El imbécil de W había logrado sobrevivir en una dimensión permanentemente desviada. Nadie sabe muy bien cómo, pero lo había conseguido. Es más, había logrado el sospechísimo prodigio de vivir de ello. Aquel jueves tenía que ir a trabajar como los demás días. Se levantó de la cama con toda la pereza de la que era capaz. Abrió la ventana mecánicamente sin detenerse un segundo en mirar el patio al que asomaba. Se encontró en el espejo y se detuvo los mismos segundos que la mañana anterior, comparando los estragos del sueño deficiente de este jueves con los de todos los demás días. Bah, era siempre lo mismo. Con el mismo abandono indiferente se duchó sin conseguir desperezarse y desayunó todo lo que encontró por la nevera. Al cabo de una hora y media sólo había conseguido acercarse a la parada del primer autobús que tendría que coger, y seguía con la mente en el mismo galimatías improductivo que lo mantenía aparentemente despreocupado. Estaba dándole vueltas a una conversación que no había tenido y tampoco pensaba tener de ninguna manera.
Siguió absorto en sus memeces hasta que llegó al trabajo y encontró todo aquello lleno de gente. Atravesó el patio, la entrada, el hall, subió las escaleras, caminó por el pasillo. No veía mucho, pero de todas formas había adquirido la cauta costumbre de no mirar a nadie. O sea, había tenido que adoptar la disciplina de no mirar alrededor, por su propio bien, por el bien de todos, porque de otro modo todos aquellos infelices quedarían inevitablemente expuestos a conversaciones que no tendrían, y serían involucrados en secuencias inexistentes en las que nunca dirían ni harían nada por su propia voluntad. En fin, serían secuestrados en alguna escena imaginaria que sólo llenaría la cabeza de W de memeces hasta el infinito. Así que cruzó entre la gente sin mirar como hacía siempre y llegó a la beatífica paz de la peor oficina del edificio.
Aquel despacho era un fantástico oasis que nunca visitaba nadie, ni el servicio de limpieza, aunque esto era lo de menos. Era oscuro, olía a alcantarilla y W estaba encantado. Esparció todos los papeles necesarios e innecesarios por encima de la mesa y encendió el ordenador. Miró el correo electrónico comprobando exclusivamente que no había ninguna emergencia nacional ni familiar, y... no pasó nada en absoluto durante todo el día. Nada. Intentó completar las referencias bibliográficas de un trabajillo que tenía pendiente. Bajó a por un bocadillo a la cafetería exactamente a la hora en que sabía que nunca había nadie. Volvió al despacho con un montadito ralo, un café frío y un botellín de agua caliente. Disfrutó saboreando un fiambre demasiado salado mientras sorbía el café, doble de azúcar. Miró por la ventana. La ventana daba a un patio en el que naturalmente sólo se veía una pared. Contempló la pared con los pies encima del radiador estropeado...
Joder, era un día perfecto.
viernes, 26 de diciembre de 2008
lunes, 22 de diciembre de 2008
jueves, 4 de diciembre de 2008
La señora Kemp entró la bandeja
[04 dic 2008 | jueves]
La señora Kemp entró la bandeja con el té y dispuso las tacitas en la mesa con la aparente intención de tomar el té con W.
-¡Señor Wells! ¡¿Está usted ahí?!
-Sí, señora Kemp, estoy sentado en el escritorio ¿acaso no puede verme?
-Jajaja ¡Creo que esta tarde no lo veo bien a usted! –Había tomado la costumbre de gritar como si en vez de invisible fuera sordo- ¡Siéntese conmigo Wells, vamos!
Kemp nunca llamaba a la puerta. Sólo hacía lo que le parecía sin preguntar. A veces se presentaba en el despacho con un plumero en la mano y se ponía a cantar mientras limpiaba. W le pedía silencio y ella seguía susurrando la letra de cualquier musiquilla infame con sutil pero evidente indiferencia. Hoy, W no había pedido un té ni deseaba tomarlo, pero ella abrió, entró la bandeja y se instaló en la mesita del té disponiendo el doble servicio. Traía una carta en la bandeja.
-Veo, querida, que va a invitarme a un trago –dijo levantándose, asumiendo lo inevitable de la señora Kemp.
-¿Eh? ¡Siéntese, siéntese, vamos, venga aquí!
Sirvió el té con cuidado, le ofreció una galleta salada de la misma bandeja (compartían el mismo gusto por el té dulce con galletas saladas), y como si no fuera obvio lo que iba a ocurrir, se sentó, puso el costurero sobre sus rodillas, metió las manitas y luego sacó una para decir:
-¡Ah! Ha llegado eso.
El cartero venía una vez a la semana hasta la vieja casa Fogget, que era como se llamaba cuando la compró, y como la gente del pueblo seguía llamándola. La casa estaba lo bastante lejos del pueblo como para que al asomarse a las ventanas no se viera ninguna otra casa en ninguno de los horizontes. Así que el cartero sólo se acercaba los jueves, dejaba lo que hubiera de la semana y por una propina que habían negociado convenientemente, recogía en la misma casa el correo que W tuviera que enviar. El caso es que hoy era viernes. W miró a Kemp con fastidio.
-Juraría que el correo llegó ayer, querida.
Kemp siguió con la cabeza metida en su trajín de hilos en la silla de al lado.
-Quiero decir que, de hecho, recuerdo perfectamente haber abierto unos cuantos sobres ayer.
Ella se metió tres alfileres en la boca y se los fue colocando habilidosamente para sostenerlos por el cabezal con los dientes. Primero uno, luego otro. Era increíble.
-¿Señora Kemp?
-¿Hmm?
Y W se mantuvo en silencio, sin moverse, sin coger el sobre, con la intención de vencer a la terca señora Kemp con lo único con lo que era posible desafiarla: permanecer impasible, igual de impasible que ella.
-Verá, Wells –dijo al cabo de unos minutos de morder alfileres e hilos con todos los dientes- no es asunto mío, por supuesto, pero... –y por fin levantó la vista- esta carta no ha llegado con el resto del correo, y yo...
-¿Qué quiere decir?
-Estaba en la puerta esta mañana.
-¿En la puerta? ¿En la puerta de la calle? ¿Hoy? –sintió el impulso de coger el sobre y ver por fin de qué se trataba, pero la batalla con Kemp exigía un poco más de paciencia.
-Así es –dijo ella.
-Entiendo.
Esa mujer que no había pedido permiso jamás para hacer o no hacer algo, volvió a su costurero y empezó a extender bobinas de hilo por la falda en silencio.
-Oiga Kemp.
-¿Si?
-¿Quiere decirme porqué estamos tomando té hoy? –y en vez de coger la carta tomó la tacita y se la llevó a los labios. Sabía que ella tardaría en reaccionar. No pedía permiso, ni respondía a preguntas directas.
-Verá, Wells –seguía rumiando lo que decir a continuación- pensé que tal vez, aunque... por supuesto, no es asunto mío... quizá necesitara... en fin, ánimo. Quiero decir que usted no tiene a sus amigos aquí ¿no es cierto? A veces, es agradable no sentirse solo. Quiero decir, en algunos momentos... el abatimiento... en fin, no es buen amigo de la soledad ¿No es cierto? –Y empezó a recoger las bobinas para ponerlas otra vez en la caja de donde las había sacado para nada.
W sospechó finalmente que el sobre traería alguna noticia funesta del estilo a: tu único hermano ha muerto. Estiró el cuello en la silla y tomó otro sorbo de té. Se imaginó completamente solo en el mundo. Su hermano era (o tal vez había sido) el único vínculo incuestionable que le quedaba a pesar de lo insufriblemente puritano y burro de Philipp. En realidad, no se soportaban el uno al otro, pero ambos eran conscientes y respetuosos con la fuerza totémica que les unía en un solo y difícil cuerpo, la que les mantendría unidos mientras vivieran. Respiró hondo. Miró a la Señora Kemp y pensó que aún podría disfrutar un segundo de esta batalla absurda entre ellos como se disfruta de las pequeñas cosas cotidianas antes de volverse a pensar en la soledad y la muerte. Sonrió. Era el humor de la pesadumbre, sonrió y dijo:
-De modo que usted va a ser mi amigo hoy ¿hm? Entonces debería haber preparado usted una cacería, querida, no el té- y su sonrisa traducida en tono por fin consiguió irritar a Kemp.
-¡Vamos Wells, no sea usted tan frío! ¡Haga el favor de abrir el sobre y veamos lo que dice!
Por fin dejó la taza en la mesa y con la parsimonia que da la melancolía tomó el sobre, y comprobó que no tenía remite. Ciertamente, Kemp había mencionado que estaba en la puerta de la casa, no con el correo. Estaba abierto. Miró un segundo a la mordedora de alfileres y ésta intuyó el movimiento invisible con acierto. Respondió subiendo los hombros y negando ligeramente con la cabeza. No lo había abierto ella. Miró el papel escrito a mano y reconoció perfectamente la letra. Era la letra de Liz. Oh Dios... Era su letra.
Kemp esperaba atenta, observaba las reacciones con el cuidado que requería atender el rastro de lo invisible. Se desconcertó ostensiblemente cuando la mano de W cayó sobre sus rodillas con el sobre sin terminar de abrir. La mujer se había acostumbrado a interpretar con bastante precisión los ruidos y huellas de este hombre. Lo sintió echar la cabeza hacia atrás primero, como si recibiera un golpe, y hacia el otro lado después, como si no quisiera que nadie fuera testigo de su gesto, aunque ¿quién podría serlo? Esperó en su desconcierto. Wells sonaba agitado pero no se movía.
-¿Herb? –no solía llamarlo por su nombre de pila, pero... hoy eran amigos –Herb ¡conteste! ¿qué ocurre?
W supuso que la entrometida y gritona de su amiga se refería a esta clase de ánimo cuando se atropellaba las palabras diciendo tonterías sobre no sentirse solo. Esto es, que se refería a despertarlo bruscamente de la hondura de un dolor como aquel, a llamarlo por su nombre de pila cuando no tenía el valor de leer unas pocas líneas en unas cuartillas, y a mantenerse tercamente presente cuando en realidad hubiera preferido no tener testigos de sus gestos invisibles.
-Está bien Kemp –dijo- estoy bien, sí. Sólo... una sorpresa extraña ¿entiende? Algo... realmente inesperado.
-Ya lo veo –dijo con el mismo gesto inalterado y la misma intención de perseverar en su acompañamiento.
-Verá, tal vez sería mejor si me dejara solo.
-No lo creo, señor.
-Sí, por favor, se lo agradecería.
-De ninguna manera señor Wells, no pienso dejarlo solo ahora.
-Querida, no es necesario, confíe en mí.
-No voy a moverme de aquí.
-Le pido por favor que me deje solo.
-No.
-¡Señora Kemp!
-No.
-¡¿Qué significa todo esto?! ¡Está usted en mi casa! ¡Le exijo que se vaya de este despacho! –la mujer había sostenido este intercambio sin mover ni un músculo más de los necesarios, con una determinación sólo comparable a si misma, pero oír a Wells gritar era algo completamente nuevo. Por fin no supo qué hacer... aunque había decidido quedarse de modo que ¿qué otra cosa haría si no quedarse? Él la agarraría del brazo y en unos pocos segundos estaría al otro lado de la puerta, sí.
-¡Vamos, váyase! –y W se levantó de la silla, tiró el sobre al suelo, cogió a la señora Kemp del brazo en la otra silla y la llevó hasta el pasillo casi en el aire.
Cuando cerró la puerta tras de si siguió sin ser capaz de abrir el sobre. Apoyó la espalda en la puerta y se deslizó hasta sentarse en el suelo. Se sentía agotado. Se llevó las manos a la cara y empezó a sollozar como un idiota asustado. El solo hecho de que ella existiera lo asustaba. Haberse conocido lo asustaba. Y haberse abandonado lo asustaba.
-Liz. Liz. Querida Liz. Mi Liz... –Recogió las rodillas junto al pecho y se abrazó las piernas lloriqueando.
Solía decirle ridiculeces pueriles en sus conversaciones imaginarias, y habló con el sobre como con la Liz que imaginaba.
-Me hace bien la distancia, la distancia... sí, sin verte, sin oírte, soñando sólo, tu sombra y yo aquí, en el despacho, por el pasillo, seguro que Mrs. Kemp está escuchando, sí... en el camino del pueblo, en el comedor... en el comedor... te veo cada noche, cenando solo, tan solo y contigo... Liz... ¿Qué haces Liz?
Había deseado mil veces que fuera una estatua de piedra y no una mujer. Aunque tendría que ser una estatua invisible. Podría besarla y ella jamás lo sabría. Ni nadie. Podría visitarla en el jardín cada mañana y cada noche, o podría instalar un pie de piedra para ella en cualquier lugar de la casa. O varios. Así podrían estar juntos haciendo todas las cosas invisibles que se pueden hacer. Recordaba que cuando la conoció se divertían mucho hablando de cosas así sin parar. Ahora le serenaba imaginarse a los dos acompañándose en silencio. Se abrazaba las rodillas con los ojos cerrados y escuchaba sus propios gemidos ridículos.
. . .
Al cabo de un tiempo indefinible la señora Kemp volvió a llamar a la puerta.
-¡Señor Wells! –dijo- Herb... ¡dígame que está bien y me iré!
W sabía que sólo había una forma de resolver el asunto de modo que le dejara el resto del día en paz, así que se levantó del suelo, se limpió la nariz para poder hablar, y abrió la puerta.
-Gracias por su preocupación, supongo que ya sabe que se trata de una mujer ¿no es cierto? Ahora me gustaría llorar hasta la extenuación y preferiría no escuchar sus pasos al otro lado de la puerta ¿de acuerdo? Estaré bien.
Kemp no pronunció ni una palabra. Sólo se dio la vuelta y se fue.
Se sentó al lado de la mesita para terminar el té frío que quedaba en la tetera. Miró por fin el sobre tirado en el suelo como lo que era después de todo, un sobre. Tal vez Liz lo dejó en su puerta esa mañana. Con toda seguridad no podía haberla visto nadie. Sólo él, naturalmente. Quizá lo dejó otra persona por ella, porque el sobre tenía anotada la dirección Fogget. Aquel sobre irrumpía en el silencio feliz de todos estos años habitando monólogos invisibles. Probablemente, supuso, esto haría dichoso a cualquier hombre cabal, siquiera moderadamente sensato. Sólo un estúpido puede llorar en el suelo sin acercarse al papel donde ella ha dejado sus pequeñas letritas... para él. Siempre hacía estas cosas antes, sí, también. Así que era como si hubiera cambiado todo y nada al mismo tiempo... Toc, toc, toc, toc... Estaban... ¿Estaban llamando a la puerta?
Oyó la voz de un hombre y la de Kemp. ¿Un hombre? Bueno, Liz no hubiera llamado a la puerta, claro. La idea de que ella apareciera allí le horrorizó un segundo, pero ¿qué estaba ocurriendo? Enseguida oyó unos pasos que se acercaban decididos. Alguien tocó la puerta del despacho.
-¡Herb! ¡Lo siento amigo! –dijo el hombre al otro lado sin abrir.
-¿Marvel?
-¡Sí, soy yo! ¡Siento ser quien te traiga estas noticias! –W se levantó de la silla inmediatamente.
-¿Pero qué rayos...? ¡Pasa!- y Marvel abrió la puerta, la señora Kemp estaba detrás, por supuesto- ¿Qué ocurre amigo?- Se abrazaron. Era raro ver a un hombre abrazar el vacío, pero eso era. Hacía por lo menos tres años que no se veían, o lo que fuese.
-¿No has visto el mensaje? La carta de Liz...
-Hmm... bueno, estaba... se me ha caído ahora mismo y...
-Oh no, lo siento, lo siento, no sabes... ¿no lo sabes?
-¡No sé qué! –Kemp parecía estar a punto de llorar al otro lado de la puerta abierta.
-Liz ha muerto.
-¿Qué?
-Lo siento, de verdad, era una gran mujer, quiero decir una gran persona, ya me entiendes. Le tenía afecto.
-¿Qué? –Se dio la vuelta para recoger el sobre del suelo.
-Ella dejó algo escrito para ti.
-No... –El estómago se le había dado vuelta- No, no... –Al mover los pies se dio cuenta de que estaba mareado.
Marvel no pudo verlo tambalearse y sólo oyó el ruido de su cuerpo contra el suelo.
-¡Herb! –gritó sin saber dónde mirar
-Estoy bien, estoy bien... –W alargó la mano hacia el sobre y Marvel lo vio moverse desde la alfombra hasta la altura de su rodilla.
Las manos invisibles sacaron el papel del sobre. Había dos pliegos pequeños escritos a mano.
Querido Herb:
Los días en que me quisiste me hicieron tan feliz que nunca quedaron atrás, permanecieron conmigo hasta hoy, hasta esta mañana. He seguido cruzando la calle de tu casa de entonces. Cantando canciones para ti, y esperando encontrarte de pronto. Ya sabes cómo era encontrarse en mitad de la gente visible, la sorpresa de hallarse, la rarísima sensación de que alguien te mira a los ojos por fin, de que alguien sabe dónde se encuentran los brazos invisibles que esperan abrazarte, la feliz ausencia del ruido que los otros precisan para vislumbrarnos apenas. Mi querido Herb ¿cómo podría alguien olvidar esto en un millón de años? ¿Cómo podría alguien olvidar esto aunque se extinga toda la vida sobre la tierra?
Cuando te fuiste lloré. Desencontrarse ha sido tan sencillo siempre para nosotros que era costoso habituarse a la rareza de hallarse encontrado. Lo sé. Pero no iba a ser fácil tampoco seguir a sabiendas de que era posible. De que eras posible. Y lloré hasta que pude volver a conformarme con el mismo vacío de siempre. E intenté olvidarte de todas las formas que pude imaginar, reescribiendo los lugares, las palabras, los besos... hasta que pude conformarme con esta nostalgia perenne de ti. Al fin y al cabo, hubo unos días felices que pude guardar hasta hoy, pero qué tristeza quererte a tanta distancia. Qué tristeza guardarte como se guarda una estatua. Querido Herb, he estado tan sola y contigo.
Recibe el único abrazo invisible que conocí. Pensé en ti hasta el último de mis días. Y llegué a comprender que sólo pensé en ti desde el primero.
L.
Marvel y Kemp lo escucharon gritar como un animal. Salieron de la habitación y cerraron la puerta. Después Marvel pudo contarle a la señora Kemp que el sobre lo había dejado un amigo de Liz que tenía negocios en el pueblo. Ella había sabido siempre dónde estaba Wells. Hace muchos años que ella conocía la dirección de esta casa.
La señora Kemp entró la bandeja con el té y dispuso las tacitas en la mesa con la aparente intención de tomar el té con W.
-¡Señor Wells! ¡¿Está usted ahí?!
-Sí, señora Kemp, estoy sentado en el escritorio ¿acaso no puede verme?
-Jajaja ¡Creo que esta tarde no lo veo bien a usted! –Había tomado la costumbre de gritar como si en vez de invisible fuera sordo- ¡Siéntese conmigo Wells, vamos!
Kemp nunca llamaba a la puerta. Sólo hacía lo que le parecía sin preguntar. A veces se presentaba en el despacho con un plumero en la mano y se ponía a cantar mientras limpiaba. W le pedía silencio y ella seguía susurrando la letra de cualquier musiquilla infame con sutil pero evidente indiferencia. Hoy, W no había pedido un té ni deseaba tomarlo, pero ella abrió, entró la bandeja y se instaló en la mesita del té disponiendo el doble servicio. Traía una carta en la bandeja.
-Veo, querida, que va a invitarme a un trago –dijo levantándose, asumiendo lo inevitable de la señora Kemp.
-¿Eh? ¡Siéntese, siéntese, vamos, venga aquí!
Sirvió el té con cuidado, le ofreció una galleta salada de la misma bandeja (compartían el mismo gusto por el té dulce con galletas saladas), y como si no fuera obvio lo que iba a ocurrir, se sentó, puso el costurero sobre sus rodillas, metió las manitas y luego sacó una para decir:
-¡Ah! Ha llegado eso.
El cartero venía una vez a la semana hasta la vieja casa Fogget, que era como se llamaba cuando la compró, y como la gente del pueblo seguía llamándola. La casa estaba lo bastante lejos del pueblo como para que al asomarse a las ventanas no se viera ninguna otra casa en ninguno de los horizontes. Así que el cartero sólo se acercaba los jueves, dejaba lo que hubiera de la semana y por una propina que habían negociado convenientemente, recogía en la misma casa el correo que W tuviera que enviar. El caso es que hoy era viernes. W miró a Kemp con fastidio.
-Juraría que el correo llegó ayer, querida.
Kemp siguió con la cabeza metida en su trajín de hilos en la silla de al lado.
-Quiero decir que, de hecho, recuerdo perfectamente haber abierto unos cuantos sobres ayer.
Ella se metió tres alfileres en la boca y se los fue colocando habilidosamente para sostenerlos por el cabezal con los dientes. Primero uno, luego otro. Era increíble.
-¿Señora Kemp?
-¿Hmm?
Y W se mantuvo en silencio, sin moverse, sin coger el sobre, con la intención de vencer a la terca señora Kemp con lo único con lo que era posible desafiarla: permanecer impasible, igual de impasible que ella.
-Verá, Wells –dijo al cabo de unos minutos de morder alfileres e hilos con todos los dientes- no es asunto mío, por supuesto, pero... –y por fin levantó la vista- esta carta no ha llegado con el resto del correo, y yo...
-¿Qué quiere decir?
-Estaba en la puerta esta mañana.
-¿En la puerta? ¿En la puerta de la calle? ¿Hoy? –sintió el impulso de coger el sobre y ver por fin de qué se trataba, pero la batalla con Kemp exigía un poco más de paciencia.
-Así es –dijo ella.
-Entiendo.
Esa mujer que no había pedido permiso jamás para hacer o no hacer algo, volvió a su costurero y empezó a extender bobinas de hilo por la falda en silencio.
-Oiga Kemp.
-¿Si?
-¿Quiere decirme porqué estamos tomando té hoy? –y en vez de coger la carta tomó la tacita y se la llevó a los labios. Sabía que ella tardaría en reaccionar. No pedía permiso, ni respondía a preguntas directas.
-Verá, Wells –seguía rumiando lo que decir a continuación- pensé que tal vez, aunque... por supuesto, no es asunto mío... quizá necesitara... en fin, ánimo. Quiero decir que usted no tiene a sus amigos aquí ¿no es cierto? A veces, es agradable no sentirse solo. Quiero decir, en algunos momentos... el abatimiento... en fin, no es buen amigo de la soledad ¿No es cierto? –Y empezó a recoger las bobinas para ponerlas otra vez en la caja de donde las había sacado para nada.
W sospechó finalmente que el sobre traería alguna noticia funesta del estilo a: tu único hermano ha muerto. Estiró el cuello en la silla y tomó otro sorbo de té. Se imaginó completamente solo en el mundo. Su hermano era (o tal vez había sido) el único vínculo incuestionable que le quedaba a pesar de lo insufriblemente puritano y burro de Philipp. En realidad, no se soportaban el uno al otro, pero ambos eran conscientes y respetuosos con la fuerza totémica que les unía en un solo y difícil cuerpo, la que les mantendría unidos mientras vivieran. Respiró hondo. Miró a la Señora Kemp y pensó que aún podría disfrutar un segundo de esta batalla absurda entre ellos como se disfruta de las pequeñas cosas cotidianas antes de volverse a pensar en la soledad y la muerte. Sonrió. Era el humor de la pesadumbre, sonrió y dijo:
-De modo que usted va a ser mi amigo hoy ¿hm? Entonces debería haber preparado usted una cacería, querida, no el té- y su sonrisa traducida en tono por fin consiguió irritar a Kemp.
-¡Vamos Wells, no sea usted tan frío! ¡Haga el favor de abrir el sobre y veamos lo que dice!
Por fin dejó la taza en la mesa y con la parsimonia que da la melancolía tomó el sobre, y comprobó que no tenía remite. Ciertamente, Kemp había mencionado que estaba en la puerta de la casa, no con el correo. Estaba abierto. Miró un segundo a la mordedora de alfileres y ésta intuyó el movimiento invisible con acierto. Respondió subiendo los hombros y negando ligeramente con la cabeza. No lo había abierto ella. Miró el papel escrito a mano y reconoció perfectamente la letra. Era la letra de Liz. Oh Dios... Era su letra.
Kemp esperaba atenta, observaba las reacciones con el cuidado que requería atender el rastro de lo invisible. Se desconcertó ostensiblemente cuando la mano de W cayó sobre sus rodillas con el sobre sin terminar de abrir. La mujer se había acostumbrado a interpretar con bastante precisión los ruidos y huellas de este hombre. Lo sintió echar la cabeza hacia atrás primero, como si recibiera un golpe, y hacia el otro lado después, como si no quisiera que nadie fuera testigo de su gesto, aunque ¿quién podría serlo? Esperó en su desconcierto. Wells sonaba agitado pero no se movía.
-¿Herb? –no solía llamarlo por su nombre de pila, pero... hoy eran amigos –Herb ¡conteste! ¿qué ocurre?
W supuso que la entrometida y gritona de su amiga se refería a esta clase de ánimo cuando se atropellaba las palabras diciendo tonterías sobre no sentirse solo. Esto es, que se refería a despertarlo bruscamente de la hondura de un dolor como aquel, a llamarlo por su nombre de pila cuando no tenía el valor de leer unas pocas líneas en unas cuartillas, y a mantenerse tercamente presente cuando en realidad hubiera preferido no tener testigos de sus gestos invisibles.
-Está bien Kemp –dijo- estoy bien, sí. Sólo... una sorpresa extraña ¿entiende? Algo... realmente inesperado.
-Ya lo veo –dijo con el mismo gesto inalterado y la misma intención de perseverar en su acompañamiento.
-Verá, tal vez sería mejor si me dejara solo.
-No lo creo, señor.
-Sí, por favor, se lo agradecería.
-De ninguna manera señor Wells, no pienso dejarlo solo ahora.
-Querida, no es necesario, confíe en mí.
-No voy a moverme de aquí.
-Le pido por favor que me deje solo.
-No.
-¡Señora Kemp!
-No.
-¡¿Qué significa todo esto?! ¡Está usted en mi casa! ¡Le exijo que se vaya de este despacho! –la mujer había sostenido este intercambio sin mover ni un músculo más de los necesarios, con una determinación sólo comparable a si misma, pero oír a Wells gritar era algo completamente nuevo. Por fin no supo qué hacer... aunque había decidido quedarse de modo que ¿qué otra cosa haría si no quedarse? Él la agarraría del brazo y en unos pocos segundos estaría al otro lado de la puerta, sí.
-¡Vamos, váyase! –y W se levantó de la silla, tiró el sobre al suelo, cogió a la señora Kemp del brazo en la otra silla y la llevó hasta el pasillo casi en el aire.
Cuando cerró la puerta tras de si siguió sin ser capaz de abrir el sobre. Apoyó la espalda en la puerta y se deslizó hasta sentarse en el suelo. Se sentía agotado. Se llevó las manos a la cara y empezó a sollozar como un idiota asustado. El solo hecho de que ella existiera lo asustaba. Haberse conocido lo asustaba. Y haberse abandonado lo asustaba.
-Liz. Liz. Querida Liz. Mi Liz... –Recogió las rodillas junto al pecho y se abrazó las piernas lloriqueando.
Solía decirle ridiculeces pueriles en sus conversaciones imaginarias, y habló con el sobre como con la Liz que imaginaba.
-Me hace bien la distancia, la distancia... sí, sin verte, sin oírte, soñando sólo, tu sombra y yo aquí, en el despacho, por el pasillo, seguro que Mrs. Kemp está escuchando, sí... en el camino del pueblo, en el comedor... en el comedor... te veo cada noche, cenando solo, tan solo y contigo... Liz... ¿Qué haces Liz?
Había deseado mil veces que fuera una estatua de piedra y no una mujer. Aunque tendría que ser una estatua invisible. Podría besarla y ella jamás lo sabría. Ni nadie. Podría visitarla en el jardín cada mañana y cada noche, o podría instalar un pie de piedra para ella en cualquier lugar de la casa. O varios. Así podrían estar juntos haciendo todas las cosas invisibles que se pueden hacer. Recordaba que cuando la conoció se divertían mucho hablando de cosas así sin parar. Ahora le serenaba imaginarse a los dos acompañándose en silencio. Se abrazaba las rodillas con los ojos cerrados y escuchaba sus propios gemidos ridículos.
. . .
Al cabo de un tiempo indefinible la señora Kemp volvió a llamar a la puerta.
-¡Señor Wells! –dijo- Herb... ¡dígame que está bien y me iré!
W sabía que sólo había una forma de resolver el asunto de modo que le dejara el resto del día en paz, así que se levantó del suelo, se limpió la nariz para poder hablar, y abrió la puerta.
-Gracias por su preocupación, supongo que ya sabe que se trata de una mujer ¿no es cierto? Ahora me gustaría llorar hasta la extenuación y preferiría no escuchar sus pasos al otro lado de la puerta ¿de acuerdo? Estaré bien.
Kemp no pronunció ni una palabra. Sólo se dio la vuelta y se fue.
Se sentó al lado de la mesita para terminar el té frío que quedaba en la tetera. Miró por fin el sobre tirado en el suelo como lo que era después de todo, un sobre. Tal vez Liz lo dejó en su puerta esa mañana. Con toda seguridad no podía haberla visto nadie. Sólo él, naturalmente. Quizá lo dejó otra persona por ella, porque el sobre tenía anotada la dirección Fogget. Aquel sobre irrumpía en el silencio feliz de todos estos años habitando monólogos invisibles. Probablemente, supuso, esto haría dichoso a cualquier hombre cabal, siquiera moderadamente sensato. Sólo un estúpido puede llorar en el suelo sin acercarse al papel donde ella ha dejado sus pequeñas letritas... para él. Siempre hacía estas cosas antes, sí, también. Así que era como si hubiera cambiado todo y nada al mismo tiempo... Toc, toc, toc, toc... Estaban... ¿Estaban llamando a la puerta?
Oyó la voz de un hombre y la de Kemp. ¿Un hombre? Bueno, Liz no hubiera llamado a la puerta, claro. La idea de que ella apareciera allí le horrorizó un segundo, pero ¿qué estaba ocurriendo? Enseguida oyó unos pasos que se acercaban decididos. Alguien tocó la puerta del despacho.
-¡Herb! ¡Lo siento amigo! –dijo el hombre al otro lado sin abrir.
-¿Marvel?
-¡Sí, soy yo! ¡Siento ser quien te traiga estas noticias! –W se levantó de la silla inmediatamente.
-¿Pero qué rayos...? ¡Pasa!- y Marvel abrió la puerta, la señora Kemp estaba detrás, por supuesto- ¿Qué ocurre amigo?- Se abrazaron. Era raro ver a un hombre abrazar el vacío, pero eso era. Hacía por lo menos tres años que no se veían, o lo que fuese.
-¿No has visto el mensaje? La carta de Liz...
-Hmm... bueno, estaba... se me ha caído ahora mismo y...
-Oh no, lo siento, lo siento, no sabes... ¿no lo sabes?
-¡No sé qué! –Kemp parecía estar a punto de llorar al otro lado de la puerta abierta.
-Liz ha muerto.
-¿Qué?
-Lo siento, de verdad, era una gran mujer, quiero decir una gran persona, ya me entiendes. Le tenía afecto.
-¿Qué? –Se dio la vuelta para recoger el sobre del suelo.
-Ella dejó algo escrito para ti.
-No... –El estómago se le había dado vuelta- No, no... –Al mover los pies se dio cuenta de que estaba mareado.
Marvel no pudo verlo tambalearse y sólo oyó el ruido de su cuerpo contra el suelo.
-¡Herb! –gritó sin saber dónde mirar
-Estoy bien, estoy bien... –W alargó la mano hacia el sobre y Marvel lo vio moverse desde la alfombra hasta la altura de su rodilla.
Las manos invisibles sacaron el papel del sobre. Había dos pliegos pequeños escritos a mano.
Querido Herb:
Los días en que me quisiste me hicieron tan feliz que nunca quedaron atrás, permanecieron conmigo hasta hoy, hasta esta mañana. He seguido cruzando la calle de tu casa de entonces. Cantando canciones para ti, y esperando encontrarte de pronto. Ya sabes cómo era encontrarse en mitad de la gente visible, la sorpresa de hallarse, la rarísima sensación de que alguien te mira a los ojos por fin, de que alguien sabe dónde se encuentran los brazos invisibles que esperan abrazarte, la feliz ausencia del ruido que los otros precisan para vislumbrarnos apenas. Mi querido Herb ¿cómo podría alguien olvidar esto en un millón de años? ¿Cómo podría alguien olvidar esto aunque se extinga toda la vida sobre la tierra?
Cuando te fuiste lloré. Desencontrarse ha sido tan sencillo siempre para nosotros que era costoso habituarse a la rareza de hallarse encontrado. Lo sé. Pero no iba a ser fácil tampoco seguir a sabiendas de que era posible. De que eras posible. Y lloré hasta que pude volver a conformarme con el mismo vacío de siempre. E intenté olvidarte de todas las formas que pude imaginar, reescribiendo los lugares, las palabras, los besos... hasta que pude conformarme con esta nostalgia perenne de ti. Al fin y al cabo, hubo unos días felices que pude guardar hasta hoy, pero qué tristeza quererte a tanta distancia. Qué tristeza guardarte como se guarda una estatua. Querido Herb, he estado tan sola y contigo.
Recibe el único abrazo invisible que conocí. Pensé en ti hasta el último de mis días. Y llegué a comprender que sólo pensé en ti desde el primero.
L.
Marvel y Kemp lo escucharon gritar como un animal. Salieron de la habitación y cerraron la puerta. Después Marvel pudo contarle a la señora Kemp que el sobre lo había dejado un amigo de Liz que tenía negocios en el pueblo. Ella había sabido siempre dónde estaba Wells. Hace muchos años que ella conocía la dirección de esta casa.
lunes, 1 de diciembre de 2008
chus
[01 dic 2008 | lunes]
Llevaba toda la vida mirando al horizonte y esforzándose en sentir.
En sentir algo. Lo que fuera.
Miraba el horizonte cuando madre se dejaba morir.
Miraba el horizonte cuando padre le obligaba a escuchar.
Miraba el horizonte cuando... ella sólo miraba al horizonte,
y seguía nadando.
Y los brazos se le iban pudriendo.
Y el pelo se le iba cayendo.
Trasnochaba, vomitaba, y seguía nadando.
Sólo miraba el horizonte y seguía sintiendo.
Una vez le conté,
que tuve la rara suerte de saber
cómo era contemplar un hermoso horizonte con la mirada mugrienta
(cómo es temer la mierda propia más que a la ajena,
ensuciar todos los paisajes, los desiertos,
las ciudades convertidas en tenaces vertederos).
Cómo era, en fin, esa suerte rara,
que tenía la ventaja de arropar
travesías hastiadas.
Ella, sin embargo, un día se sentó
a contemplar su propio paisaje renegrido
y se obstinó en asearlo, pulirlo, acicalarlo,
se esforzó.
Se obligó a sentir algo, lo que fuera. Decidió
sentir algo, en vez de nada.
Y miraba al horizonte esquivando el hastío,
y escribía, corría, nadaba cansada
y sentía el calor de su afán obstinado,
pero hubo algo más tenaz que su ánimo,
y fue el caer de los días, a plomo, en sus espaldas.
Así en el ritmo tedioso de horizontes exactos,
llegó a conocer (por primera y última vez)
el hartazgo.
El único ánimo que había descartado,
la única emoción que había conseguido evitar
hasta entrar en el infierno bien entrado
...y no diría nada de ella sin decir cuánto ¡cuánto!
se había hecho devota del infierno,
fervorosa y dedicada,
ella siempre se esforzaba, siempre
miraba el horizonte y se obligaba
a sentir algo,
en vez de nada.
El día que el paisaje, el horizonte, el lugar donde posaba su mirada,
sólo fue eso, inmensa y cruda nada,
tropezó.
Y no,
naturalmente, no le ayudé a incorporarse. Le pedí, por favor,
que descansara.
Descansa en el silencio de esta ausencia,
descansa de ese ruido que constantemente te rodea.
Por una vez.
Por una vez.
Querida, por una vez.
Yo quería que el silencio, el vacío, habitar su propia ausencia,
le salvara de morir en el estruendo al que se había acostumbrado.
Pero ella no sabía que el hastío podía costar tanto.
Peor que el peor de los infiernos,
el tedio, el acabóse de todo aburrimiento,
un horror imposible, un abismo feroz.
Y no,
naturalmente, no se detuvo a escuchar la letanía del silencio.
Siguió con su barullo, ensordecida, ensordeciendo,
siguió nadando, con sus bracitos muriendo,
con su pelo roído, con sus tripas gritando,
Hasta que el ruido fue tanto,
tanto,
tanto...
el horizonte tan negro,
el infierno tan basto...
Que se obligó a adormecerse
para entregarse al descanso.
Llevaba toda la vida mirando al horizonte y esforzándose en sentir.
En sentir algo. Lo que fuera.
Miraba el horizonte cuando madre se dejaba morir.
Miraba el horizonte cuando padre le obligaba a escuchar.
Miraba el horizonte cuando... ella sólo miraba al horizonte,
y seguía nadando.
Y los brazos se le iban pudriendo.
Y el pelo se le iba cayendo.
Trasnochaba, vomitaba, y seguía nadando.
Sólo miraba el horizonte y seguía sintiendo.
Una vez le conté,
que tuve la rara suerte de saber
cómo era contemplar un hermoso horizonte con la mirada mugrienta
(cómo es temer la mierda propia más que a la ajena,
ensuciar todos los paisajes, los desiertos,
las ciudades convertidas en tenaces vertederos).
Cómo era, en fin, esa suerte rara,
que tenía la ventaja de arropar
travesías hastiadas.
Ella, sin embargo, un día se sentó
a contemplar su propio paisaje renegrido
y se obstinó en asearlo, pulirlo, acicalarlo,
se esforzó.
Se obligó a sentir algo, lo que fuera. Decidió
sentir algo, en vez de nada.
Y miraba al horizonte esquivando el hastío,
y escribía, corría, nadaba cansada
y sentía el calor de su afán obstinado,
pero hubo algo más tenaz que su ánimo,
y fue el caer de los días, a plomo, en sus espaldas.
Así en el ritmo tedioso de horizontes exactos,
llegó a conocer (por primera y última vez)
el hartazgo.
El único ánimo que había descartado,
la única emoción que había conseguido evitar
hasta entrar en el infierno bien entrado
...y no diría nada de ella sin decir cuánto ¡cuánto!
se había hecho devota del infierno,
fervorosa y dedicada,
ella siempre se esforzaba, siempre
miraba el horizonte y se obligaba
a sentir algo,
en vez de nada.
El día que el paisaje, el horizonte, el lugar donde posaba su mirada,
sólo fue eso, inmensa y cruda nada,
tropezó.
Y no,
naturalmente, no le ayudé a incorporarse. Le pedí, por favor,
que descansara.
Descansa en el silencio de esta ausencia,
descansa de ese ruido que constantemente te rodea.
Por una vez.
Por una vez.
Querida, por una vez.
Yo quería que el silencio, el vacío, habitar su propia ausencia,
le salvara de morir en el estruendo al que se había acostumbrado.
Pero ella no sabía que el hastío podía costar tanto.
Peor que el peor de los infiernos,
el tedio, el acabóse de todo aburrimiento,
un horror imposible, un abismo feroz.
Y no,
naturalmente, no se detuvo a escuchar la letanía del silencio.
Siguió con su barullo, ensordecida, ensordeciendo,
siguió nadando, con sus bracitos muriendo,
con su pelo roído, con sus tripas gritando,
Hasta que el ruido fue tanto,
tanto,
tanto...
el horizonte tan negro,
el infierno tan basto...
Que se obligó a adormecerse
para entregarse al descanso.
domingo, 26 de octubre de 2008
CASO CLÍNICO 280275-S. Las mañanas.
[26 oct 2008 | domingo]
Lunes...
Cuando me desperté me dolía la cabeza. Un dolor intenso que parecía abarcar unos tres centímetros cuadrados (no sé si esto tiene sentido pero es lo que parecía) iba desplazándose por la superficie de la cabeza cada par de minutos. Aquí. Allí. Al otro lado. Iba frunciendo el ceño desde distintos ángulos al ritmo de los pinchazos de los cojones. Herbt quería estar solo. Estaba dormido como un tronco y esta vez todas sus posturas decían “quiero estar solo en mi cama, ahora”. De todas formas yo iba a necesitar un rato más para asumir el control de mis funciones motoras y largarme, así que me quedé en la cama escuetísima con los ojos entreabiertos, pensando que en aquella puta habitación parecía que hubiera estallado un cóctel molotov.
En realidad me gustaba mucho así. Era regocijantemente ajena. Creo que dormí un poco más, pero no tardé mucho en levantarme. Recogí mis cosas y vi el mechero naranja tirado en la mesa, debajo de unos papeles, al lado del paquete de tabaco. Sólo quedaba un cigarro. El sabor del tabaco todavía en la boca lo convertía en una visión repugnante. Dejé las dos cosas allí. Aquel mechero se lo había birlado a él sin darme cuenta. Y le tenía afecto, pero tenía otro idéntico, mordido exactamente de la misma forma, con las mismas marcas de los mismos dientes. Adiós. Adiós.
Salí a la calle y escuché los mensajes del buzón de voz. Ésta, la otra, la de más allá. No tenía la sensación estimulante de la otra vez. Ni lo contrario. No tenía ninguna sensación. Sólo esa bronca insufrible en el cráneo. Caminé entre la gente pensando en mi ausencia de sensaciones. Esto debe de ser la realidad. Te dije que me estaba acercando peligrosamente al realismo, y me desconcierta. Llegué a casa y me di cuenta de que tenía los ojos llenos de rimel a la una y pico de la tarde. Era patético que te cagas, pero tenía su gracia. Había una salsa de carne para espaguetis en la encimera y busqué algo de pasta. Por supuesto no tenía ni un paquete, ni espaguetis tirados por el suelo del armario, ni siquiera fideos. Tenía tres paquetes del mismo cus-cus de la misma marca. Cuatro clases distintas de arroz que no comía nunca. Harinas de todos los cereales y tubérculos imaginables. Pero no había un puto paquete de pasta. Preparé un bol de cus-cus, y le puse la salsa de carne. ¡Buagh!, el cus-cus con orégano apesta...
Martes...
Casi me reviento los tímpanos intentando no escuchar mis propios pensamientos. Esa mierda de no tener sensaciones sólo parecía servir para acumularlas. Me desperté aturdida. Me entraron ganas de llorar. Me levanté con el cuerpo como si todavía tuviera resaca. Tomé un moca doble con pizza y salí a la calle como tenía planeado. Después de haber comido algo tenía la energía suficiente para un ataque de asco y rabia. No sé por qué ni de qué. Me lo preguntaste pero sigo sin saber qué decirte. Tenía que andar. Andar bastante. Andar cuesta arriba y quedar sin aliento. Darme contra la gente sin pedir perdón. Seguir andando. Hubiera querido correr, pero hubiera sido demasiado absurdo y demasiado rápido. Necesitaba el tiempo. Que el tiempo discurriera mientras intentaba cansarme. Hubiera querido romper dos o tres paredes, o que me partieran la cara, pero hubiera sido demasiado rápido también. Habrían tenido que matarme. Da igual. Como si todo fuera un perfecto asco cerrado en sí mismo, ni siquiera podía escuchar la canción, esa canción. Da igual. Estaba Jimmy. Y el puto bajo casi me revienta los tímpanos mientras caminaba intentando no escuchar mis propios pensamientos.
Creo que en algún momento conseguí no escucharlos por fin. Llevaba veinte minutos subiendo una cuesta inmunda. Y entonces me di cuenta. Sí que le había mentido. Ese ataque de rabia sin motivo ni objeto precisos se volvió contra mi. Mierda. Joder. Intenté recordar cómo fue, porqué. Seguí andando. La calle estaba ahora llena de gente que estorbaba. No iba a volver atrás en el tiempo. No iba a llamarlo para explicarme. Mierda. Mierda. Sería mejor seguir escuchando a Jimmy y no hacer nada. Joder.
Bienvenida a la realidad.
Miércoles...
Silencio. No se oye nada en la calle, parece domingo. Tristeza. ¿Qué hora es? No sé que significa esta tristeza. Abatimiento. Sin forma. Pesa sobre mi cuerpo. Todavía en la cama. No sé que significa todavía. Una enorme masa de tristeza pegándose en la piel, por todas partes. No hay ansiedad. Ni congoja. Es un largo llanto silencioso. Solitario. No tengo ganas de andar. Será mejor que coja el autobús. Horas y horas de una pena sin forma ni objeto. Arena. Me pesa tanto el cuerpo. Tanto. A lo mejor ha muerto mi alma y yo sigo aquí.
Jueves...
La mañana siguiente despertó en el desierto. Otra vez. Había pasado la noche envuelto en los sacos malolientes del camello. Había escorpiones. La bicha bufaba y daba patadas en el suelo cuando estaban cerca. Solía despertarse, pero nunca era seguro. De todas formas no le importaba esa peste. Le distraía del hedor de sus propios pensamientos y lo devolvía al desierto. Todavía no quería moverse. Arrugado en su envoltorio escuchaba un silencio de siglos. Un animal estúpido que gemía al amanecer, cada día, siglo tras siglo. Oía el leve roce de la arena contra la ropa. Otra vez tenía los labios llenos de arena a punto de partirse.
-A ver, a ver, a ver... si no estás en paz... ¿te lo imaginas? ¿te imaginas la paz?...
Intentó sacar la mano para limpiarse los labios y deshizo el envoltorio, así que se incorporó. Aún tenía sueño. Se restregó el dorso de la mano por la boca y uno de los labios se partió. Las mejillas estaban frías. Se tocó la cara sintiendo estas pequeñas sensaciones con el alivio de saber qué le dolía con esa simple precisión. Al final se mojó los labios con la lengua y repasó mentalmente lo que tenía que hacer. Recoger primero. Vestir la montura. Tomaría el resto de café de la noche anterior si no se había llenado de arena. Debería lavarlo todo por la noche y hacer café nuevo por la mañana, pero nunca lo hacía si estaba solo. Limpiar. Recoger. Montar. Seguir. Miró al horizonte y reconoció el sosiego de volver a encontrarse en el mismo sitio fuera del tiempo y el espacio. Suspendido en el silencio de las dunas, en la marcha trabajosa del animal debajo de él, en los posos de café amargo entre los dientes, en ser una sombra caminante...
-El silencio, el silencio... ¿te imaginas el silencio? –volvió a interrumpir.
W se distrajo y no tuvo otro remedio que escuchar al Dr. S.
-Sí, creo que sí –hablaba sin mucho convencimiento, ni siquiera sabía si había oído bien la pregunta.
-¿Por qué? –el gesto parecía irónico- ¡¡¡¿Por qué?!!! –dijo enseguida gritando.
-Hmm... No estoy seguro, para detener el pensamiento, creo.
El Dr. S asintió con una de esas sonrisas impredecibles. W intentó pensar cuántos minutos faltaban para terminar la sesión. No quería irse. En realidad sólo quería no pensar en lo que vendría después de la sonrisa impredecible.
-La cuestión no es... detener los pensamientos... cuando ya tienes una guerra civil en tu cabeza... Después de cuatro días... –y dijo esto último especialmente despacio, levantando las cejas y cerrando los ojos, señalando con cada sílaba la generosa estupidez de la conducta de Wells.
-Ya –dijo por decir, por dar la impresión de que entendía, aunque era obvio que era imbécil.
-¡Ya! –repitió el Dr. S con las cejas por los aires- ¿Qué desencadena pensamientos obsesivos? ¿Por qué? ¡Lo sabes!-afirmó mirando fijamente-¡¿Por qué no haces nada!? Quiero decir, claro... ¡cuando lo tienes que hacer!
-... ... ... –estaba embotado. Siempre llegaba a ese momento un poco embotado.
-No te vayas al desierto. Vuelve –al fin sonrió con cierto afecto, el tono más cálido, S sabía muy bien cómo hacer esto-, no detengas la acción, y no tendrás que detener el pensamiento. Suspendes la acción y acumulas las reacciones –Wells empezó a anotar-, no les abres la puerta. Las guardas. ¿Para qué? No. Esto se acabó.
W siguió tomando nota sin abrir la boca hasta que el Dr. S terminó su arenga gritando algo sobre conductas. Como otras veces, se levantó de la silla atusándose el pantalón sobre las piernas, indicando así que habían acabado. Al salir del edificio había recuperado las ganas de andar. Subir, bajar, el aire en las mejillas, gente estorbando a la que ignorar. Poco a poco reaccionaba. Más gente. Más camino. Esto lo conozco. Por aquí. Por ahí. Vuelvo a ser yo. Aquí estuve la semana pasada. Yo. Y todo lo demás... En la calle. Ahora. Al pairo... Sigo al pairo... La nave parece que va a darse la vuelta cada cinco minutos más o menos... Los cuatro de siempre juegan a las cartas. No sé por qué cojones siempre tienen que ser los mismos cuatro. Que paliza de tíos. El resto sólo están tumbados en los camastros... No. No. Para.
Para.
Viernes...
A veces tenía que concentrarse en sobrevivir. Se levantó mecánicamente de la cama y acudió a todas las citas. Tarde. Noche. No le apetecía. Veía gente que no conocía y tampoco le interesaba. Se aburría para distraerse. Permitía que le llamaran un par de chicas que no le gustaban. Era una forma de sobrevivir. Lo peor de todo es que esto lo hacía bien. Todo ese lío de gente no importaba. Estaba empezando a hartarse de los problemas que intentaban rozarla. De las mismas preguntas repitiéndose en cada conversación. Ahora se entrenaba contestando borderías. Se metía en situaciones ridículas, en actitudes ridículas, y se carcajeaba contándolo (¿a quién se le ocurre presentarse en un rodaje por las buenas?). Así ganaba escenas. Personajes. Hábitos. Algo que no fuera refugiarse en una abstracción. Todo este ruido en su cabeza le obligaba a interrumpir el ritmo obsesivo de las palabras dichas, las ideas ya pensadas, las acciones que nunca tuvieron lugar. No quería seguir imaginando lo que tenía claro. Y tenía que sobrevivir bajo ese imperativo. Aprender esa mierda de una vez por todas. Y bajar a comprar pasta de una vez.
Sábado...
Tengo que dejar de fumar compulsivamente. Lo de la artillería en el occipital es del tabaco. Lo sé. Del tabaco y de tomar cerveza después de vodka. Parezco subnormal. Hoy vamos al templo butch. Ay. Un momento. ¿Qué rayos era todo eso del postporno? Uf.
...
...
...
No tengo a dónde ir,
Así que iré a cualquier lugar,
A cualquier lugar,
Porque no tengo a dónde ir
...
...
...
Levántate. Péinate.
...
...
Domingo...
Dudaba. Porque sólo con una mirada me iba a valer para los últimos quince años. Y para los próximos. Y estaba bien, aunque fuera medio segundo de mirada jeroglífica. En fin. A la mañana siguiente me daba igual. Ya era mi mirada favorita, y estuve un rato intentando fijarla en la memoria sin prestar ninguna atención a su semántica. Ni a su pragmática. Pensando sólo en sus ojos fijos mientras evitaba darle el abrazo que me hubiera gustado y me largaba. Sí. Sólo iba a ser así. Todo volvía a mezclarse. Me di la vuelta en la cama y abracé los cojines debajo del edredón. Cambié de imagen. Pensé en Herbt. No había ninguna lógica para nada de esto. Tampoco la echaba de menos. Esta incoherencia no me incomodaba. No alteraba nada. En realidad estaba todo claro ahora. Revuelto, pero claro. Puse la radio.
La radio los domingos por la mañana es un asco. Y por la tarde. Y por la noche. Me levanté y recogí los papeles de una carta astral que estaban tirados por el suelo al lado de la cama. Me había dado por las cartas astrales lo mismo que por los juegos del móvil. De todas las cosas farragosas e inútiles en las que uno puede emplear las horas muertas, ésta era una con cierto encanto. Porque era un poco interminable, creo. Como un tetris que nunca acabas. Como perderse en el desierto. O anclar al pairo. A los papeles les faltaba el gráfico de una sinastría. Me había metido en el bolso esa página cinco días antes, el miércoles. La llevaba conmigo como el que lleva una foto. Una de esas fotos en las que eras feliz con alguien. Recordé la primera que hice. La noche anterior entramos en un bar y me pareció ver a quien me acompañó en aquella primera foto. Recordé la impresión paralizante de ese momento... pero no. No hay más energía para eso. Bien. Todo está en su perfecto desorden. Le eché un vistazo a la nueva sinastría y puse a Otis.
Mis canciones han vuelto a ser mías.
Lunes...
Cuando me desperté me dolía la cabeza. Un dolor intenso que parecía abarcar unos tres centímetros cuadrados (no sé si esto tiene sentido pero es lo que parecía) iba desplazándose por la superficie de la cabeza cada par de minutos. Aquí. Allí. Al otro lado. Iba frunciendo el ceño desde distintos ángulos al ritmo de los pinchazos de los cojones. Herbt quería estar solo. Estaba dormido como un tronco y esta vez todas sus posturas decían “quiero estar solo en mi cama, ahora”. De todas formas yo iba a necesitar un rato más para asumir el control de mis funciones motoras y largarme, así que me quedé en la cama escuetísima con los ojos entreabiertos, pensando que en aquella puta habitación parecía que hubiera estallado un cóctel molotov.
En realidad me gustaba mucho así. Era regocijantemente ajena. Creo que dormí un poco más, pero no tardé mucho en levantarme. Recogí mis cosas y vi el mechero naranja tirado en la mesa, debajo de unos papeles, al lado del paquete de tabaco. Sólo quedaba un cigarro. El sabor del tabaco todavía en la boca lo convertía en una visión repugnante. Dejé las dos cosas allí. Aquel mechero se lo había birlado a él sin darme cuenta. Y le tenía afecto, pero tenía otro idéntico, mordido exactamente de la misma forma, con las mismas marcas de los mismos dientes. Adiós. Adiós.
Salí a la calle y escuché los mensajes del buzón de voz. Ésta, la otra, la de más allá. No tenía la sensación estimulante de la otra vez. Ni lo contrario. No tenía ninguna sensación. Sólo esa bronca insufrible en el cráneo. Caminé entre la gente pensando en mi ausencia de sensaciones. Esto debe de ser la realidad. Te dije que me estaba acercando peligrosamente al realismo, y me desconcierta. Llegué a casa y me di cuenta de que tenía los ojos llenos de rimel a la una y pico de la tarde. Era patético que te cagas, pero tenía su gracia. Había una salsa de carne para espaguetis en la encimera y busqué algo de pasta. Por supuesto no tenía ni un paquete, ni espaguetis tirados por el suelo del armario, ni siquiera fideos. Tenía tres paquetes del mismo cus-cus de la misma marca. Cuatro clases distintas de arroz que no comía nunca. Harinas de todos los cereales y tubérculos imaginables. Pero no había un puto paquete de pasta. Preparé un bol de cus-cus, y le puse la salsa de carne. ¡Buagh!, el cus-cus con orégano apesta...
Martes...
Casi me reviento los tímpanos intentando no escuchar mis propios pensamientos. Esa mierda de no tener sensaciones sólo parecía servir para acumularlas. Me desperté aturdida. Me entraron ganas de llorar. Me levanté con el cuerpo como si todavía tuviera resaca. Tomé un moca doble con pizza y salí a la calle como tenía planeado. Después de haber comido algo tenía la energía suficiente para un ataque de asco y rabia. No sé por qué ni de qué. Me lo preguntaste pero sigo sin saber qué decirte. Tenía que andar. Andar bastante. Andar cuesta arriba y quedar sin aliento. Darme contra la gente sin pedir perdón. Seguir andando. Hubiera querido correr, pero hubiera sido demasiado absurdo y demasiado rápido. Necesitaba el tiempo. Que el tiempo discurriera mientras intentaba cansarme. Hubiera querido romper dos o tres paredes, o que me partieran la cara, pero hubiera sido demasiado rápido también. Habrían tenido que matarme. Da igual. Como si todo fuera un perfecto asco cerrado en sí mismo, ni siquiera podía escuchar la canción, esa canción. Da igual. Estaba Jimmy. Y el puto bajo casi me revienta los tímpanos mientras caminaba intentando no escuchar mis propios pensamientos.
Creo que en algún momento conseguí no escucharlos por fin. Llevaba veinte minutos subiendo una cuesta inmunda. Y entonces me di cuenta. Sí que le había mentido. Ese ataque de rabia sin motivo ni objeto precisos se volvió contra mi. Mierda. Joder. Intenté recordar cómo fue, porqué. Seguí andando. La calle estaba ahora llena de gente que estorbaba. No iba a volver atrás en el tiempo. No iba a llamarlo para explicarme. Mierda. Mierda. Sería mejor seguir escuchando a Jimmy y no hacer nada. Joder.
Bienvenida a la realidad.
Miércoles...
Silencio. No se oye nada en la calle, parece domingo. Tristeza. ¿Qué hora es? No sé que significa esta tristeza. Abatimiento. Sin forma. Pesa sobre mi cuerpo. Todavía en la cama. No sé que significa todavía. Una enorme masa de tristeza pegándose en la piel, por todas partes. No hay ansiedad. Ni congoja. Es un largo llanto silencioso. Solitario. No tengo ganas de andar. Será mejor que coja el autobús. Horas y horas de una pena sin forma ni objeto. Arena. Me pesa tanto el cuerpo. Tanto. A lo mejor ha muerto mi alma y yo sigo aquí.
Jueves...
La mañana siguiente despertó en el desierto. Otra vez. Había pasado la noche envuelto en los sacos malolientes del camello. Había escorpiones. La bicha bufaba y daba patadas en el suelo cuando estaban cerca. Solía despertarse, pero nunca era seguro. De todas formas no le importaba esa peste. Le distraía del hedor de sus propios pensamientos y lo devolvía al desierto. Todavía no quería moverse. Arrugado en su envoltorio escuchaba un silencio de siglos. Un animal estúpido que gemía al amanecer, cada día, siglo tras siglo. Oía el leve roce de la arena contra la ropa. Otra vez tenía los labios llenos de arena a punto de partirse.
-A ver, a ver, a ver... si no estás en paz... ¿te lo imaginas? ¿te imaginas la paz?...
Intentó sacar la mano para limpiarse los labios y deshizo el envoltorio, así que se incorporó. Aún tenía sueño. Se restregó el dorso de la mano por la boca y uno de los labios se partió. Las mejillas estaban frías. Se tocó la cara sintiendo estas pequeñas sensaciones con el alivio de saber qué le dolía con esa simple precisión. Al final se mojó los labios con la lengua y repasó mentalmente lo que tenía que hacer. Recoger primero. Vestir la montura. Tomaría el resto de café de la noche anterior si no se había llenado de arena. Debería lavarlo todo por la noche y hacer café nuevo por la mañana, pero nunca lo hacía si estaba solo. Limpiar. Recoger. Montar. Seguir. Miró al horizonte y reconoció el sosiego de volver a encontrarse en el mismo sitio fuera del tiempo y el espacio. Suspendido en el silencio de las dunas, en la marcha trabajosa del animal debajo de él, en los posos de café amargo entre los dientes, en ser una sombra caminante...
-El silencio, el silencio... ¿te imaginas el silencio? –volvió a interrumpir.
W se distrajo y no tuvo otro remedio que escuchar al Dr. S.
-Sí, creo que sí –hablaba sin mucho convencimiento, ni siquiera sabía si había oído bien la pregunta.
-¿Por qué? –el gesto parecía irónico- ¡¡¡¿Por qué?!!! –dijo enseguida gritando.
-Hmm... No estoy seguro, para detener el pensamiento, creo.
El Dr. S asintió con una de esas sonrisas impredecibles. W intentó pensar cuántos minutos faltaban para terminar la sesión. No quería irse. En realidad sólo quería no pensar en lo que vendría después de la sonrisa impredecible.
-La cuestión no es... detener los pensamientos... cuando ya tienes una guerra civil en tu cabeza... Después de cuatro días... –y dijo esto último especialmente despacio, levantando las cejas y cerrando los ojos, señalando con cada sílaba la generosa estupidez de la conducta de Wells.
-Ya –dijo por decir, por dar la impresión de que entendía, aunque era obvio que era imbécil.
-¡Ya! –repitió el Dr. S con las cejas por los aires- ¿Qué desencadena pensamientos obsesivos? ¿Por qué? ¡Lo sabes!-afirmó mirando fijamente-¡¿Por qué no haces nada!? Quiero decir, claro... ¡cuando lo tienes que hacer!
-... ... ... –estaba embotado. Siempre llegaba a ese momento un poco embotado.
-No te vayas al desierto. Vuelve –al fin sonrió con cierto afecto, el tono más cálido, S sabía muy bien cómo hacer esto-, no detengas la acción, y no tendrás que detener el pensamiento. Suspendes la acción y acumulas las reacciones –Wells empezó a anotar-, no les abres la puerta. Las guardas. ¿Para qué? No. Esto se acabó.
W siguió tomando nota sin abrir la boca hasta que el Dr. S terminó su arenga gritando algo sobre conductas. Como otras veces, se levantó de la silla atusándose el pantalón sobre las piernas, indicando así que habían acabado. Al salir del edificio había recuperado las ganas de andar. Subir, bajar, el aire en las mejillas, gente estorbando a la que ignorar. Poco a poco reaccionaba. Más gente. Más camino. Esto lo conozco. Por aquí. Por ahí. Vuelvo a ser yo. Aquí estuve la semana pasada. Yo. Y todo lo demás... En la calle. Ahora. Al pairo... Sigo al pairo... La nave parece que va a darse la vuelta cada cinco minutos más o menos... Los cuatro de siempre juegan a las cartas. No sé por qué cojones siempre tienen que ser los mismos cuatro. Que paliza de tíos. El resto sólo están tumbados en los camastros... No. No. Para.
Para.
Viernes...
A veces tenía que concentrarse en sobrevivir. Se levantó mecánicamente de la cama y acudió a todas las citas. Tarde. Noche. No le apetecía. Veía gente que no conocía y tampoco le interesaba. Se aburría para distraerse. Permitía que le llamaran un par de chicas que no le gustaban. Era una forma de sobrevivir. Lo peor de todo es que esto lo hacía bien. Todo ese lío de gente no importaba. Estaba empezando a hartarse de los problemas que intentaban rozarla. De las mismas preguntas repitiéndose en cada conversación. Ahora se entrenaba contestando borderías. Se metía en situaciones ridículas, en actitudes ridículas, y se carcajeaba contándolo (¿a quién se le ocurre presentarse en un rodaje por las buenas?). Así ganaba escenas. Personajes. Hábitos. Algo que no fuera refugiarse en una abstracción. Todo este ruido en su cabeza le obligaba a interrumpir el ritmo obsesivo de las palabras dichas, las ideas ya pensadas, las acciones que nunca tuvieron lugar. No quería seguir imaginando lo que tenía claro. Y tenía que sobrevivir bajo ese imperativo. Aprender esa mierda de una vez por todas. Y bajar a comprar pasta de una vez.
Sábado...
Tengo que dejar de fumar compulsivamente. Lo de la artillería en el occipital es del tabaco. Lo sé. Del tabaco y de tomar cerveza después de vodka. Parezco subnormal. Hoy vamos al templo butch. Ay. Un momento. ¿Qué rayos era todo eso del postporno? Uf.
...
...
...
No tengo a dónde ir,
Así que iré a cualquier lugar,
A cualquier lugar,
Porque no tengo a dónde ir
...
...
...
Levántate. Péinate.
...
...
Domingo...
Dudaba. Porque sólo con una mirada me iba a valer para los últimos quince años. Y para los próximos. Y estaba bien, aunque fuera medio segundo de mirada jeroglífica. En fin. A la mañana siguiente me daba igual. Ya era mi mirada favorita, y estuve un rato intentando fijarla en la memoria sin prestar ninguna atención a su semántica. Ni a su pragmática. Pensando sólo en sus ojos fijos mientras evitaba darle el abrazo que me hubiera gustado y me largaba. Sí. Sólo iba a ser así. Todo volvía a mezclarse. Me di la vuelta en la cama y abracé los cojines debajo del edredón. Cambié de imagen. Pensé en Herbt. No había ninguna lógica para nada de esto. Tampoco la echaba de menos. Esta incoherencia no me incomodaba. No alteraba nada. En realidad estaba todo claro ahora. Revuelto, pero claro. Puse la radio.
La radio los domingos por la mañana es un asco. Y por la tarde. Y por la noche. Me levanté y recogí los papeles de una carta astral que estaban tirados por el suelo al lado de la cama. Me había dado por las cartas astrales lo mismo que por los juegos del móvil. De todas las cosas farragosas e inútiles en las que uno puede emplear las horas muertas, ésta era una con cierto encanto. Porque era un poco interminable, creo. Como un tetris que nunca acabas. Como perderse en el desierto. O anclar al pairo. A los papeles les faltaba el gráfico de una sinastría. Me había metido en el bolso esa página cinco días antes, el miércoles. La llevaba conmigo como el que lleva una foto. Una de esas fotos en las que eras feliz con alguien. Recordé la primera que hice. La noche anterior entramos en un bar y me pareció ver a quien me acompañó en aquella primera foto. Recordé la impresión paralizante de ese momento... pero no. No hay más energía para eso. Bien. Todo está en su perfecto desorden. Le eché un vistazo a la nueva sinastría y puse a Otis.
Mis canciones han vuelto a ser mías.
martes, 30 de septiembre de 2008
caminar solo
[30 sep 2008 | martes]
No había bastante luz, ni bastante oscuridad. No había bastante ruido, ni bastante silencio. Era un asco de indefinición desdibujada, de camino a ningún sitio, de empeño desfondado. Los pasos a ninguna parte. La ropa crujiendo al caminar. Algo que parecía brisa (cansada, incierta). Y el perfil de su cara pálida e indiferente en mitad de la nada. De toda la nada que cabe en las noches deshabitadas. Y caminar. Caminar sólo. Entre el silencio y la desgana. Y todos los demás perfiles en la penumbra (los vivos, los muertos, los desconocidos). Y caminar. Caminar sólo. Seguir caminando.
No había bastante luz, ni bastante oscuridad. No había bastante ruido, ni bastante silencio. Era un asco de indefinición desdibujada, de camino a ningún sitio, de empeño desfondado. Los pasos a ninguna parte. La ropa crujiendo al caminar. Algo que parecía brisa (cansada, incierta). Y el perfil de su cara pálida e indiferente en mitad de la nada. De toda la nada que cabe en las noches deshabitadas. Y caminar. Caminar sólo. Entre el silencio y la desgana. Y todos los demás perfiles en la penumbra (los vivos, los muertos, los desconocidos). Y caminar. Caminar sólo. Seguir caminando.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Caravana
[18 sep 2008 | jueves]
No recordaba las noches a partir del cuarto campamento. Había participado en otras caravanas antes, así que sabía que me desorientaría en pocos días. Sabía cómo iba a acartonarse parte de la piel, y cuándo llegaría el más insufrible dolor de cabeza. También cuándo se iría. Sin embargo, nunca antes había perdido la cuenta de las noches en el desierto, y sólo me acordaba de las primeras cuatro noches, y de la inmediatamente anterior. No sabía por qué.
Esto me mantuvo más preocupado que de costumbre. Había decidido volver al negocio porque aquellos turistas tarados me solían entretener con sus memeces y de todas formas todavía podía aprender a orientarme con el guía jefe. Era un buen hombre. Solía divertirnos. Y las propinas de los alemanes eran especialmente generosas (lo que no podía decirse de la paga). Sí, cuando ella se fue lo pensé inmediatamente. Al menos allí sabía que no iba a encontrarla, así que dejé de pensar en los meses anteriores y fui a olvidarlo todo en el silencio absorto de aquellas madrugadas. Y conseguí entretenerme, hasta que me di cuenta de que no recordaba las noches a partir del cuarto campamento.
Durante varios días no se lo dije a nadie. A saber cuántos días. Cuando el jefe se retiraba (era mejor hombre que jefe) Hassan solía sacar una botella de alcohol que llevaba consigo. Era alguna cosa fuerte porque llevar cerveza suponía demasiado bulto. Tomábamos un trago y dormíamos. Y era siempre igual. Luego montábamos al animal, avanzábamos en silencio durante varias horas, y hasta el siguiente campamento. En septiembre podía hacerse sin parar al mediodía. Los tarados disfrutaban de eso aunque no paraban de quejarse y decir estupideces sobre el desierto. Yo sólo no podía dejar de pensar en que no llevaba la cuenta de los días.
Al salir el sol ya llevábamos un par de horas de ruta. Se había hecho el silencio por fin, y podía pensar en mis cosas. La noche anterior había sido igual a las otras. Hassan había hecho las mismas bromas de todos los campamentos y de todos los septiembres. El jefe se acostó antes que los demás, aunque era el único jefe que lo hacía. Los tarados no hacían ruido. Estos no. Habíamos cenado tajin de pollo con cous-cous y verdura. Siempre igual. El sol salía por un lugar diferente cada vez. Pero esto también era lo mismo. Hassan se acercó a mi...
-¿Qué pasa hermano? ¿La vida no te sonríe?
-No sé que ocurre. Este trabajo es diferente. Es difícil.
- Sí, lo veo. No sonríes como antes. No sonríes a las turistas como antes. Algo no está bien.
- No soy el mismo.
- Necesitas estar solo y pensar en ti, en la vida, en tu vida... Toma –y me dio la bolsa en la que escondía el alcohol- es bueno para pensar en ti.
Cuando llegamos al nuevo campamento todo fue del mismo modo, excepto porque Hassan no sacó su botella. Lo cierto es que el desierto no es un buen lugar para estar a solas, digan lo que digan los tarados. Y un campamento no es un buen lugar para beber. Pero de todas formas quería estar solo, sí.
Caminé por la arena durante un rato cuidándome de no perder de vista el campamento a la luz de la luna. Me senté en la arena y eché un trago. Recordé los días en que corría a todas partes para verla, arañando cada minuto para verla, abandonando cada cita para verla. Y lloré. Intenté no hacer ruido. Sólo bajé la cabeza y vi caer las lágrimas sobre la chilaba sucia en la oscuridad. Me sentía patético, y eché otro trago. No podía dejar de imaginar que sonreía, que ella era feliz, que miraba el patio desde mi ventana, que la veía. Ni podía dejar de llorar. Bueno, al menos –pensé para calmarme- no era tan humillante como derrumbarse sobre su hombro. No, no lo era. Supuse que podía llorar sin parar en mitad de la nada. Y lloré sin parar. Toda la noche.
Al día siguiente supe diferenciar esta noche de todas las anteriores.
Y seguí llorando debajo de las telas en la ruta. El calor evaporaba el llanto. Me lo había advertido Hassan...
- Al amanecer, cuando los tarados vuelven a callarse, puedes llorar. Puedes hacerlo casi hasta el siguiente campamento. No seas estúpido, hazlo.
Y le vi asomarse en la ventana de mi patio durante días y días y más días. Y todas las noches, sin hacer ruido, en mitad de la nada.
No recordaba las noches a partir del cuarto campamento. Había participado en otras caravanas antes, así que sabía que me desorientaría en pocos días. Sabía cómo iba a acartonarse parte de la piel, y cuándo llegaría el más insufrible dolor de cabeza. También cuándo se iría. Sin embargo, nunca antes había perdido la cuenta de las noches en el desierto, y sólo me acordaba de las primeras cuatro noches, y de la inmediatamente anterior. No sabía por qué.
Esto me mantuvo más preocupado que de costumbre. Había decidido volver al negocio porque aquellos turistas tarados me solían entretener con sus memeces y de todas formas todavía podía aprender a orientarme con el guía jefe. Era un buen hombre. Solía divertirnos. Y las propinas de los alemanes eran especialmente generosas (lo que no podía decirse de la paga). Sí, cuando ella se fue lo pensé inmediatamente. Al menos allí sabía que no iba a encontrarla, así que dejé de pensar en los meses anteriores y fui a olvidarlo todo en el silencio absorto de aquellas madrugadas. Y conseguí entretenerme, hasta que me di cuenta de que no recordaba las noches a partir del cuarto campamento.
Durante varios días no se lo dije a nadie. A saber cuántos días. Cuando el jefe se retiraba (era mejor hombre que jefe) Hassan solía sacar una botella de alcohol que llevaba consigo. Era alguna cosa fuerte porque llevar cerveza suponía demasiado bulto. Tomábamos un trago y dormíamos. Y era siempre igual. Luego montábamos al animal, avanzábamos en silencio durante varias horas, y hasta el siguiente campamento. En septiembre podía hacerse sin parar al mediodía. Los tarados disfrutaban de eso aunque no paraban de quejarse y decir estupideces sobre el desierto. Yo sólo no podía dejar de pensar en que no llevaba la cuenta de los días.
Al salir el sol ya llevábamos un par de horas de ruta. Se había hecho el silencio por fin, y podía pensar en mis cosas. La noche anterior había sido igual a las otras. Hassan había hecho las mismas bromas de todos los campamentos y de todos los septiembres. El jefe se acostó antes que los demás, aunque era el único jefe que lo hacía. Los tarados no hacían ruido. Estos no. Habíamos cenado tajin de pollo con cous-cous y verdura. Siempre igual. El sol salía por un lugar diferente cada vez. Pero esto también era lo mismo. Hassan se acercó a mi...
-¿Qué pasa hermano? ¿La vida no te sonríe?
-No sé que ocurre. Este trabajo es diferente. Es difícil.
- Sí, lo veo. No sonríes como antes. No sonríes a las turistas como antes. Algo no está bien.
- No soy el mismo.
- Necesitas estar solo y pensar en ti, en la vida, en tu vida... Toma –y me dio la bolsa en la que escondía el alcohol- es bueno para pensar en ti.
Cuando llegamos al nuevo campamento todo fue del mismo modo, excepto porque Hassan no sacó su botella. Lo cierto es que el desierto no es un buen lugar para estar a solas, digan lo que digan los tarados. Y un campamento no es un buen lugar para beber. Pero de todas formas quería estar solo, sí.
Caminé por la arena durante un rato cuidándome de no perder de vista el campamento a la luz de la luna. Me senté en la arena y eché un trago. Recordé los días en que corría a todas partes para verla, arañando cada minuto para verla, abandonando cada cita para verla. Y lloré. Intenté no hacer ruido. Sólo bajé la cabeza y vi caer las lágrimas sobre la chilaba sucia en la oscuridad. Me sentía patético, y eché otro trago. No podía dejar de imaginar que sonreía, que ella era feliz, que miraba el patio desde mi ventana, que la veía. Ni podía dejar de llorar. Bueno, al menos –pensé para calmarme- no era tan humillante como derrumbarse sobre su hombro. No, no lo era. Supuse que podía llorar sin parar en mitad de la nada. Y lloré sin parar. Toda la noche.
Al día siguiente supe diferenciar esta noche de todas las anteriores.
Y seguí llorando debajo de las telas en la ruta. El calor evaporaba el llanto. Me lo había advertido Hassan...
- Al amanecer, cuando los tarados vuelven a callarse, puedes llorar. Puedes hacerlo casi hasta el siguiente campamento. No seas estúpido, hazlo.
Y le vi asomarse en la ventana de mi patio durante días y días y más días. Y todas las noches, sin hacer ruido, en mitad de la nada.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
el valle gris
[10 sep 2008 | miércoles]
Todo aquello del viaje había cambiado un poco las cosas. El viento seguía soplando entre las telas raídas del chamizo como lo había hecho cada día durante todos los años que llevaba viviendo ahí. A veces era lo único que se oía. Sólo el viento en los pliegues de aquellos harapos que colgaban indecentemente en la puerta y las ventanas. En realidad era un sonido relajante. Me senté en la puerta a hacer nada, como otras tardes. Empezaba el otoño. Hacía tiempo que el smog se había instalado en el valle, así que donde tendrían que estar los pastos verdes sólo se veía una peste grisácea. El sonido del viento era lo único interesante, realmente. Cerré los ojos y escuché. Nada. Como en aquel lugar. Nada.
Al cabo de un tiempo que no sabría acotar, llegó el jaleo de la casa de Hulk. Aquellos plastas eran insufribles, pero me caían bien. Cuando no estaban en algún trance de los suyos, se pasaban la vida haciendo ruido para no oír el silencio que corría por el valle. No tenían término medio, pero eran unos vecinos sociables al menos. El resto de aquel foso sombrío estaba habitado por auténticas amebas. Sólo a veces los veía deslizarse, desconfiados, entre la nube de contaminación. Fisgaban por aquí o por allá. Y luego se iban. Los Hulk, sin embargo, se resistían a mimetizarse con toda esa sombra maloliente. Y allí estaban otra vez armando ruido.
Permanecía con la vista fija en algún punto indefinido del horizonte montañoso. Pensaba en el mar, en el desierto, en la sabana, en la tundra. En todos los paisajes sin límite que tan poco se parecían al nuestro. Y en sus sonidos. Y en que tal vez había miles de lugares así que no había tenido en cuenta antes. En otros planetas. Planetas que no sabía que se podían visitar excepto virtualmente. Bueno, hubiera estado en mitad de la nada de todas formas, pero esto da igual. No había forma de escapar a eso, creo. Estaba más que asumido, y la cuestión era otra. La inmensidad en sí. Solitaria, pero obscenamente hermosa. En cambio, el smog me daba asco (su hedor, su opacidad, su manía de pegarse a todo y someternos a su mugre). Y aquellos cretinos... que no dejaban de dar voces y joderme.
Sin pensarlo demasiado me levanté y empecé a caminar hacia la casa Hulk. Con toda aquella mierda flotando en el aire era difícil verme llegar, así que cuando el pequeño Nop me vio lo tenía a menos de un metro, y se llevó un susto de muerte. Pegó un salto y empezó a correr hacia la casa gritando como un loco. Los muy cenutrios tenían tal alboroto que les fue imposible oír al pequeño. En pocos segundos ocurrió todo. Debieron verlo aterrorizado y Hulk salió a recibirme con una trincha de la hierba sin dejar de vociferar. Me asusté. Di unos pasos atrás y cogí una piedra. La estampé en su cabeza. Se cayó al suelo y empezó a sangrar mientras temblaba violentamente. Dentro seguían gritando. Cogí la trincha y alguien se clavó en ella. Lo solté. Luego otro cuerpo. Y luego sólo se oía al pequeño Nop dando alaridos. Le grité que se callara. Y se calló. Hulk todavía daba patadas en el suelo. Lo atravesé también. El pequeño sollozaba en alguna parte. Y eché a correr hacia mi porche.
Estaba agitada. No sabía si volver a por Nop y traerlo. No pensé en quitarlo de en medio a él también. En realidad no pensaba haberlo hecho con nadie. Sólo ocurrió. Estaba nerviosa. Confusa. Me senté. Cerré los ojos. Otra vez no se oía nada. De repente me pareció que no había pasado nada. La mugre, el hedor, el silencio... todo estaba igual que al principio. Joder. Tenía que salir de ese vertedero ya, a donde fuera.
Todo aquello del viaje había cambiado un poco las cosas. El viento seguía soplando entre las telas raídas del chamizo como lo había hecho cada día durante todos los años que llevaba viviendo ahí. A veces era lo único que se oía. Sólo el viento en los pliegues de aquellos harapos que colgaban indecentemente en la puerta y las ventanas. En realidad era un sonido relajante. Me senté en la puerta a hacer nada, como otras tardes. Empezaba el otoño. Hacía tiempo que el smog se había instalado en el valle, así que donde tendrían que estar los pastos verdes sólo se veía una peste grisácea. El sonido del viento era lo único interesante, realmente. Cerré los ojos y escuché. Nada. Como en aquel lugar. Nada.
Al cabo de un tiempo que no sabría acotar, llegó el jaleo de la casa de Hulk. Aquellos plastas eran insufribles, pero me caían bien. Cuando no estaban en algún trance de los suyos, se pasaban la vida haciendo ruido para no oír el silencio que corría por el valle. No tenían término medio, pero eran unos vecinos sociables al menos. El resto de aquel foso sombrío estaba habitado por auténticas amebas. Sólo a veces los veía deslizarse, desconfiados, entre la nube de contaminación. Fisgaban por aquí o por allá. Y luego se iban. Los Hulk, sin embargo, se resistían a mimetizarse con toda esa sombra maloliente. Y allí estaban otra vez armando ruido.
Permanecía con la vista fija en algún punto indefinido del horizonte montañoso. Pensaba en el mar, en el desierto, en la sabana, en la tundra. En todos los paisajes sin límite que tan poco se parecían al nuestro. Y en sus sonidos. Y en que tal vez había miles de lugares así que no había tenido en cuenta antes. En otros planetas. Planetas que no sabía que se podían visitar excepto virtualmente. Bueno, hubiera estado en mitad de la nada de todas formas, pero esto da igual. No había forma de escapar a eso, creo. Estaba más que asumido, y la cuestión era otra. La inmensidad en sí. Solitaria, pero obscenamente hermosa. En cambio, el smog me daba asco (su hedor, su opacidad, su manía de pegarse a todo y someternos a su mugre). Y aquellos cretinos... que no dejaban de dar voces y joderme.
Sin pensarlo demasiado me levanté y empecé a caminar hacia la casa Hulk. Con toda aquella mierda flotando en el aire era difícil verme llegar, así que cuando el pequeño Nop me vio lo tenía a menos de un metro, y se llevó un susto de muerte. Pegó un salto y empezó a correr hacia la casa gritando como un loco. Los muy cenutrios tenían tal alboroto que les fue imposible oír al pequeño. En pocos segundos ocurrió todo. Debieron verlo aterrorizado y Hulk salió a recibirme con una trincha de la hierba sin dejar de vociferar. Me asusté. Di unos pasos atrás y cogí una piedra. La estampé en su cabeza. Se cayó al suelo y empezó a sangrar mientras temblaba violentamente. Dentro seguían gritando. Cogí la trincha y alguien se clavó en ella. Lo solté. Luego otro cuerpo. Y luego sólo se oía al pequeño Nop dando alaridos. Le grité que se callara. Y se calló. Hulk todavía daba patadas en el suelo. Lo atravesé también. El pequeño sollozaba en alguna parte. Y eché a correr hacia mi porche.
Estaba agitada. No sabía si volver a por Nop y traerlo. No pensé en quitarlo de en medio a él también. En realidad no pensaba haberlo hecho con nadie. Sólo ocurrió. Estaba nerviosa. Confusa. Me senté. Cerré los ojos. Otra vez no se oía nada. De repente me pareció que no había pasado nada. La mugre, el hedor, el silencio... todo estaba igual que al principio. Joder. Tenía que salir de ese vertedero ya, a donde fuera.
viernes, 5 de septiembre de 2008
Rask
[05 sep 2008 | viernes]
La perspectiva de viajar a otro planeta era tan improbable que no me la había tomado realmente en serio. De hecho, había considerado una pérdida de tiempo hasta el entretenimiento de concebirlo, así que cuando conocí a Rimbo Rask no tenía muy claro de qué iba el rollo. A simple vista, éste era el tipo más terráqueo en varias galaxias a la redonda. No había duda de que le gustaban los hedores mundanos como al que más. Lo conocí bebiendo en un garito sucio y mal ventilado. Sonaba una música absurda que nos mantenía de pie porque su estridencia era demasiado desagradable para poder mantenerse quieto, pero él parecía feliz. Contagiosamente feliz.
Después de encontrarlo varias veces, el tío empezó a manifestarse retorcidamente experto en la tecnología de lo ordinario. Escrutaba lo humano con el mismo entusiasmo con el que parecía llevarlo a la práctica, y fuera del contexto hediondo de aquella noche (mientras caminábamos por la ciudad de día, tranquilamente) se hacía un poco raro escuchar las andanzas de un cretino tan metódico. Demasiado metódico. Al final, resultó que no era terráqueo. Andaba trasegando sus mierdas por esta parte del universo pero de todas formas era, y se sentía, como un turista.
El día que hablamos de ello me explicó que llevaba implantados no sé qué clase de nanochismes que lo teletransportaban a todas partes y lo mantenían constantemente en órbita. Un rollo. Y no era necesariamente agradable para él. Sin embargo, Rask estaba convencido de que yo también tenía aquello instalado vaya usted a saber dónde, y de que había una razón para haberme percatado de que él no era lo que parecía. No me enteré muy bien de cómo funcionaba el proceso (ni de quién rayos era él en realidad), pero lo cierto es que al cabo de un par de horas estábamos viendo la Tierra desde alguna otra parte. Y era acojonante, claro.
Lo más sorprendente del asunto era que tenía una inequívoca sensación de regreso al estar fuera. Llegamos a una especie de jaima en mitad de la nada. Parecía de noche, aunque no sé si puede decirse así en otro planeta. En el horizonte se distinguían algunas montañas por un lado. El resto era inescrutablemente llano, no había nada más que una tienda precaria y oscura en cuya entrada aparecimos. Olía bien y comimos algo que había en unas cajas. Luego salimos a contemplar la Tierra tumbados en la arena y hablamos durante horas de los mundos, la distancia, y los viajes de Rask. No me había dado tiempo a encajar que aquello era posible y de repente estaba hecho. Cuando volvimos me sentía aturdida. E impresionada. No sé. Era inquietantemente acogedor en su soledad, familiar en su lejanía. No sé. El caso es que el viaje podía hacerse.
La perspectiva de viajar a otro planeta era tan improbable que no me la había tomado realmente en serio. De hecho, había considerado una pérdida de tiempo hasta el entretenimiento de concebirlo, así que cuando conocí a Rimbo Rask no tenía muy claro de qué iba el rollo. A simple vista, éste era el tipo más terráqueo en varias galaxias a la redonda. No había duda de que le gustaban los hedores mundanos como al que más. Lo conocí bebiendo en un garito sucio y mal ventilado. Sonaba una música absurda que nos mantenía de pie porque su estridencia era demasiado desagradable para poder mantenerse quieto, pero él parecía feliz. Contagiosamente feliz.
Después de encontrarlo varias veces, el tío empezó a manifestarse retorcidamente experto en la tecnología de lo ordinario. Escrutaba lo humano con el mismo entusiasmo con el que parecía llevarlo a la práctica, y fuera del contexto hediondo de aquella noche (mientras caminábamos por la ciudad de día, tranquilamente) se hacía un poco raro escuchar las andanzas de un cretino tan metódico. Demasiado metódico. Al final, resultó que no era terráqueo. Andaba trasegando sus mierdas por esta parte del universo pero de todas formas era, y se sentía, como un turista.
El día que hablamos de ello me explicó que llevaba implantados no sé qué clase de nanochismes que lo teletransportaban a todas partes y lo mantenían constantemente en órbita. Un rollo. Y no era necesariamente agradable para él. Sin embargo, Rask estaba convencido de que yo también tenía aquello instalado vaya usted a saber dónde, y de que había una razón para haberme percatado de que él no era lo que parecía. No me enteré muy bien de cómo funcionaba el proceso (ni de quién rayos era él en realidad), pero lo cierto es que al cabo de un par de horas estábamos viendo la Tierra desde alguna otra parte. Y era acojonante, claro.
Lo más sorprendente del asunto era que tenía una inequívoca sensación de regreso al estar fuera. Llegamos a una especie de jaima en mitad de la nada. Parecía de noche, aunque no sé si puede decirse así en otro planeta. En el horizonte se distinguían algunas montañas por un lado. El resto era inescrutablemente llano, no había nada más que una tienda precaria y oscura en cuya entrada aparecimos. Olía bien y comimos algo que había en unas cajas. Luego salimos a contemplar la Tierra tumbados en la arena y hablamos durante horas de los mundos, la distancia, y los viajes de Rask. No me había dado tiempo a encajar que aquello era posible y de repente estaba hecho. Cuando volvimos me sentía aturdida. E impresionada. No sé. Era inquietantemente acogedor en su soledad, familiar en su lejanía. No sé. El caso es que el viaje podía hacerse.
lunes, 1 de septiembre de 2008
Sabía que iba a verte
[01 sep 2008 | lunes]
Empezó a dar vueltas por casa con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros. Todo estaba lleno de polvo, pero no tenía ganas de afanarse con eso, así que Herb se puso a escribir frenéticamente. Tenía que reencontrarse con esa confusión mental que le era tan familiar, y el blanco de las páginas vacías le suponía el mismo efecto que una cálida bienvenida al hogar de todas las confusiones. Los pies negros, las hojas blancas, la ropa y los libros desordenados, un programa deportivo en la radio, y el recuerdo de las horas anteriores resonando en mitad del largo y triste silencio del teléfono. Y algo había cambiado. Unas cuantas noches después, unas cuantas copas después, empezó a separarse de aquella pegajosa ausencia que no era suya. El silencio también seguía resonando dolorosamente. Pero no era suyo. Aunque sea una insensatez, un poco de vodka y música habían aclarado esto bastante. Así que volvió a la ciudad, y allí de repente escuchó una voz.
-Sabía que iba a verte, lo sabía...- dijo la voz con aplomo en mitad del tumulto.
Herb lo oyó sin escucharlo y siguió arrastrando la maleta hacia el vagón de metro. Atendiendo el curso de la maleta por el suelo, vio los pies de alguien que se acercaban mientras la voz seguía sonando. Miró, pero no lo vio. Volvió a atender la maleta, y en un segundo volvió a levantar la vista para fijarse mejor.
-Lo sabía- continuaba diciendo la voz –estaba seguro... Bueno, estaba buscándote en el andén, pero mira, has ido a entrar en el mismo vagón que yo...
Pete sonreía en la puerta del vagón con el mismo aplomo con el que hablaba, y cuando ella lo reconoció se olvidó de todo aquel asunto de la invisibilidad. Pete la había encontrado. En realidad, los dos compartían una condición extravagante de algún modo, y era reconfortante. Se bajaron en la misma parada. Se sentaron en una terraza a tomar más vodka y hablaron durante horas de todo tipo de asuntos inmateriales y escurridizos. Pete se refirió a Palumbo con una especie de amargura lejana. Se doblaba y se desdoblaba entre los sueños y el trabajo. A veces también quería recluirse y huir. Hablaron del bullicio en la puerta del desierto. Herb lo escuchaba con atención y sosiego (por fin sosiego). Vio que a Pete le brillaban los ojos incluso cuando hablaba de las cosas más oscuras. Cuando se despidieron, otra vez tenía la sensación de que había demasiadas coincidencias entre ellos. Esto le producía una mezcla de desconfianza y excitación. Era confuso. Al llegar a casa empezó a dar vueltas con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros...
Empezó a dar vueltas por casa con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros. Todo estaba lleno de polvo, pero no tenía ganas de afanarse con eso, así que Herb se puso a escribir frenéticamente. Tenía que reencontrarse con esa confusión mental que le era tan familiar, y el blanco de las páginas vacías le suponía el mismo efecto que una cálida bienvenida al hogar de todas las confusiones. Los pies negros, las hojas blancas, la ropa y los libros desordenados, un programa deportivo en la radio, y el recuerdo de las horas anteriores resonando en mitad del largo y triste silencio del teléfono. Y algo había cambiado. Unas cuantas noches después, unas cuantas copas después, empezó a separarse de aquella pegajosa ausencia que no era suya. El silencio también seguía resonando dolorosamente. Pero no era suyo. Aunque sea una insensatez, un poco de vodka y música habían aclarado esto bastante. Así que volvió a la ciudad, y allí de repente escuchó una voz.
-Sabía que iba a verte, lo sabía...- dijo la voz con aplomo en mitad del tumulto.
Herb lo oyó sin escucharlo y siguió arrastrando la maleta hacia el vagón de metro. Atendiendo el curso de la maleta por el suelo, vio los pies de alguien que se acercaban mientras la voz seguía sonando. Miró, pero no lo vio. Volvió a atender la maleta, y en un segundo volvió a levantar la vista para fijarse mejor.
-Lo sabía- continuaba diciendo la voz –estaba seguro... Bueno, estaba buscándote en el andén, pero mira, has ido a entrar en el mismo vagón que yo...
Pete sonreía en la puerta del vagón con el mismo aplomo con el que hablaba, y cuando ella lo reconoció se olvidó de todo aquel asunto de la invisibilidad. Pete la había encontrado. En realidad, los dos compartían una condición extravagante de algún modo, y era reconfortante. Se bajaron en la misma parada. Se sentaron en una terraza a tomar más vodka y hablaron durante horas de todo tipo de asuntos inmateriales y escurridizos. Pete se refirió a Palumbo con una especie de amargura lejana. Se doblaba y se desdoblaba entre los sueños y el trabajo. A veces también quería recluirse y huir. Hablaron del bullicio en la puerta del desierto. Herb lo escuchaba con atención y sosiego (por fin sosiego). Vio que a Pete le brillaban los ojos incluso cuando hablaba de las cosas más oscuras. Cuando se despidieron, otra vez tenía la sensación de que había demasiadas coincidencias entre ellos. Esto le producía una mezcla de desconfianza y excitación. Era confuso. Al llegar a casa empezó a dar vueltas con los pies descalzos hasta que los tuvo completamente negros...
lunes, 25 de agosto de 2008
Cuando ella finalmente se fue
[25 ago 2008 | lunes]
Cuando ella finalmente se fue, W pensaba que estaba acostumbrado a la ausencia. Él mismo llevaba cientos de años ausente. Su experiencia se dispersaba en varias vidas fragmentarias, a veces virtuales, entre las que transitaba continuamente sin pensar demasiado en el significado inconcluso de cada episodio. Deambulaba de una ausencia en otra. Luego ella se fue, y W esperaba sentir la misma nostalgia inestable que le conduciría, más tarde o más temprano, a saltarse también ese capítulo. Pero empezó a pesarle lo inconcluso. No sabía si era una intuición o sólo terquedad. El caso es que la ausencia de ella y la suya propia se habían fundido en su cabeza malamente, y sentía, con perfecta sencillez, que no iba a desaparecer multiplicando los escenarios, yendo o viniendo, presente o ausente. Maldita sea. No sólo estaba detenido al pairo en mitad de ningún sitio, es que no tenía ni la más ligera idea de lo que podía hacer al respecto.
Cuando ella finalmente se fue, W pensaba que estaba acostumbrado a la ausencia. Él mismo llevaba cientos de años ausente. Su experiencia se dispersaba en varias vidas fragmentarias, a veces virtuales, entre las que transitaba continuamente sin pensar demasiado en el significado inconcluso de cada episodio. Deambulaba de una ausencia en otra. Luego ella se fue, y W esperaba sentir la misma nostalgia inestable que le conduciría, más tarde o más temprano, a saltarse también ese capítulo. Pero empezó a pesarle lo inconcluso. No sabía si era una intuición o sólo terquedad. El caso es que la ausencia de ella y la suya propia se habían fundido en su cabeza malamente, y sentía, con perfecta sencillez, que no iba a desaparecer multiplicando los escenarios, yendo o viniendo, presente o ausente. Maldita sea. No sólo estaba detenido al pairo en mitad de ningún sitio, es que no tenía ni la más ligera idea de lo que podía hacer al respecto.
jueves, 14 de agosto de 2008
Los días en que empezó a convertirse en lo que era
[14 ago 2008 | jueves]
Entonces recordó los días en que empezó a convertirse en lo que era. No sucedió de repente, y no recordaba ningún suceso desencadenante al que poder remitirse cuando alguien le preguntaba por qué. Sólo ocurrió que un día empezó a volverse translúcido, luego transparente, y completamente invisible por último. Había una mujer, la Dra. S, atormentada con encontrar la fómula que lo devolviera a algún tipo de normalidad material. Ella también había buscado el desencadenante, pero no lo había encontrado. Frank, Kemp, e incluso Gillins lo habían intentado sin éxito. Y sólo el Dr. Dop había asumido aquella condición como una extravagancia sin origen ni fin, algo para lo que buscar explicaciones era una pérdida de tiempo. Pero no se habían entendido, y después de todo había vuelto al lugar donde comenzó a palidecer. Entonces había vuelto a sentir la terca determinación de desmaterializarse. Pensó que tal vez eso era todo. Echaba de menos a los otros seres imposibles con los que se sentía verdaderamente entero. Y a pesar de que todo el mundo lo consideraba uno más, Wells permanecía tan obstinadamente invisible como siempre desde hacía muchos años.
Entonces recordó los días en que empezó a convertirse en lo que era. No sucedió de repente, y no recordaba ningún suceso desencadenante al que poder remitirse cuando alguien le preguntaba por qué. Sólo ocurrió que un día empezó a volverse translúcido, luego transparente, y completamente invisible por último. Había una mujer, la Dra. S, atormentada con encontrar la fómula que lo devolviera a algún tipo de normalidad material. Ella también había buscado el desencadenante, pero no lo había encontrado. Frank, Kemp, e incluso Gillins lo habían intentado sin éxito. Y sólo el Dr. Dop había asumido aquella condición como una extravagancia sin origen ni fin, algo para lo que buscar explicaciones era una pérdida de tiempo. Pero no se habían entendido, y después de todo había vuelto al lugar donde comenzó a palidecer. Entonces había vuelto a sentir la terca determinación de desmaterializarse. Pensó que tal vez eso era todo. Echaba de menos a los otros seres imposibles con los que se sentía verdaderamente entero. Y a pesar de que todo el mundo lo consideraba uno más, Wells permanecía tan obstinadamente invisible como siempre desde hacía muchos años.
viernes, 8 de agosto de 2008
La condición invisible
[08 ago 2008 | viernes]
El señor Wells se sentó frente a la chimenea a esperar que se secara su ropa. Encendió una pipa y se dejó caer sobre el respaldo decidido a dejar de decidir. De la forma brusca en que siempre lo hacía todo, la señora Halls entró en la sala sin llamar. Se quejó de algunas personas, expuso algunos incidentes del día, y salió por la puerta con la misma intemperancia con la que había entrado. El señor Wells respiró hondo y volvió a apoyar la cabeza en el respaldo relajadamente. Se daba cuenta de que la señora Halls, como su esposo y el resto de los inquilinos, se habían acostumbrado a su extravagante condición. Era uno de los principios del trabajo de campo. El tiempo. El tiempo era tan importante como cualquier otra particularidad de la convivencia. Todos se habían acostumbrado a tratar con naturalidad a un ser completamente invisible.
El señor Wells se sentó frente a la chimenea a esperar que se secara su ropa. Encendió una pipa y se dejó caer sobre el respaldo decidido a dejar de decidir. De la forma brusca en que siempre lo hacía todo, la señora Halls entró en la sala sin llamar. Se quejó de algunas personas, expuso algunos incidentes del día, y salió por la puerta con la misma intemperancia con la que había entrado. El señor Wells respiró hondo y volvió a apoyar la cabeza en el respaldo relajadamente. Se daba cuenta de que la señora Halls, como su esposo y el resto de los inquilinos, se habían acostumbrado a su extravagante condición. Era uno de los principios del trabajo de campo. El tiempo. El tiempo era tan importante como cualquier otra particularidad de la convivencia. Todos se habían acostumbrado a tratar con naturalidad a un ser completamente invisible.
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