Caminaba con las piernas torcidas y una especie de tozudez implacable. Parecía tener prisa. Una prisa insólita teniendo en cuenta que no iba a ningún sitio. En mitad de la acera llena de gente giró noventa grados como si doblara una esquina imaginaria y bajó la cuesta sacudiéndose el pelo hacia atrás con energía. El cansancio acumulado me pesaba. Y creo que también convertía la escena en algo abruptamente absurdo, así que me hizo recordar el tiempo en que yo misma bajaba las cuestas con una determinación que para entonces había desaparecido. Seguí contemplando la escena en mi cabeza algunas horas. No sentí nostalgia de aquella fiebre de energía. Miraba los cigarros apurándose en el cenicero y me preguntaba con pereza en qué momento todo aquello había perdido el sentido para mi. Por qué ya no caminaba tozudamente implacable hacia ninguna parte.
-Sí lo haces- dijo Clare.
Sólo la miré.
-Pero tal vez sea hora de que dejes de hacerlo...
viernes, 18 de febrero de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario