[18 sep 2008 | jueves]
No recordaba las noches a partir del cuarto campamento. Había participado en otras caravanas antes, así que sabía que me desorientaría en pocos días. Sabía cómo iba a acartonarse parte de la piel, y cuándo llegaría el más insufrible dolor de cabeza. También cuándo se iría. Sin embargo, nunca antes había perdido la cuenta de las noches en el desierto, y sólo me acordaba de las primeras cuatro noches, y de la inmediatamente anterior. No sabía por qué.
Esto me mantuvo más preocupado que de costumbre. Había decidido volver al negocio porque aquellos turistas tarados me solían entretener con sus memeces y de todas formas todavía podía aprender a orientarme con el guía jefe. Era un buen hombre. Solía divertirnos. Y las propinas de los alemanes eran especialmente generosas (lo que no podía decirse de la paga). Sí, cuando ella se fue lo pensé inmediatamente. Al menos allí sabía que no iba a encontrarla, así que dejé de pensar en los meses anteriores y fui a olvidarlo todo en el silencio absorto de aquellas madrugadas. Y conseguí entretenerme, hasta que me di cuenta de que no recordaba las noches a partir del cuarto campamento.
Durante varios días no se lo dije a nadie. A saber cuántos días. Cuando el jefe se retiraba (era mejor hombre que jefe) Hassan solía sacar una botella de alcohol que llevaba consigo. Era alguna cosa fuerte porque llevar cerveza suponía demasiado bulto. Tomábamos un trago y dormíamos. Y era siempre igual. Luego montábamos al animal, avanzábamos en silencio durante varias horas, y hasta el siguiente campamento. En septiembre podía hacerse sin parar al mediodía. Los tarados disfrutaban de eso aunque no paraban de quejarse y decir estupideces sobre el desierto. Yo sólo no podía dejar de pensar en que no llevaba la cuenta de los días.
Al salir el sol ya llevábamos un par de horas de ruta. Se había hecho el silencio por fin, y podía pensar en mis cosas. La noche anterior había sido igual a las otras. Hassan había hecho las mismas bromas de todos los campamentos y de todos los septiembres. El jefe se acostó antes que los demás, aunque era el único jefe que lo hacía. Los tarados no hacían ruido. Estos no. Habíamos cenado tajin de pollo con cous-cous y verdura. Siempre igual. El sol salía por un lugar diferente cada vez. Pero esto también era lo mismo. Hassan se acercó a mi...
-¿Qué pasa hermano? ¿La vida no te sonríe?
-No sé que ocurre. Este trabajo es diferente. Es difícil.
- Sí, lo veo. No sonríes como antes. No sonríes a las turistas como antes. Algo no está bien.
- No soy el mismo.
- Necesitas estar solo y pensar en ti, en la vida, en tu vida... Toma –y me dio la bolsa en la que escondía el alcohol- es bueno para pensar en ti.
Cuando llegamos al nuevo campamento todo fue del mismo modo, excepto porque Hassan no sacó su botella. Lo cierto es que el desierto no es un buen lugar para estar a solas, digan lo que digan los tarados. Y un campamento no es un buen lugar para beber. Pero de todas formas quería estar solo, sí.
Caminé por la arena durante un rato cuidándome de no perder de vista el campamento a la luz de la luna. Me senté en la arena y eché un trago. Recordé los días en que corría a todas partes para verla, arañando cada minuto para verla, abandonando cada cita para verla. Y lloré. Intenté no hacer ruido. Sólo bajé la cabeza y vi caer las lágrimas sobre la chilaba sucia en la oscuridad. Me sentía patético, y eché otro trago. No podía dejar de imaginar que sonreía, que ella era feliz, que miraba el patio desde mi ventana, que la veía. Ni podía dejar de llorar. Bueno, al menos –pensé para calmarme- no era tan humillante como derrumbarse sobre su hombro. No, no lo era. Supuse que podía llorar sin parar en mitad de la nada. Y lloré sin parar. Toda la noche.
Al día siguiente supe diferenciar esta noche de todas las anteriores.
Y seguí llorando debajo de las telas en la ruta. El calor evaporaba el llanto. Me lo había advertido Hassan...
- Al amanecer, cuando los tarados vuelven a callarse, puedes llorar. Puedes hacerlo casi hasta el siguiente campamento. No seas estúpido, hazlo.
Y le vi asomarse en la ventana de mi patio durante días y días y más días. Y todas las noches, sin hacer ruido, en mitad de la nada.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario