Así que era verdad, finalmente. No sabía nada, de nada. Aquello explicaba muchas cosas, pero no dejaba de ser una noticia pésima que alejaba su universo de tentaciones y olores de una realidad cruda y ridícula, completamente indiferente a la fragancia, y más lejana de sus últimas esperanzas de lo que le hubiera gustado a nadie. La querida y esperada K no sabía nada y... en fin, esto aliviaba estúpidamente la sensación de rechazo de los últimos días que había amargado a W, pero también abría un nuevo punto de vista sobre aquella mujer aparentemente misteriosa cuyo misterio sólo consistía en su propia imbecilidad.
- Cuando mi mente se detiene en ello -añadió Wells absorto en su autoanálisis-, me siento indescriptiblemente superior a esta ridícula humanidad pero, al mismo tiempo, deseo intensamente su miseria. De hecho, deseo sumergirme en la vida humana más de lo que sería aconsejable para un hombre cabal. Lo deseo con un entusiasmo extravagantemente intenso y repentino cuyo sentido no acierto a comprender.
- ¿No comprende usted lo que ello significa? - Intervino el Dr. S.
- En absoluto, Doctor.
- Es usted humano querido Herb, por más que lo sea de un modo único y poco convencional. Pero es usted humano. Eso significa.
- Entiendo. Entiendo. Pero sigo pensando que ser humano es ridículo. Somos ridículos, si lo prefiere. Confundir a alguien idiota con alguien fascinantemente misterioso deja a nuestra humanidad en un lugar lamentable en la historia de la inteligencia.
- Y lo lamento con usted, sí, pero así es, no podría negarle este postulado suyo.
- Gracias Doctor.
- Démelas por otras cosas, querido.
- Somos despreciablemente patéticos en...
- ¡Pero no se pase de listo! -interrumpió en voz muy alta el Dr. S.
- Disculpe mi pasión autoflageladora, Doctor. Usted sabe que no sabría qué hacer si me pasara de listo, excepto volver aquí y...
- Me agota usted... -volvió a interrumpir casi mascullando esta vez. Para variar, hoy Wells tenía un ánimo parlanchín. -Déjelo. Veo que tiene usted meridianamente claro el sentido del problema. Ahora déjelo estar. No siga pensando en ello. No va a resolverlo.
- Pero...
- Simplemente cambie de tema, Herb.
- Y lo lamento con usted, sí, pero así es, no podría negarle este postulado suyo.
- Gracias Doctor.
- Démelas por otras cosas, querido.
- Somos despreciablemente patéticos en...
- ¡Pero no se pase de listo! -interrumpió en voz muy alta el Dr. S.
- Disculpe mi pasión autoflageladora, Doctor. Usted sabe que no sabría qué hacer si me pasara de listo, excepto volver aquí y...
- Me agota usted... -volvió a interrumpir casi mascullando esta vez. Para variar, hoy Wells tenía un ánimo parlanchín. -Déjelo. Veo que tiene usted meridianamente claro el sentido del problema. Ahora déjelo estar. No siga pensando en ello. No va a resolverlo.
- Pero...
- Simplemente cambie de tema, Herb.
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