viernes, 26 de diciembre de 2008

los días invisibles

El imbécil de W había logrado sobrevivir en una dimensión permanentemente desviada. Nadie sabe muy bien cómo, pero lo había conseguido. Es más, había logrado el sospechísimo prodigio de vivir de ello. Aquel jueves tenía que ir a trabajar como los demás días. Se levantó de la cama con toda la pereza de la que era capaz. Abrió la ventana mecánicamente sin detenerse un segundo en mirar el patio al que asomaba. Se encontró en el espejo y se detuvo los mismos segundos que la mañana anterior, comparando los estragos del sueño deficiente de este jueves con los de todos los demás días. Bah, era siempre lo mismo. Con el mismo abandono indiferente se duchó sin conseguir desperezarse y desayunó todo lo que encontró por la nevera. Al cabo de una hora y media sólo había conseguido acercarse a la parada del primer autobús que tendría que coger, y seguía con la mente en el mismo galimatías improductivo que lo mantenía aparentemente despreocupado. Estaba dándole vueltas a una conversación que no había tenido y tampoco pensaba tener de ninguna manera.

Siguió absorto en sus memeces hasta que llegó al trabajo y encontró todo aquello lleno de gente. Atravesó el patio, la entrada, el hall, subió las escaleras, caminó por el pasillo. No veía mucho, pero de todas formas había adquirido la cauta costumbre de no mirar a nadie. O sea, había tenido que adoptar la disciplina de no mirar alrededor, por su propio bien, por el bien de todos, porque de otro modo todos aquellos infelices quedarían inevitablemente expuestos a conversaciones que no tendrían, y serían involucrados en secuencias inexistentes en las que nunca dirían ni harían nada por su propia voluntad. En fin, serían secuestrados en alguna escena imaginaria que sólo llenaría la cabeza de W de memeces hasta el infinito. Así que cruzó entre la gente sin mirar como hacía siempre y llegó a la beatífica paz de la peor oficina del edificio.

Aquel despacho era un fantástico oasis que nunca visitaba nadie, ni el servicio de limpieza, aunque esto era lo de menos. Era oscuro, olía a alcantarilla y W estaba encantado. Esparció todos los papeles necesarios e innecesarios por encima de la mesa y encendió el ordenador. Miró el correo electrónico comprobando exclusivamente que no había ninguna emergencia nacional ni familiar, y... no pasó nada en absoluto durante todo el día. Nada. Intentó completar las referencias bibliográficas de un trabajillo que tenía pendiente. Bajó a por un bocadillo a la cafetería exactamente a la hora en que sabía que nunca había nadie. Volvió al despacho con un montadito ralo, un café frío y un botellín de agua caliente. Disfrutó saboreando un fiambre demasiado salado mientras sorbía el café, doble de azúcar. Miró por la ventana. La ventana daba a un patio en el que naturalmente sólo se veía una pared. Contempló la pared con los pies encima del radiador estropeado...
Joder, era un día perfecto.

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