lunes, 18 de junio de 2018

Deseo y ausencia



- Y ahora observe el flujo de su pensamiento. -Dijo el Dr. S con seguridad.
- Esto es demasiado nuevo, doctor, no estoy seguro de entender sus instrucciones- respondió Wells,  moralmente incómodo al experimentar la condición de paciente en su cuerpo encamillado.
- Es nuevo, sí, ahora está usted alcanzando cotas novedosas en la ya monumental pirámide de la imbecilidad humana y necesitamos innovar. 
- No sé que decirle... 
- Olvide su propia voluntad, olvide sus preocupaciones, abandone toda forma de control... ¿siente usted ese peso del que me hablaba?
- Como una lápida sobre el pecho.
- ¿Qué le hace a su respiración? 
- Oprime.
- ¡Ajá! ¡Ha respirado hondo! Espontáneamente ha respirado hondo, ¿cómo se ha sentido? ¡Vuelva a hacerlo! ¡Vamos!

Wells respiró hondo varias veces comprobando cómo su cuerpo se liberaba lentamente de lo peor de la angustia. 

- Ahora vuelva usted a recordar aquel hermoso paisaje de su familia imaginaria ¿puede hacerlo ahora?
- No resulta tan inspirador en estas condiciones, si me permite...
- ¡Claro que no es tan inspirador! ¿Qué le hace sentir? 
- Nostalgia, pena... ¡oh! ansiedad otra vez...
- Vuelva a la lápida sobre el pecho (¡ay que ver lo dramático que es usted!)
- Mi lápida, mi corazón herido, mi vida sepultada...
- Respire hondo, varias veces... Cuatro, cinco, seis... ¿Ha pasado lo peor? 
- El aire ha llenado el vacío, sí, lo encuentro patéticamente redundante, pero sí.
- Bien ¿sería tan amable de observar ahora el itinerario mental de este ejercicio y su relación con las emociones que ha manifestado? ¿Cree que sería capaz?
- Sí, soy capaz, y soy capaz de reconocer que usted tenía razón y yo no al precipitarme sobre los sueños.
- Gracias, querido amigo, pero siga observando.

Recordaba mentalmente la intensa alegría con la que habían imaginado una vida juntos, recordaba la risa en su rostro mientras le regalaba un pétalo huérfano, el sonido de sus carcajadas por unas cosquillas infantiles. Recordaba su olor al abrazarse, su mirada a escasos centímetros de su rostro. Y entonces buscó a A, su mano ausente, su pecho desaparecido. Y encontró la distancia, el silencio. Y observó la respiración encogida, los latidos plomizos. Y respiró hondo otra vez, pero aún alcanzó a ver el tedio de su vida, el completo sin sentido que le abrumaba y que probablemente iba más allá de A y de todas las distracciones amorosas que podrían haberle entretenido antes o ahora. 

- ¿Y este sinsentido, Dr. S? Entiendo este proceso enfermizo de la idealización y la ansiedad. Puedo observar mi pensamiento como usted quiere, pero ¿cómo me enfrento a esa verdad última que me sacude cada vez que observo cualquier realidad seriamente? 
- No se adelante por ahora, Wells, céntrese en lo que estamos. Quiero que entienda que una gran parte de esta ansiedad no es otra cosa que la toxicidad propia de la idealización. Y entiendo que usted haya querido soñar cuando le han dado la oportunidad, pero es usted un soñador de proporciones inverosímiles y le cuesta volver a la realidad. Podría usted soñar durante años, no sería la primera vez. 
- Es cierto
- Pero la realidad es otra. Ese silencio y esa distancia no son otra cosa que circunstancias impuestas por la realidad. Tómeselas como quiera, pero están más allá de su control y sólo puede aceptar su existencia.
- No quiero aceptar su...
- ¡No digo que le gusten! No digo que las acepte en su vida y las abrace, digo que acepte la cruda realidad de que están ahí, como un muro con el que va a chocarse cada vez que niegue precisamente que están ahí. A lo mejor simplemente no le gustan y debe renunciar a aquellas cosas que traen a su vida silencio y distancia. O a lo mejor debe aprender a vivir con ellas. Tome una decisión más adelante, amigo, cuando estas ansiedades suyas hayan pasado. 
- Entiendo.
- Por el momento respire hondo ¿lo hará?
- Claro.

Más tarde W volvió a casa. Quería respirar hondo pero deseaba escribir, escribir febrilmente, escribir como el loco que era, escribir contra el muro, escribir a la distancia y escuchar el silencio atormentado rebotando en su cuerpo. Y escribió: 
Querido A,

Este plomo en mi pecho es la alquimia fallida del deseo de ti y tu helada ausencia. Te echo tanto de menos y, aún peor, ello me pesa con la carga de viejos sueños malditos, otros, que se quebraron esperando en su propio silencio y distancia. Este peso que te hunde contra mi son esos años de mi propio silencio y ausencia malamente revueltos con la esperanza de no callar nunca más, de no esconderme y no dar pasos atrás humillado por los errores, por la caída del amor prometido. 
Hoy empiezo a entender en mi cuerpo angustiado que el silencio es un modo de detener el ciclo fanático de las ansiedades que comprimen mi respiración. Dejar de esperar y callar, a veces van juntos. Pero no sé cuánto más hay de silencio en tu silencio, y ello me inspira un terror indescriptible que retumba siniestro en la cueva de nuestra distancia, esta distancia que nos separa los cuerpos y las conversaciones, y que es un infierno de terrores arcanos y hondos. 
Hoy voy atravesando este infierno entre miedos antiguos y nuevos y veo que es mío, mi infierno, que es la suma de todos los paisajes terribles de mi vida de los que nadie es el autor ni el responsable sino yo. Cruzo este infierno en una barca de deseo malherido de ausencia, cargada de un pasado de plomo. Lo cruzo como cruzan los muertos hacia su destino, sin remedio, aferrado a la fe de que el próximo día exista, con sus próximas pruebas. Y digo fe y no certeza, porque en medio de los infiernos de uno todo es susceptible de derrumbarse, también los días. Pero creo, quiero creer, que llegaré. Llegaré lenta y pesadamente al próximo día, aullando los minutos, arañando ansiosamente los fragmentos del tiempo detenido en la nada. Llegaré en el deseo y la ausencia embarcado y tal vez moribundo. Y ojalá exista todavía ese día de tí que planeamos en el futuro del pasado, ojalá también tú llegues de tu silencio y tu ausencia. 




No hay comentarios: