[04 dic 2008 | jueves]
La señora Kemp entró la bandeja con el té y dispuso las tacitas en la mesa con la aparente intención de tomar el té con W.
-¡Señor Wells! ¡¿Está usted ahí?!
-Sí, señora Kemp, estoy sentado en el escritorio ¿acaso no puede verme?
-Jajaja ¡Creo que esta tarde no lo veo bien a usted! –Había tomado la costumbre de gritar como si en vez de invisible fuera sordo- ¡Siéntese conmigo Wells, vamos!
Kemp nunca llamaba a la puerta. Sólo hacía lo que le parecía sin preguntar. A veces se presentaba en el despacho con un plumero en la mano y se ponía a cantar mientras limpiaba. W le pedía silencio y ella seguía susurrando la letra de cualquier musiquilla infame con sutil pero evidente indiferencia. Hoy, W no había pedido un té ni deseaba tomarlo, pero ella abrió, entró la bandeja y se instaló en la mesita del té disponiendo el doble servicio. Traía una carta en la bandeja.
-Veo, querida, que va a invitarme a un trago –dijo levantándose, asumiendo lo inevitable de la señora Kemp.
-¿Eh? ¡Siéntese, siéntese, vamos, venga aquí!
Sirvió el té con cuidado, le ofreció una galleta salada de la misma bandeja (compartían el mismo gusto por el té dulce con galletas saladas), y como si no fuera obvio lo que iba a ocurrir, se sentó, puso el costurero sobre sus rodillas, metió las manitas y luego sacó una para decir:
-¡Ah! Ha llegado eso.
El cartero venía una vez a la semana hasta la vieja casa Fogget, que era como se llamaba cuando la compró, y como la gente del pueblo seguía llamándola. La casa estaba lo bastante lejos del pueblo como para que al asomarse a las ventanas no se viera ninguna otra casa en ninguno de los horizontes. Así que el cartero sólo se acercaba los jueves, dejaba lo que hubiera de la semana y por una propina que habían negociado convenientemente, recogía en la misma casa el correo que W tuviera que enviar. El caso es que hoy era viernes. W miró a Kemp con fastidio.
-Juraría que el correo llegó ayer, querida.
Kemp siguió con la cabeza metida en su trajín de hilos en la silla de al lado.
-Quiero decir que, de hecho, recuerdo perfectamente haber abierto unos cuantos sobres ayer.
Ella se metió tres alfileres en la boca y se los fue colocando habilidosamente para sostenerlos por el cabezal con los dientes. Primero uno, luego otro. Era increíble.
-¿Señora Kemp?
-¿Hmm?
Y W se mantuvo en silencio, sin moverse, sin coger el sobre, con la intención de vencer a la terca señora Kemp con lo único con lo que era posible desafiarla: permanecer impasible, igual de impasible que ella.
-Verá, Wells –dijo al cabo de unos minutos de morder alfileres e hilos con todos los dientes- no es asunto mío, por supuesto, pero... –y por fin levantó la vista- esta carta no ha llegado con el resto del correo, y yo...
-¿Qué quiere decir?
-Estaba en la puerta esta mañana.
-¿En la puerta? ¿En la puerta de la calle? ¿Hoy? –sintió el impulso de coger el sobre y ver por fin de qué se trataba, pero la batalla con Kemp exigía un poco más de paciencia.
-Así es –dijo ella.
-Entiendo.
Esa mujer que no había pedido permiso jamás para hacer o no hacer algo, volvió a su costurero y empezó a extender bobinas de hilo por la falda en silencio.
-Oiga Kemp.
-¿Si?
-¿Quiere decirme porqué estamos tomando té hoy? –y en vez de coger la carta tomó la tacita y se la llevó a los labios. Sabía que ella tardaría en reaccionar. No pedía permiso, ni respondía a preguntas directas.
-Verá, Wells –seguía rumiando lo que decir a continuación- pensé que tal vez, aunque... por supuesto, no es asunto mío... quizá necesitara... en fin, ánimo. Quiero decir que usted no tiene a sus amigos aquí ¿no es cierto? A veces, es agradable no sentirse solo. Quiero decir, en algunos momentos... el abatimiento... en fin, no es buen amigo de la soledad ¿No es cierto? –Y empezó a recoger las bobinas para ponerlas otra vez en la caja de donde las había sacado para nada.
W sospechó finalmente que el sobre traería alguna noticia funesta del estilo a: tu único hermano ha muerto. Estiró el cuello en la silla y tomó otro sorbo de té. Se imaginó completamente solo en el mundo. Su hermano era (o tal vez había sido) el único vínculo incuestionable que le quedaba a pesar de lo insufriblemente puritano y burro de Philipp. En realidad, no se soportaban el uno al otro, pero ambos eran conscientes y respetuosos con la fuerza totémica que les unía en un solo y difícil cuerpo, la que les mantendría unidos mientras vivieran. Respiró hondo. Miró a la Señora Kemp y pensó que aún podría disfrutar un segundo de esta batalla absurda entre ellos como se disfruta de las pequeñas cosas cotidianas antes de volverse a pensar en la soledad y la muerte. Sonrió. Era el humor de la pesadumbre, sonrió y dijo:
-De modo que usted va a ser mi amigo hoy ¿hm? Entonces debería haber preparado usted una cacería, querida, no el té- y su sonrisa traducida en tono por fin consiguió irritar a Kemp.
-¡Vamos Wells, no sea usted tan frío! ¡Haga el favor de abrir el sobre y veamos lo que dice!
Por fin dejó la taza en la mesa y con la parsimonia que da la melancolía tomó el sobre, y comprobó que no tenía remite. Ciertamente, Kemp había mencionado que estaba en la puerta de la casa, no con el correo. Estaba abierto. Miró un segundo a la mordedora de alfileres y ésta intuyó el movimiento invisible con acierto. Respondió subiendo los hombros y negando ligeramente con la cabeza. No lo había abierto ella. Miró el papel escrito a mano y reconoció perfectamente la letra. Era la letra de Liz. Oh Dios... Era su letra.
Kemp esperaba atenta, observaba las reacciones con el cuidado que requería atender el rastro de lo invisible. Se desconcertó ostensiblemente cuando la mano de W cayó sobre sus rodillas con el sobre sin terminar de abrir. La mujer se había acostumbrado a interpretar con bastante precisión los ruidos y huellas de este hombre. Lo sintió echar la cabeza hacia atrás primero, como si recibiera un golpe, y hacia el otro lado después, como si no quisiera que nadie fuera testigo de su gesto, aunque ¿quién podría serlo? Esperó en su desconcierto. Wells sonaba agitado pero no se movía.
-¿Herb? –no solía llamarlo por su nombre de pila, pero... hoy eran amigos –Herb ¡conteste! ¿qué ocurre?
W supuso que la entrometida y gritona de su amiga se refería a esta clase de ánimo cuando se atropellaba las palabras diciendo tonterías sobre no sentirse solo. Esto es, que se refería a despertarlo bruscamente de la hondura de un dolor como aquel, a llamarlo por su nombre de pila cuando no tenía el valor de leer unas pocas líneas en unas cuartillas, y a mantenerse tercamente presente cuando en realidad hubiera preferido no tener testigos de sus gestos invisibles.
-Está bien Kemp –dijo- estoy bien, sí. Sólo... una sorpresa extraña ¿entiende? Algo... realmente inesperado.
-Ya lo veo –dijo con el mismo gesto inalterado y la misma intención de perseverar en su acompañamiento.
-Verá, tal vez sería mejor si me dejara solo.
-No lo creo, señor.
-Sí, por favor, se lo agradecería.
-De ninguna manera señor Wells, no pienso dejarlo solo ahora.
-Querida, no es necesario, confíe en mí.
-No voy a moverme de aquí.
-Le pido por favor que me deje solo.
-No.
-¡Señora Kemp!
-No.
-¡¿Qué significa todo esto?! ¡Está usted en mi casa! ¡Le exijo que se vaya de este despacho! –la mujer había sostenido este intercambio sin mover ni un músculo más de los necesarios, con una determinación sólo comparable a si misma, pero oír a Wells gritar era algo completamente nuevo. Por fin no supo qué hacer... aunque había decidido quedarse de modo que ¿qué otra cosa haría si no quedarse? Él la agarraría del brazo y en unos pocos segundos estaría al otro lado de la puerta, sí.
-¡Vamos, váyase! –y W se levantó de la silla, tiró el sobre al suelo, cogió a la señora Kemp del brazo en la otra silla y la llevó hasta el pasillo casi en el aire.
Cuando cerró la puerta tras de si siguió sin ser capaz de abrir el sobre. Apoyó la espalda en la puerta y se deslizó hasta sentarse en el suelo. Se sentía agotado. Se llevó las manos a la cara y empezó a sollozar como un idiota asustado. El solo hecho de que ella existiera lo asustaba. Haberse conocido lo asustaba. Y haberse abandonado lo asustaba.
-Liz. Liz. Querida Liz. Mi Liz... –Recogió las rodillas junto al pecho y se abrazó las piernas lloriqueando.
Solía decirle ridiculeces pueriles en sus conversaciones imaginarias, y habló con el sobre como con la Liz que imaginaba.
-Me hace bien la distancia, la distancia... sí, sin verte, sin oírte, soñando sólo, tu sombra y yo aquí, en el despacho, por el pasillo, seguro que Mrs. Kemp está escuchando, sí... en el camino del pueblo, en el comedor... en el comedor... te veo cada noche, cenando solo, tan solo y contigo... Liz... ¿Qué haces Liz?
Había deseado mil veces que fuera una estatua de piedra y no una mujer. Aunque tendría que ser una estatua invisible. Podría besarla y ella jamás lo sabría. Ni nadie. Podría visitarla en el jardín cada mañana y cada noche, o podría instalar un pie de piedra para ella en cualquier lugar de la casa. O varios. Así podrían estar juntos haciendo todas las cosas invisibles que se pueden hacer. Recordaba que cuando la conoció se divertían mucho hablando de cosas así sin parar. Ahora le serenaba imaginarse a los dos acompañándose en silencio. Se abrazaba las rodillas con los ojos cerrados y escuchaba sus propios gemidos ridículos.
. . .
Al cabo de un tiempo indefinible la señora Kemp volvió a llamar a la puerta.
-¡Señor Wells! –dijo- Herb... ¡dígame que está bien y me iré!
W sabía que sólo había una forma de resolver el asunto de modo que le dejara el resto del día en paz, así que se levantó del suelo, se limpió la nariz para poder hablar, y abrió la puerta.
-Gracias por su preocupación, supongo que ya sabe que se trata de una mujer ¿no es cierto? Ahora me gustaría llorar hasta la extenuación y preferiría no escuchar sus pasos al otro lado de la puerta ¿de acuerdo? Estaré bien.
Kemp no pronunció ni una palabra. Sólo se dio la vuelta y se fue.
Se sentó al lado de la mesita para terminar el té frío que quedaba en la tetera. Miró por fin el sobre tirado en el suelo como lo que era después de todo, un sobre. Tal vez Liz lo dejó en su puerta esa mañana. Con toda seguridad no podía haberla visto nadie. Sólo él, naturalmente. Quizá lo dejó otra persona por ella, porque el sobre tenía anotada la dirección Fogget. Aquel sobre irrumpía en el silencio feliz de todos estos años habitando monólogos invisibles. Probablemente, supuso, esto haría dichoso a cualquier hombre cabal, siquiera moderadamente sensato. Sólo un estúpido puede llorar en el suelo sin acercarse al papel donde ella ha dejado sus pequeñas letritas... para él. Siempre hacía estas cosas antes, sí, también. Así que era como si hubiera cambiado todo y nada al mismo tiempo... Toc, toc, toc, toc... Estaban... ¿Estaban llamando a la puerta?
Oyó la voz de un hombre y la de Kemp. ¿Un hombre? Bueno, Liz no hubiera llamado a la puerta, claro. La idea de que ella apareciera allí le horrorizó un segundo, pero ¿qué estaba ocurriendo? Enseguida oyó unos pasos que se acercaban decididos. Alguien tocó la puerta del despacho.
-¡Herb! ¡Lo siento amigo! –dijo el hombre al otro lado sin abrir.
-¿Marvel?
-¡Sí, soy yo! ¡Siento ser quien te traiga estas noticias! –W se levantó de la silla inmediatamente.
-¿Pero qué rayos...? ¡Pasa!- y Marvel abrió la puerta, la señora Kemp estaba detrás, por supuesto- ¿Qué ocurre amigo?- Se abrazaron. Era raro ver a un hombre abrazar el vacío, pero eso era. Hacía por lo menos tres años que no se veían, o lo que fuese.
-¿No has visto el mensaje? La carta de Liz...
-Hmm... bueno, estaba... se me ha caído ahora mismo y...
-Oh no, lo siento, lo siento, no sabes... ¿no lo sabes?
-¡No sé qué! –Kemp parecía estar a punto de llorar al otro lado de la puerta abierta.
-Liz ha muerto.
-¿Qué?
-Lo siento, de verdad, era una gran mujer, quiero decir una gran persona, ya me entiendes. Le tenía afecto.
-¿Qué? –Se dio la vuelta para recoger el sobre del suelo.
-Ella dejó algo escrito para ti.
-No... –El estómago se le había dado vuelta- No, no... –Al mover los pies se dio cuenta de que estaba mareado.
Marvel no pudo verlo tambalearse y sólo oyó el ruido de su cuerpo contra el suelo.
-¡Herb! –gritó sin saber dónde mirar
-Estoy bien, estoy bien... –W alargó la mano hacia el sobre y Marvel lo vio moverse desde la alfombra hasta la altura de su rodilla.
Las manos invisibles sacaron el papel del sobre. Había dos pliegos pequeños escritos a mano.
Querido Herb:
Los días en que me quisiste me hicieron tan feliz que nunca quedaron atrás, permanecieron conmigo hasta hoy, hasta esta mañana. He seguido cruzando la calle de tu casa de entonces. Cantando canciones para ti, y esperando encontrarte de pronto. Ya sabes cómo era encontrarse en mitad de la gente visible, la sorpresa de hallarse, la rarísima sensación de que alguien te mira a los ojos por fin, de que alguien sabe dónde se encuentran los brazos invisibles que esperan abrazarte, la feliz ausencia del ruido que los otros precisan para vislumbrarnos apenas. Mi querido Herb ¿cómo podría alguien olvidar esto en un millón de años? ¿Cómo podría alguien olvidar esto aunque se extinga toda la vida sobre la tierra?
Cuando te fuiste lloré. Desencontrarse ha sido tan sencillo siempre para nosotros que era costoso habituarse a la rareza de hallarse encontrado. Lo sé. Pero no iba a ser fácil tampoco seguir a sabiendas de que era posible. De que eras posible. Y lloré hasta que pude volver a conformarme con el mismo vacío de siempre. E intenté olvidarte de todas las formas que pude imaginar, reescribiendo los lugares, las palabras, los besos... hasta que pude conformarme con esta nostalgia perenne de ti. Al fin y al cabo, hubo unos días felices que pude guardar hasta hoy, pero qué tristeza quererte a tanta distancia. Qué tristeza guardarte como se guarda una estatua. Querido Herb, he estado tan sola y contigo.
Recibe el único abrazo invisible que conocí. Pensé en ti hasta el último de mis días. Y llegué a comprender que sólo pensé en ti desde el primero.
L.
Marvel y Kemp lo escucharon gritar como un animal. Salieron de la habitación y cerraron la puerta. Después Marvel pudo contarle a la señora Kemp que el sobre lo había dejado un amigo de Liz que tenía negocios en el pueblo. Ella había sabido siempre dónde estaba Wells. Hace muchos años que ella conocía la dirección de esta casa.
jueves, 4 de diciembre de 2008
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