo ruido para no oír el silencio que corría por el valle. No tenían término medio, pero eran unos vecinos sociables al menos. El resto de aquel foso sombrío estaba habitado por auténticas amebas. Sólo a veces los veía deslizarse, desconfiados, entre la nube de contaminación. Fisgaban por aquí o por allá. Y luego se iban. Los Hulk, sin embargo, se resistían a mimetizarse con toda esa sombra maloliente. Y allí estaban otra vez armando ruido.
Permanecía con la vista fija en algún punto indefinido del horizonte montañoso. Pensaba en el mar, en el desierto, en la sabana, en la tundra. En todos los paisajes sin límite que tan poco se parecían al nuestro. Y en sus sonidos. Y en que tal vez había miles de lugares así que no había tenido en cuenta antes. En otros planetas. Planetas que no sabía que se podían visitar excepto virtualmente. Bueno, hubiera estado en mitad de la nada de todas formas, pero esto da igual. No había forma de escapar a eso, creo. Estaba más que asumido, y la cuestión era otra. La inmensidad en sí. Solitaria, pero obscenamente hermosa. En cambio, el smog me daba asco (su hedor, su opacidad, su manía de pegarse a todo y someternos a su mugre). Y aquellos cretinos... que no dejaban de dar voces y joderme.
Sin pensarlo demasiado me levanté y empecé a caminar hacia la casa Hulk. Con toda aquella mierda flotando en el aire era difícil verme llegar, así que cuando el pequeño Nop me vio lo tenía a menos de un metro, y se llevó un susto de muerte. Pegó un salto y empezó a correr hacia la casa gritando como un loco. Los muy cenutrios tenían tal alboroto que les fue imposible oír al pequeño. En pocos segundos ocurrió todo. Debieron verlo aterrorizado y Hulk salió a recibirme con una trincha de la hierba sin dejar de vociferar. Me asusté. Di unos pasos atrás y cogí una piedra. La estampé en su cabeza. Se cayó al suelo y empezó a sangrar mientras temblaba violentamente. Dentro seguían gritando. Cogí la trincha y alguien se clavó en ella. Lo solté. Luego otro cuerpo. Y luego sólo se oía al pequeño Nop dando alaridos. Le grité que se callara. Y se calló. Hulk todavía daba patadas en el suelo. Lo atravesé también. El pequeño sollozaba en alguna parte. Y eché a correr hacia mi porche.
Estaba agitada. No sabía si volver a por Nop y traerlo. No pensé en quitarlo de en medio a él también. En realidad no pensaba haberlo hecho con nadie. Sólo ocurrió. Estaba nerviosa. Confusa. Me senté. Cerré los ojos. Otra vez no se oía nada. De repente me pareció que no había pasado nada. La mugre, el hedor, el silencio... todo estaba igual que al principio. Joder. Tenía que salir de ese vertedero ya, a donde fuera.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
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