sábado, 23 de junio de 2018

Travesía


El viento empujaba enloquecido contra el risco mientras W se aferraba a los salientes desnudos y arrastraba los pies con ansiedad por el sendero. Al menos no llovía, pensó, pero sabía que el viento podía ser mucho más peligroso a la altura de aquella montaña. El pelo le tapaba los ojos en cualquier dirección que orientase la cabeza. Estaba aterrado y no sabía si volver atrás o arriesgarse a caer de aquel camino de cabras imposibles cuya longitud ignoraba. Oyó al Capitán Brunetti entusiasmado con la situación gritando a su espalda:

- ¡Ánimo Herb! ¡Estamos en lo mejor de la jornada! ¡Siga avanzando! ¡Tenga cuidado!

W encontró la sucesión de exclamaciones contradictoria en el mejor de los casos, pero de algún modo el mero grito insufló en él algo de valor para el desafío. Tuvo que tomar conciencia de sus pies para poder moverlos. Siguió deslizándose como un cuadrúpedo erguido, sin despegar por un  momento las manos de la pared de la montaña. No era capaz de verle la gracia al asunto. No era capaz de ver casi nada porque el aire polvoriento le obligaba a cerrar los ojos y cuando los abría se encontraba con un penoso flequillo postizo que no había sido una gran idea nunca. 

- ¡Quítese ese ridículo flequillo! ¡Vamos! -Resonó Brunetti como si le hubiera leído el pensamiento. 

Intentando mantener el equilibrio W se deshizo de la peluca. Su rostro maquillado parecía flotar en el mismo viento sin un cráneo que lo acompañara, pero se sintió más aliviado que ridículo. A pesar de todo, guardó la desgraciada peluca en el bolso sabiendo que si llegaba vivo a alguna parte preferiría sentirse algo menos ridículo que aliviado. Siguió avanzando. 

Tres horas más tarde el propio Capitán Brunetti comenzó a mostrar una cierta preocupación. 

- ¡Este maldito vendaval se ha empeñado en arruinarnos el día! ¡¿No cree?!

No. No tenía la costumbre de creer. Y para una vez que se propone hacerlo, resulta que subir una montaña no era una aventura tan feliz como todos lo habían animado a probar. Así que no creía que el vendaval fuera el culpable de su ruina. Pero ya estaban allí. Y aquella delicadeza exótica del tempeh, que le habían dado a probar en el desayuno, le había sentado penosamente mal. En medio de semejante camino a una muerte grotesca le había dado un humillante dolor de estómago. Al protestar por el mal añadido a la penosa experiencia de cruzar montañas asediados por las peores condiciones, el alegre Capitan Brunetti dio rienda suelta a su gusto por lo escatológico.

- ¡Eso no es nada Wells! ¡En una ocasión tuve que hacer de cuerpo en la loma de un peñasco infame! ¡Jajajaja! ¡Tenía que haberme visto! ¡Puedo asegurarle que aquel cuerpo no era muy sólido! ¡No podía moverme del dolor y pasé más de medio día acompañando a aquella mierda épica! ¡Jajajaja!

A todo hay quien gane, pensó Wells para sus adentros recordando la frase de su querida Claire, a todo hay quien gane. -Al menos -se dijo- espero no morir defecando, pero quién sabe.  

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-No puedo creer que haya vuelto a hacerlo... -Dijo el Dr. S aparentemente estupefacto. 
-Había pensado relatos más horribles, infiernos, cuerpos asolados... empecé la noche leyendo El Cuervo, ¡quaff, oh, quaff this kind nepenthe...! pero supongo que se me terminó contagiando el humor sutil de Poe que...
- ¡Ha vuelto a hacerlo !¡Se ha inventado una historia completamente absurda porque no es capaz de enfrentarse a los hechos!
- Es una metáfora, supongo...
- Deje de hacerse el listo, o el gracioso, o lo que se esté haciendo ¡Deje de fingir! Se ha inventado una historia para huir de lo que le está pasando
- He fumado demasiado, me duele el pecho... 
- Me desquicia ¿Se da cuenta de lo que hace? Adopta un comportamiento infantil ante la confrontación de la verdad, la verdad sobre su comportamiento y la verdad sobre el contexto que se niega a reconocer. ¡Está sufriendo! ¡No puede abrazar el sufrimiento! Es decir... ¡claro que puede! ¡No debe bajo ninguna circunstancia entregarse pasivamente a este dolor! ¡Se lo prohibo! ¡Y me da igual quién o quiénes estén animándole a hacerlo!
- Mi querido Mariane... entiendo su preocupación -la voz de W cambió de tono y dejó emerger la sombra que venía silenciando-, pero siento, siento con total certeza, que debo atravesar este infierno. Le prometo que no me quedaré dentro, le doy mi palabra, no me detendré, no acumularé el dolor que ya es intenso en esta herida. 
- Maldita sea, Herbert ¡maldita sea!
- No lo abrazaré, caminaré a través de él, dejaré que el dolor haga su trabajo y no me detendré, seguiré adelante.
- ¿"Adelante" dice? ¿Hacia dónde? ¿Acaso sabe usted ahora mismo dónde está y a dónde va?
- No estoy completamente seguro de todo ello, tiene usted razón... 

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El jardín olía a tierra mojada y todavía había una brisa en la noche que hacía el calor más amable. Había llegado al jardín sin saber muy bien cómo, como si hubiera saltado del risco ventoso a la butaca de forma inmediata, sin ningún desenlace de la primera aventura. Al pensarlo, W admitió la posibilidad de que el Dr. S estuviera en lo cierto y la travesía fuese un recuerdo inventado. Su dolor de estómago no parecía serlo. Todavía le dolía el pecho pero encendió un último cigarro con un cierto ánimo autodestructivo. 

- Sufro -se dijo a sí mismo-, y ésta es la verdad vergonzante que no sé cómo afrontar. No sé que significa. No estoy seguro de cuál es el origen. No sé qué habrá después del sufrimiento cuando se agote. Es un dolor sordo que emana del silencio, y el silencio es mi travesía. No sé a dónde voy. Pero tengo la certeza de que he de atravesar este páramo para averiguarlo. 


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