sábado, 12 de mayo de 2018

Abrazar el mar


El día que dijiste "aquí estoy"
yo entré en el mar con paso decidido,
sin dudas y dispuesta
a naufragar
pero
el sabor de la sal fue tan dulce,
el agua tan tibia, las olas amables
como besos
(esos besos sin formas
que no sabía contarte
que me dabas).

Las horas y las olas acunada en ti
también perdieron sus formas
y el mar no era el mar, era lava
hirviente, viento, alud,
campo de flores blancas,
sábanas limpias,
la arena del Sahel en las tardes de abril,
fresca al atardecer.

Pero
¿Cómo podría yo abrazar el Sahel,
los campos, los aludes, los vientos,
el magma incandescente,
el olor de la cama que se abre,
el mar en que me acunas?

Al pensarlo tuve miedo.
No de ti, no del mar, tuve
miedo de ser tan pequeña en tu abrazo,
tan insignificante y mediocre,
y mis brazos tan cortos...
¿Cómo, cuándo, dónde podría yo
besarte tanto, abrazarte tan enormemente
que a todas partes que te volvieras
hallaras la paz y la sonrisa
de un océano que te ama
con decisión y sin forma?



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