Caminaba con las piernas torcidas y una especie de tozudez implacable. Parecía tener prisa. Una prisa insólita teniendo en cuenta que no iba a ningún sitio. En mitad de la acera llena de gente giró noventa grados como si doblara una esquina imaginaria y bajó la cuesta sacudiéndose el pelo hacia atrás con energía. El cansancio acumulado me pesaba. Y creo que también convertía la escena en algo abruptamente absurdo, así que me hizo recordar el tiempo en que yo misma bajaba las cuestas con una determinación que para entonces había desaparecido. Seguí contemplando la escena en mi cabeza algunas horas. No sentí nostalgia de aquella fiebre de energía. Miraba los cigarros apurándose en el cenicero y me preguntaba con pereza en qué momento todo aquello había perdido el sentido para mi. Por qué ya no caminaba tozudamente implacable hacia ninguna parte.
-Sí lo haces- dijo Clare.
Sólo la miré.
-Pero tal vez sea hora de que dejes de hacerlo...
viernes, 18 de febrero de 2011
jueves, 10 de febrero de 2011
La puerta se había cerrado. Finalmente resultó una de esas despedidas cordiales y opacas. La clase de despedida que Wells añadiría a un repertorio extenso de aciertos desafortunados. De prudentes retiradas tristes. Un desenlace justo cuyo imprevisto e invisible amargor explotaba silencioso e imperceptible en millones de mierdas microscópicas del ánimo. Wells se quedó todavía un rato mirando la puerta cerrada y tomando conciencia de su significado. Leyó el nombre del letrero con una perezosa nostalgia prematura. Era imperativo olvidarlo. ¿Lo era? Lo era. Aún así buscaba dos minutos más de la confusa emoción que había precedido ese momento. Vagaba por el brillo de un mechón de pelo memorizado, se asía a los ojos sonrientes y las letras de las cartas leídas una y otra vez con asombro. Pero sólo estaba ante una puerta cerrada.
- Besos y gracias! -dijo.
Y nada más.
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