sábado, 16 de junio de 2018

La furia de los mansos


Acabaré con todo. Todo. 
Y volveré a casa en mi tormenta 
para llorar por la vida y por la muerte, 
por los sueños arruinados y los restos
apagados del fuego en que te veneré, 
estúpida, estúpidamente, 
con el dolor de los pies y las manos abrasados, 
con el dolor del pecho reventado
de esperar a la nada. 




- Es una corriente helada, Doctor, o varias, no estoy seguro. Aparecen y desaparecen en mi cuerpo. Pero es un hielo abrasador. Violento. Estoy tentado de decirle que lleno de rencor, de un dolor ardiente muy diferente a otros. Me invade, como en una oleada de fuerza inusitada, me empuja, me hace levantarme, caminar de un lado para otro sin sentido. Mi mente le da vueltas a ideas oscuras, conversaciones odiosas. La respiración... La respiración es más intensa. 
- Es ira, Wells. 
- ¿Ira? Deseos funestos que no sé de dónde proceden. O sí lo sé. Y no quiero saberlo. 
- Ira, sí. 
- No puedo confesarle el horror de mis pensamientos. A pesar de parecerse al fuego mientras atraviesan mi cuerpo, son helados y detestables. 
- Es algo natural por lo que en sí mismo no debe preocuparse. Preocupémonos de cómo ha llegado esto a ser. ¿Qué se ha hecho a sí mismo esta vez? ¿Acaso romper las reglas que teníamos le ha fastidiado la fiesta en vez de divertirle?
- Esta resaca me tortura de formas que no alcancé a vislumbrar mientras me intoxicaba. Si, Doctor, supongo que tiene razón. 
- ¿Otra vez?


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