- Aún me resisto a este dolor que, sin embargo, me mantiene preso de mis propias negaciones. Me cuesta mirarlo cara a cara. Me distraigo cuando sé que debería enfrentarlo, ventilarlo, reconocerlo como el hijo no deseado de esta situación, de este esperpento, de este lo que sea que hemos intentado con ingenuidad, y torpeza, y testarudez, y...
- El caso es que ¿no es capaz de reconocer que esto le hace daño? ¿Es eso lo que intenta decir? -El Dr. S solía reducir la complejidad con cierto magisterio irritante, pero magisterio.
- El caso es, Doctor, que no siento ese dolor que sé que me duele... ¿Cómo podría explicárselo? No veo los magníficos defectos de esta situación, y sé que están ahí, sé qué forma tienen, y sé como evitar esas formas que me repelen para no tropezarme con ellas. Hasta que tropiezo y...
- Claro...
- Hasta que tropiezo y encuentro la manera y el argumento para levantar la vista y seguir adelante sin volver mi mente a ellas, expulsándolas de la realidad observable. No sé explicárselo mejor, amigo. Quizá por una vez mi terquedad encontró una veta de optimismo a la que aferrarse como a un dios misterioso capaz de seducir y cegar mi mente y mis sentidos. Quizá la falta de costumbre en la práctica de la fe y el optimismo me han atrapado en su fantasmagórica falsedad y...
- Vale. Pare. No es la primera vez que se desconecta usted de sus sufrimientos, querido. Es una pauta. Me doy por satisfecho hoy sólo por el hecho de que es capaz de verse a sí mismo cabalmente afirmando lo negado. En otras circunstancias le diría a usted que es simplemente imbécil, pero hoy le reconoceré que es, además, valiente.
- Mi valor se consume en irradiar un entusiasmo indebido, una fe deformada, un afecto que hiere y que regresa hiriente. Mi valor es el de encarnar este espantajo incapaz de acertar a ser feliz cuando....
- ¡Pare otra vez! No soporto sus crisis autocompasivas, pero lo cierto es que ha tenido usted la inestimable ayuda de un colaborador ¡tan enloquecido como usted mismo! Oh sí. Recuerdo cómo se animaban el uno al otro a explorar sus infantiles imaginaciones, pero no les culpo, no les culpo. Todos tenemos sueños que explorar y una imaginación infantil que alimenta muchos de nuestros propósitos existenciales. Vivo de ello, si usted se percata, de los disturbios que semejante estupidez provoca en el ser humano.-El Dr. S sonaba extravagantemente comprensivo.
- Sus palabras me suenan a perdón, amigo ¿Me está preparando para alguna revelación terrorífica? ¿Un torrente de ofensas apocalíptico? ¿Violencia física quizá? -Wells no terminaba de ver la lógica de estas reflexiones, al menos no era la lógica usual.
- No, no. Sigo pensando que su cretinismo emocional es superior a otros y digno de estudio. Es, de hecho, magnífico que haya used encontrado una pieza tan cretina como usted mismo o más y en alguna ocasión, le confieso, me hubiera gustado verles juntos a fin de contemplar en su ambiente el proceso de cooperación de sendas anomalías. Pero si pienso en esto ahora es porque no estoy nada seguro de que esta posibilidad sea realista después de esta conversación. En otras palabras: voy a recomendarle a usted que haga el favor de reconocer de una vez que nada de esto le ha traído la desbocada felicidad que salió a buscar como un crío inconsciente. Mire su dolor de frente, ya que sabe que existe. No se limite a cargar con él en su espalda, donde siente su peso pero aún puede ignorarlo. Tome su dolor con afecto entre sus manos y observe la herida que estos intentos le han causado. No deseo que se sienta culpable de haber fracasado y se torture aún más con la visión del sufrimiento mismo. No deseo que se hunda usted en otro aborrecible episodio de autocompasión pasiva. Deseo, por el contrario, que pare de hacer esto que le tortura.
- Debería evitar al Sr. Arbor ¿no es cierto?
- No necesariamente. Pero sí podría ser eso lo que este dolor que usted evita le quiere decir mientras usted huye de su cuerpo resentido hacia una dicha imaginaria.
- Entiendo.
- Abrace su dolor, y veamos qué pasa.
- Ha sido una revelación terrorífica, finalmente.
- Todavía no hemos revelado nada, ¿o sí?
- No, cierto, mi confusión está intacta aún, pero el terror ya puedo presentirlo...