viernes, 2 de enero de 2009

Fatalismos II

No era un buen trato. W intentaba escuchar con atención. Quería ser educado. Y no quería cagarse de miedo en los pantalones. Aquellos hombres habían ido a buscarlo y lo habían invitado a una bonita fiesta. A él, que sólo sabía de pasear por el campo y pasar desapercibido en la ciudad. Era extraño que alguien se percatara de su existencia aparte de los que ya conocía y lo conocían. Pero llegaron unos tipos a la tienda que querían hablarle. Y esa noche fue, bien vestido, dispuesto al modo de la gente visible, a la dirección que indicaba la tarjeta. Y había una fiesta. Le presentaron a alguna gente muy sonriente y algo pesada. Al cabo de una hora lo invitaron a pasar a un cuartito silencioso con poca luz. Uno de los hombres que le habían presentado empezó a hablar. Los otros les dejaron solos. Intentaba escuchar con atención. Supuso que aquel hombre era el jefecillo del resto de algún modo. Nadie lo diría. Desde que había entrado intentó saber quién, o quiénes eran las personas más relevantes en la fiesta. Solía ser algo fácil. Hacía muchos años que observaba en silencio a la gente. Y nunca hubiera dicho que fuera este hombre en concreto. No sabía su nombre. Se lo dijeron... ¿O no? ¡No! No lo hubiera recordado de todas formas, pero no, no se lo habían dicho al presentarlo. Esta idea lo excitó y lo aturdió al mismo tiempo. No conseguía centrarse en lo que le decía.
-...cuando todo termine usted será libre. Es un trabajo sencillo señor W, sólo tiene que tener los ojos abiertos y hacer su vida normal, su vida de todos los días. Nada extraordinario. Es seguro.
El hombre guardó silencio. W seguía mirándolo con los ojos muy abiertos. Tenía la sensación de que no se había enterado de nada.
-¿Entiende de qué estamos hablando señor W? –sonrió ligeramente, hablaba con serenidad, sin dudar.
-Creo que sí. –Si es que no estaba flipando, hablaba de espiar a sus vecinos y de convertirse en un chivato repugnante, en cómplice de vaya usted a saber qué latrocinios, en contraparte de unos desconocidos que en realidad lo ignoraban todo sobre su condición y los riesgos que ya tenía en su vida, y por si fuera poco no en cualquier contraparte, sino en un esbirro de mierda concretamente.
El hombre no dijo nada más. Miraba a W fijamente. Se palpó el bolsillo de la chaqueta para sacar un paquete de tabaco. W bajó la cabeza. Se oyó respirar. Tenía la mala suerte de mantenerse perfectamente controlado en las situaciones más enloquecidas. Respiraba despacio, y se miraba los zapatos en silencio. No sabía muy bien qué decir. Se preguntó si ese tipo sería invitado o anfitrión. Se preguntó cómo era posible que no se hubiera percatado de algo así. No conseguía centrarse...
-Creo que... me vendría bien estar solo unos minutos, si es posible –dijo finalmente.
El tipo lo seguía mirando fijamente y tardó en contestar, como si le molestara. Como si le advirtiera de algo. Escenificando su determinación.
-Lo voy a dejar solo unos minutos, sí. No piense demasiado, hágame caso. No hay tanto que pensar. Cuando haya tomado una decisión salga usted a la fiesta y diviértase. –Se levantó e hizo ademán de salir por la puerta cuando se dio la vuelta y añadió:
-No vaya a hacerse invisible ¿eh?- a W le solían hacer gracia estas bromas, pero el tipo insistió de una forma desconcertante- Usted me entiende ¿verdad? –lo miró con más fijeza si cabe, y salió con calma.
W no podía moverse de la butaca. Parecía que le hubieran caído encima tres cisternas de plomo. No era posible que hubiese oído pronunciar esa última frase. No podía ser. Aunque sí. Aquel hombre lo había mirado a los ojos todo el tiempo. Ni siquiera las personas más acostumbradas a W podían hacer esto fácilmente cuando se arreglaba para ser visto. Lo había mirado a los ojos todo el tiempo. No había duda. Y sabía pasar desapercibido. Tal vez incluso en su propia fiesta. ¿Qué rayos significaba toda esa mierda? Y ¿para qué lo querían a él? ¿Por qué no J, el otro compañero de la tienda? ¿Por qué no el quiosquero? ¿Las chicas de la tienda de al lado?
...
...
...
En realidad no había ninguna decisión que tomar. No era un buen trato ni podía serlo de ningún modo. La pesadumbre se apoderó de W. Se levantó y dio unas vueltas por el oscuro cuartito. Abrió un pequeño armario. Botellas. Algunas empezadas. Cajones vacíos. Miró por la ventana. Sólo se abría unos centímetros en vertical. Ocho pisos sobre una enorme avenida especialmente transitada. Se dio la vuelta y miró la puerta. Llevaba años huyendo. Eso pensó. Volvió a mirarse los zapatos y sintió como si los pies le pesaran toneladas sobre la alfombra. Sintió como si lentamente su cuerpo se le fuera materializando. Como si fuera más humano de alguna forma tosca. Se preguntó si esta exigencia de afrontar el destino sin huir es lo que sienten los otros cuando viven de la única y visible manera que conocen. Podía ser. Él llevaba años huyendo. Siguió sintiéndose cada vez más presente e inevitable y empezó a quitarse la ropa. Fue tirando los postizos en el suelo. Tal vez era el momento de ser lo que uno es después de todo. Sacó un pañuelo para limpiarse el maquillaje. Tal vez era el momento de reconocer lo atrapado que de todas formas había estado siempre. Tiró el papel al suelo. Tal vez cometería el error más enorme de toda su cautelosa vida. Se deshizo del reloj y se contempló a sí mismo transparente como era. Ya vivía encerrado en una enorme trampa de todas formas. Agarró el pomo de la puerta y aún se detuvo un momento. Había llegado la hora de equivocarse y nada más. Salió dejando la puerta abierta como si alguna corriente la hubiera batido. Aquel hombre lo miró a los ojos una vez más y W supo con certeza que podía verlo.
-Ya saben dónde estaré mañana –dijo W dirigiéndose a él. Dos señoras se dieron la vuelta al oír su voz en el vacío. Por suerte había mucha gente arremolinada por todas partes.
El otro asintió con la cabeza y por fin su mueca pareció una sonrisa de verdad.

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