jueves, 12 de abril de 2018

Inventario


No había tenido el tiempo de rumiar...

- ¡¿Ha dicho rumiar?!

...de acariciar lenta y meticulosamente los recuerdos de aquellas noches y días de inesperada fortuna. A ratos, mientras hablaba con alguien de las cosas visibles e inmediatas, le asaltaba el tacto de su rodilla desnuda en el dorso de la mano, el parpadeo de las pestañas claras ralentizado por el esfuerzo y el sueño, la irritación de la piel entre las pecas diminutas del hombro, y aquellos dientes deliciosamente imperfectos que había llegado a olvidar con los años.

Otras veces, era el sabor dulce de su saliva en los besos pequeños el que parecía querer hacerse presente en mitad de una reunión de trabajo, de una comida distendida, o de cualesquiera de las convenciones que agitaban el día... o el puente de su pie recogido en la mano, o el suave tacto del vello en las piernas debajo de las sábanas, o la curva exquisita que bajaba de su cintura y que era, de todos los milagros del universo, el más completo y por más tiempo anhelado.

Y no había tenido el tiempo de detenerse, lenta y meticulosamente, en esta maravilla particular de sus largas curvas debajo de la ropa, firmes en el contraste de la cintura estrecha y la cadera clara, en el músculo compacto y el hueso seco, en la nitidez soberbia de su simetría, en su delicadas texturas al tacto o en la mística de su balanceo. Y quería llegar a casa y remontarse a aquellas sensaciones todavía en las manos.

Cuando finalmente llegó a casa, Wells desvistió su cuerpo invisible como todas las veces en que necesitaba reconocerse a sí mismo en su exacta y transparente condición. Esta vez lo hizo con cierta parsimonia ceremonial, haciendo que el tiempo de desvestirse sirviera para despojarse apropiadamente de toda la miseria estética y moral de lo cotidiano. Se sentó en la cama hasta que se sintió lo bastante lejano al fragor de la vida y luego se tumbó. Al cerrar los ojos buscó en sus recuerdos el primer momento que pudiera haber atesorado de aquel desconcertante A. Vió su rostro aparecer entre las puertas batidas del aeropuerto. Percibió aquel enloquecedor movimiento de su cuerpo al caminar mientras lo miraba a los ojos. Una pequeña sonrisa con los labios cerrados arrugaba sus ojos en una mueca tan conocida que le estremeció otra vez, igual que si el tiempo no hubiera pasado. Y lo abrazo. Otra vez. Y recordó el temblor de su cuerpo contra el suyo, y cómo besó su cuello mientras aún tiritaba. Recordó los brazos de A recogiendo su espalda. Wells lo apretaba contra sí y A lo apretaba de vuelta. Los brazos se movían nerviosos en varias direcciones y en algún momento Wells tomó el rostro de A con las manos y besó su boca. No dijeron ni una palabra y ninguno supo cuánto tiempo se habían estado abrazando y besando en medio de aquel concurrido pasillo.

- Increíble Herb, me deja usted pasmado -dijo el Dr. S- pero no le dé muchas más vueltas al asunto.
- ¿Cómo podría no dárselas si después de diez años...?
- ¡Ya sabe cómo! -interrumpió S rotundo- ¡Y por qué!



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