viernes, 5 de septiembre de 2008

Rask

[05 sep 2008 | viernes]  

La perspectiva de viajar a otro planeta era tan improbable que no me la había tomado realmente en serio. De hecho, había considerado una pérdida de tiempo hasta el entretenimiento de concebirlo, así que cuando conocí a Rimbo Rask no tenía muy claro de qué iba el rollo. A simple vista, éste era el tipo más terráqueo en varias galaxias a la redonda. No había duda de que le gustaban los hedores mundanos como al que más. Lo conocí bebiendo en un garito sucio y mal ventilado. Sonaba una música absurda que nos mantenía de pie porque su estridencia era demasiado desagradable para poder mantenerse quieto, pero él parecía feliz. Contagiosamente feliz.

Después de encontrarlo varias veces, el tío empezó a manifestarse retorcidamente experto en la tecnología de lo ordinario. Escrutaba lo humano con el mismo entusiasmo con el que parecía llevarlo a la práctica, y fuera del contexto hediondo de aquella noche (mientras caminábamos por la ciudad de día, tranquilamente) se hacía un poco raro escuchar las andanzas de un cretino tan metódico. Demasiado metódico. Al final, resultó que no era terráqueo. Andaba trasegando sus mierdas por esta parte del universo pero de todas formas era, y se sentía, como un turista.

El día que hablamos de ello me explicó que llevaba implantados no sé qué clase de nanochismes que lo teletransportaban a todas partes y lo mantenían constantemente en órbita. Un rollo. Y no era necesariamente agradable para él. Sin embargo, Rask estaba convencido de que yo también tenía aquello instalado vaya usted a saber dónde, y de que había una razón para haberme percatado de que él no era lo que parecía. No me enteré muy bien de cómo funcionaba el proceso (ni de quién rayos era él en realidad), pero lo cierto es que al cabo de un par de horas estábamos viendo la Tierra desde alguna otra parte. Y era acojonante, claro.

Lo más sorprendente del asunto era que tenía una inequívoca sensación de regreso al estar fuera. Llegamos a una especie de jaima en mitad de la nada. Parecía de noche, aunque no sé si puede decirse así en otro planeta. En el horizonte se distinguían algunas montañas por un lado. El resto era inescrutablemente llano, no había nada más que una tienda precaria y oscura en cuya entrada aparecimos. Olía bien y comimos algo que había en unas cajas. Luego salimos a contemplar la Tierra tumbados en la arena y hablamos durante horas de los mundos, la distancia, y los viajes de Rask. No me había dado tiempo a encajar que aquello era posible y  de repente estaba hecho. Cuando volvimos me sentía aturdida. E impresionada. No sé. Era inquietantemente acogedor en su soledad, familiar en su lejanía. No sé. El caso es que el viaje podía hacerse.

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