domingo, 11 de noviembre de 2018

El sofá rojo


- Siempre he pensado que el campo es mejor lugar que la ciudad para el ser humano en general. Dirá usted que soy un romántico, pero el aire fresco es, después de todo, un combustible injustamente apreciado en nuestros días. Las últimas vacaciones fueron una gran lección al respecto y...
- ¿A dónde me quiere llevar con esto, Wells? -Dijo el Dr. S con las cejas enarcadas sobre sus recién estrenadas gafas para leer.
- En fin, visitaría mucho más el campo si no fuera por los dolores de cabeza que me produce encontrarme con la familia, a quienes por otra parte quiero y respeto y, entiéndame, son buenas personas y también me quieren y respetan. 
- ¿Y...?
- Usted mejor que nadie sabe lo incómodamente agudos y altos que resuenan en mi cabeza las diatribas de mis viejos padres sobre cualesquiera de mis conductas. Todas ellas... o, mejor dicho, ninguna ha sido jamás satisfactoria para ellos en ningún aspecto y cada día me peleo con la incertidumbre paralizante que me inculcaron a través de su extensa variedad de opiniones. 
- Bien, esto lo sabemos...
- La cuestión es que aquellas opiniones dañinas eran su modo de expresar afecto, ¿sabe usted? No se les ocurrió jamás, y a mi tampoco, que un abrazo o una expresión explícita de amor pudieran ser una forma más eficaz de demostrar su por otro lado indudable cariño. Y, en fin, supongo que en algún momento temprano de mi infancia me acostumbré a no recibir otra cosa que juicios. 
- Wells, no entiendo....
- Quiero decir que ahí estaba yo, ¿entiende? dudando de todo porque todo era sumamente cuestionable, esperando el milagro de que alguna cosa me hiciera merecedor de un abrazo o una expresión de reconocimiento. Y, en fin, supongo que en algún momento temprano de mi infancia también quedé atrapado en esa espera infinita que prometía un afecto que nunca llegaba. ¡Y el caso es que estaba ahí! Pero aún hoy creo que eran totalmente incapaces de hacer nada con semejante emoción. Absolutamente nada. Era como una extraña figurita exótica que guardaran bajo llave a fin de que nadie pudiera conocer que atesoraban semejante cosa. 
- Wells, pare. ¿Me quiere usted decir de una puñetera vez qué significa el sofá rojo en el medio de la habitación? 
- ¿Sofá? ¿Qué sofá? 

Parecía sufrir enormemente y en vez de caminar parecía que reptara tirando de una pesa invisible pero gigantesca. Llevaba la ropa sucia y rasgada en varios lugares. Sudaba y no levantaba la vista del suelo. La cara también estaba tiznada bajo los goterones de sudor. Y seguía caminando. Caminaba como si las rodillas se le fueran a partir al paso siguiente. Como si los hombros se le fueran a caer al suelo. Era una visión asombrosamente incomprensible. Como un milagro al revés. Era la expresión terrestre de una penuria infernal. 

- ¿Cómo que qué sofá, Herb? Deje, por Dios, deje de cambiar de tema ¡Ese sofá del que usted no quiere hablar!

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