W se detuvo repentinamente antes de salir por la puerta de su habitación. ¿Qué había sido eso? Como era su costumbre, había llegado a casa y se había despojado de sus indumentarias mundanas disfrutando de la ventaja que la invisibilidad le saca al pudor. Llevaba un rato organizando ropas, papeles, objetos diversos que cada día dispersaba sin mucha conciencia de ello y que sin mucha conciencia volvía a ordenar cuando le parecía conveniente. Se dirigía al aseo con unas toallas todavía húmedas en la mano cuando pasó enfrente del espejo.
Había conservado aquel espejo como si fuera un buen amigo capaz de reflejar la verdad sin reproches ni juicios, la verdad sola. Frente a su amigo se había desmaterializado una vez. Lenta y angustiosamente se había visto desaparecer. No fue éste el único amigo que le acompañó entonces, pero fue el más íntimo con toda seguridad. Y el más sereno. Cada noche se cruzaba con él y se reconocía a sí mismo como lo que era. Lo entendiera o no, le gustara o no, sus entendederas y gustos nunca entraron en disputas con este compañero que permanecía fiel a sí mismo y al alma de Wells cuando su cuerpo, sin embargo, mutaba pavorosamente.
W se detuvo un momento pero enseguida salió por la puerta y dejó las toallas en el cubo de la ropa sucia. Al volver se dirigió directamente al espejo sin pensarlo mucho, para observarse a sí mismo en su condición completa, como solía hacer en ciertas ocasiones reflexivas. Y allí estaba. Profirió alguna interjección. O tal vez sólo cruzaron por su mente paralizada sin emitirse de forma alguna. W contempló los perfiles de su rostro con incredulidad. Se miró a los ojos con la impresión de que efectivamente se miraba a sí mismo. El desconcierto era una emoción familiar así que, acostumbrado a él, su respiración y su pecho no se alteraron. El miedo se fue deslizando suavemente en él al tiempo que el desconcierto iba descendiendo y echando raíces más hondas.
En algún momento indefinido fue consciente de su parálisis. Movió los ojos buscando otros perfiles en otros lugares de su cuerpo y al posar la vista sobre ellos las manos se empezaron a posar sobre su carne. Observaba algunas sombras muy tenues al tiempo que sentía los dedos retorcer la piel de la cintura. Se puso de lado y siguió observando. Su cuerpo nunca le había interesado nada en absoluto. Tal vez por eso un día ese cuerpo decidió por sí solo desaparecer. Ahora, translúcido frente al espejo, lo sentía más milagroso y raro que cuando era completamente transparente.
Inesperadamente, tuvo el impulso de vestirse. Quizá alguna clase de pudor recóndito había regresado a él en esta forma. Cuando uno es completamente invisible el pudor cambia de significado y de objeto. De todas formas, tan pronto tuvo el impulso de vestirse tuvo también el impulso contradictorio de no hacerlo. No tenía una especial curiosidad por su cuerpo visible. De hecho, en ese momento en que algo le empujó a quedarse desnudo frente a la realidad devuelta por su íntimo compañero, volvió a mirarse a los ojos casi como desafiándose a sí mismo. Se irguió. Relajó sus hombros.
¿Estaba alucinando? ¿Vovería a desaparecer? Erguido y mirándose a los ojos, deseó intensamente ser visible. De alguna forma abstracta fue consciente de cómo la angustia y el miedo se acercaban y pasaban de largo. Creyó identificar una especie de pasión parecida a la ira, pero su único significado era desear intensamente ser visible. Desearlo rabiosamente. Quizá era hora de dejar de esperar que otros le descubrieran en los pliegues de la invisibilidad. Quizá debería mostrarse él mismo, empezando por aceptar su propia visión de sí.
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