[01 dic 2008 | lunes]
Llevaba toda la vida mirando al horizonte y esforzándose en sentir.
En sentir algo. Lo que fuera.
Miraba el horizonte cuando madre se dejaba morir.
Miraba el horizonte cuando padre le obligaba a escuchar.
Miraba el horizonte cuando... ella sólo miraba al horizonte,
y seguía nadando.
Y los brazos se le iban pudriendo.
Y el pelo se le iba cayendo.
Trasnochaba, vomitaba, y seguía nadando.
Sólo miraba el horizonte y seguía sintiendo.
Una vez le conté,
que tuve la rara suerte de saber
cómo era contemplar un hermoso horizonte con la mirada mugrienta
(cómo es temer la mierda propia más que a la ajena,
ensuciar todos los paisajes, los desiertos,
las ciudades convertidas en tenaces vertederos).
Cómo era, en fin, esa suerte rara,
que tenía la ventaja de arropar
travesías hastiadas.
Ella, sin embargo, un día se sentó
a contemplar su propio paisaje renegrido
y se obstinó en asearlo, pulirlo, acicalarlo,
se esforzó.
Se obligó a sentir algo, lo que fuera. Decidió
sentir algo, en vez de nada.
Y miraba al horizonte esquivando el hastío,
y escribía, corría, nadaba cansada
y sentía el calor de su afán obstinado,
pero hubo algo más tenaz que su ánimo,
y fue el caer de los días, a plomo, en sus espaldas.
Así en el ritmo tedioso de horizontes exactos,
llegó a conocer (por primera y última vez)
el hartazgo.
El único ánimo que había descartado,
la única emoción que había conseguido evitar
hasta entrar en el infierno bien entrado
...y no diría nada de ella sin decir cuánto ¡cuánto!
se había hecho devota del infierno,
fervorosa y dedicada,
ella siempre se esforzaba, siempre
miraba el horizonte y se obligaba
a sentir algo,
en vez de nada.
El día que el paisaje, el horizonte, el lugar donde posaba su mirada,
sólo fue eso, inmensa y cruda nada,
tropezó.
Y no,
naturalmente, no le ayudé a incorporarse. Le pedí, por favor,
que descansara.
Descansa en el silencio de esta ausencia,
descansa de ese ruido que constantemente te rodea.
Por una vez.
Por una vez.
Querida, por una vez.
Yo quería que el silencio, el vacío, habitar su propia ausencia,
le salvara de morir en el estruendo al que se había acostumbrado.
Pero ella no sabía que el hastío podía costar tanto.
Peor que el peor de los infiernos,
el tedio, el acabóse de todo aburrimiento,
un horror imposible, un abismo feroz.
Y no,
naturalmente, no se detuvo a escuchar la letanía del silencio.
Siguió con su barullo, ensordecida, ensordeciendo,
siguió nadando, con sus bracitos muriendo,
con su pelo roído, con sus tripas gritando,
Hasta que el ruido fue tanto,
tanto,
tanto...
el horizonte tan negro,
el infierno tan basto...
Que se obligó a adormecerse
para entregarse al descanso.
lunes, 1 de diciembre de 2008
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